Game Over

Occidente y los pirómanos

Desde que George Bush hijo hablara de las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam Husein para justificar la invasión de Irak, el llamado “nuevo orden mundial” surgido tras la caída de la Unión Soviética en 1989, lejos de consolidarse, empezó a desmoronarse.

En efecto, los primeros misiles BGM-109 Tomahawk, que llegaron a la ciudad de Bagdad emitiendo el estremecedor sonido de un enorme lienzo que se desgarra, no trajeron consigo el presagio de “una victoria definitiva del bien sobre el mal”, como hipócritamente había anunciado el entonces presidente norteamericano, sino la promesa de una mayor inestabilidad geopolítica.

Mientras esta nueva era de inestabilidad tiene para nosotros como claro detonante la invasión de Irak, no así somos igual de críticos con las acciones de las élites gobernantes de las potencias no occidentales   

Sin embargo, mientras esta nueva era de inestabilidad tiene para nosotros como claro detonante la invasión de Irak y, sobre todo, la desastrosa política de ocupación posterior, no así somos igual de críticos con las acciones de las élites gobernantes de las potencias no occidentales y sus países aliados, que, con Obama atrapado en sus propias contradicciones y Europa ensimismada, aprovechan cualquier ocasión para avivar la inestabilidad geopolítica en su propio beneficio.

Así pues, si bien es cierto que los occidentales debemos aprender de lo sucedido en los últimos 25 años, distinguiendo lo que fue correcto de lo que no lo fue, para no volver a olvidar que el fin jamás justifica los medios, este acto de “contrición” no debe degenerar en ese reduccionismo ideológico que, frente a los actuales conflictos de Gaza, Irak, Siria, Ucrania o Venezuela, nos lleva a reaccionar de manera tan sectaria como las facciones de las regiones en conflicto.

Sectarismo y periodismo

Parte de culpa de esta ceguera ideológica, que lleva a muchos a reaccionar de forma virulenta ante las barbaridades de unos y de manera laxa ante las atrocidades de otros, la tienen aquellos periodistas que anteponen el sectarismo al raciocinio, olvidando que su sagrado deber es informar más y mejor y que no hay que hacer juicios maniqueos ni dejarse llevar por filias o fobias. Y menos aún, ejercer el papel de propagandistas.

Walter Duranty fue corresponsal de The New York Times en la extinta Unión Soviética, y con sus elogiosas crónicas sobre el régimen de Stalin, se hizo acreedor a un inmerecido Premio Pulitzer en 1931

Lamentablemente, hoy no pocos informadores (y, en consecuencia, sus seguidores en las redes sociales), no solo adulteran intencionadamente sus crónicas aderezándolas con sesgos ideológicos y emocionales, sino que además actúan como correa de transmisión de “informaciones” filtradas por determinadas facciones y, también, por las agencias de noticias oficiales y medios adscritos al poder de países tan poco confiables como son Irán, Rusia, China o Venezuela, emulando así con esta pésima praxis al tristemente célebre Walter Duranty(1884 - 1957), quien fue corresponsal de The New York Times en la extinta Unión Soviética, y que, con sus elogiosas crónicas sobre el régimen de Stalin, se hizo acreedor a un inmerecido Premio Pulitzer en 1931.

Walter Duranty: paradigma del corresponsal propagandista

Walter Duranty sentía una gran simpatía hacia el régimen comunista –simpatía, por otro lado, bastante extendida entre intelectuales y periodistas en aquellos terribles días de la Gran Depresión– y cometió el “error” de fiarse de las fuentes oficiales del Kremlin para dar contenido a sus crónicas. Lo cual le llevó, además de a elogiar sin medida al régimen soviético, a banalizar el exterminio de cinco millones de agricultores que se habían resistido a la colectivización de sus tierras. Así, el bueno de Duranty escribió en 1931: "¿Todos ellos, junto con sus familias, de verdad fueron suprimidos físicamente? Por supuesto que no. Fueron 'liquidados' o fundidos en el caluroso fuego del exilio y la mano de obra dentro de la masa proletaria”.

Dos años después de recibir el Premio Pulitzer, la crónicas de Duranty quedaron en evidencia. Y el único beneficiario de su trabajo terminó por ser Stalin

Es evidente que a Duranty le habría bastado con salir a la calle y entrevistar a un puñado de ciudadanos rusos escogidos al azar para descubrir la terrible realidad que ocultaba la almibarada propaganda del Kremlin. Pero, por alguna razón, prefirió no hacerlo.

Dos años después de recibir el Premio Pulitzer, la crónicas de Duranty quedaron en evidencia. Ypronto, el único beneficiario de su trabajo terminó por ser Stalin, cuya colectivización forzosa trajo consigo, además de purgas masivas, la gran hambruna de 1932 y 1933 que supuso el exterminio de millones personas.

70 años después, aquel lamentable episodio volvió a ser noticia, gracias a los inconsistentes argumentos esgrimidos por The New York Times para no solicitar la revocación del premio concedido a Duranty, y que hizo suyos la Pulitzer Prize Board (Junta del Premio Pulitzer) en 2003. En ambas negativas parecía estar presente el mismo sesgo ideológico que llevó al Duranty a deformar la realidad hasta hacerla irreconocible. Y cabe preguntarse si no se le habría retirado dicho premio si en aquellas crónicas, en vez de haber hecho apología de la Unión Soviética de Stalin, Duranty hubiera defendido las excelencias de la Alemania Nazi de Hitler cuando en ésta se consumaba el Holocausto.

Sea como fuere, el caso de Duranty es sin duda uno de los más paradigmáticos, en tanto en cuanto pone en evidencia el poder del corresponsal no solo para tergiversar los hechos, sino para, jugando con las emociones, exacerbar a la opinión pública hasta llevar a una sociedad a actuar en contra de sus propios intereses.  

La civilización que se odiaba a sí misma

Hoy, como entonces, diríase que somos los propios occidentales, por obra y gracia de un núcleo duro de informadores e intelectuales, quienes más odiamos nuestra civilización, esa misma civilización a la que diariamente tratan de llegar jugándose la vida miles de personas que están al otro lado de nuestras murallas, y que malviven en ese mundo “multicultural” y, en ocasiones, medieval al que algunos quieren que regresemos.

Lo que hoy está en juego no es solo el advenimiento de nuevo orden geopolítico, sino la supervivencia de una forma de gobierno, de unos principios fundamentales y, si se quiere, de unos valores morales   

Quizá sea por culpa de ese odio a lo que somos que olvidamos con facilidad que, más allá de los errores y aciertos de Occidente, lo que hoy está en juego no es solo el advenimiento de un nuevo orden geopolítico, cuya mayor boutade es la promesa de una economía global ‘más justa’, sino la supervivencia de una forma de gobierno, de unos principios fundamentales y, si se quiere, de unos valores morales que, a pesar de todos los pesares, de todos nuestros horrores y desatinos, hay que preservar. Y debemos preservarlos no solo por el bien de Occidente; es decir, no solo por nuestro bien particular, sino precisamente por el bien de esa otra humanidad desheredada. Porque, desengañémonos, las alternativas que las potencias emergentes no occidentales representan en lo político, se mire por donde se mire, son desoladoras. Y una cosa es rescatar a nuestras democracias del poder omnívoro de los Estados corporativos, y otra bien distinta ser cómplices de los pirómanos de Occidente.


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