Game Over

La Némesis de la Razón

A Carlos Linneo (Råshult, Suecia, 1707), cuya obra Systema Naturae le consagró en su día como uno de los científicos más relevantes de Europa, le tocó vivir en la convulsa Suecia del XVIII. En aquel siglo, el país nórdico, víctima de un oneroso sistema de privilegios y a merced de una élite amoral y profundamente degradada, pasaba por ser la nación más corrupta de Europa.

Tras décadas de flirtear con la catástrofe, la grave derrota en la guerra con Rusia (Gran Guerra del Norte, 1700-1721), que llevó aparejada la firma del Tratado de Nystad, con el que Suecia hubo de renunciar a una tercera parte de su territorio, además de perder su hegemonía en el Mar Báltico, supuso un punto de inflexión en el azaroso devenir del país nórdico.

Sin embargo, para los observadores como Linneo, la sociedad sueca no sólo parecía seguir apática, sino que, impasible, se hundía cada vez más profundamente en el proceloso mar de la corrupción, el abuso de poder, los excesos y la inmoralidad más abyecta. El problema era que los intelectuales y cronistas sólo atendían a lo que sucedía en el entorno de las viejas élites. Y, por tanto, no vieron venir desde abajo una transformación que en unas pocas décadas cambiaría al país por completo.

El error de Linneo

Linneo, obsesionado como el resto de sus contemporáneos con los excesos de las élites y el comportamiento deplorable de los personajes más influyentes, a muchos de los cuales conocía en persona, sólo alcanzaba a ver un horizonte desolador. Y en estas tribulaciones andaba cuando en su visita a un jardín de Hamburgo leyó la leyenda escrita en la entrada que decía: “No hagas ningún mal y no serás víctima tú de ninguno, como el eco que te devuelve tu propio grito en el bosque".

Esa inscripción fue el punto de partida para que el científico y pensador sueco formulara la teoría de la Némesis Divina, según la cual en el mundo de la naturaleza, al que también pertenecía el hombre, a toda acción correspondía una consecuencia. Pero Linneo, que era, además de inquieto, creyente, fue aún más lejos, y amplió la jurisdicción de su ley a la moral humana. Y llegó a la convicción de que, sin duda, existía un mecanismo divino, inapelable, que hacía que a toda maldad individual le fuera asignada su correspondiente castigo. Así concibió la ley de la Némesis Divina, quizá con la intención de que, ante la falta de una catarsis colectiva que transformara aquel país sumido en las tinieblas en el reino de la luz y la virtud, cada individuo, por cuenta propia, escapara de la espiral del mal en la que Suecia estaba atrapada.

Sin embargo, pese a ser un país profundamente religioso, la idea de Linneo no surtió efecto. Suecia ya no era la misma nación que antes de la guerra con Rusia. Y en la sociedad prevaleció la certeza de que los problemas que afligían al país eran tan colosales que, por fuerza, su origen no podía estar en los pecados individuales sino en unas disfuncionales instituciones colonizadas por una tropa de personajes corrompidos. Las pequeñas “maldades” de los ciudadanos, al estar separadas quirúrgicamente de la acción de gobierno, eran irrelevantes. De ahí que la catarsis, que finalmente terminó produciéndose en Suecia, no fuera producto de la Némesis Divina, sino que obedeció a razones más terrenales: el pánico al Imperio Ruso, que parecía dispuesto a borrar a Suecia del mapa, fue suficiente incentivo. Se trató, pues, de una simple cuestión de supervivencia; individual y colectiva.

La transformación invisible

Como en la Suecia del XVIII, estos más de seis años que llevamos de crisis han puesto en evidencia la difícil coexistencia de dos Españas muy distintas. La España política, la del establishment, que recibe cotidianamente toda la atención y los desvelos de los cronistas. Y la España silenciosa, laboriosa y sufriente, que en 2008 despertó bruscamente de su letargo.

La primera, que defiende con vehemencia las actuales instituciones y, por ende, sus privilegios, se resiste a reformarse y adaptarse a las nuevas circunstancias. A su juicio, los defectos del sistema tienen que ver con actitudes individuales incorrectas, que serían la excepción y no la norma. Para lo cual, a falta de una Némesis Divina, bastaría con legislar sobre lo ya legislado. Además, en última instancia, el problema sería el ciclo económico, lo cual poco o nada tendría que ver con reformar el Estado.

Por el contrario, la España silente, consciente de que, en caso de haber obrado mal, está pagando cumplidamente sus pecados, piensa de manera muy distinta. No es un problema de actitudes individuales, sino de organizaciones informales que controlan las instituciones y las corrompen. Son demasiados los peligros que amenazan hoy la integridad de España. Y por más que el ciclo económico cambie, de no reformarse el modelo político, la herida que esta crisis ha abierto no cicatrizará. Ergo, la solución definitiva sólo puede venir por la vía de las reformas. Y esta convicción corre ya como la pólvora.

Al igual que sucedió en la Suecia de hace más de doscientos años, algo está cambiando en la sociedad española. Es la otra Némesis, la de la Razón, que, aunque se hace rogar, siempre termina por poner cada cosa en su sitio. Lo que sucede es que los cronistas, tan atentos como están a las élites, aún no se han dado cuenta. 


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