Game Over

Mr. Krugman, nuestro incendio no se apaga soplando

Paul Krugman es el paradigma de esa plaga de gurús que florecen siempre con las crisis. Una condena añadida, una más de tantas, que el ciudadano medio ha de sobrellevar con exquisita paciencia. Este señor, aún desconociendo por completo la idiosincrasia de un país tan complejo como España, no deja pasar ocasión para promocionar sus recetas, que tanto sirven para Birmania como para Portugal, Grecia o la India. Y a aquellos que discrepan, amenaza con las siete plagas del Apocalipsis. Más que un economista al uso, parece un político demagogo, casi un sumo sacerdote, que usa su columna en The New York Times como un púlpito desde el que arrojar sus mandamientos con inusitada vehemencia.

Lo que el bueno de Paul no entiende es que nuestros socios europeos, sus banqueros y los inversores de medio mundo han tenido tiempo más que suficiente para analizar España a conciencia, cosa que él al parecer no ha hecho. Y han caído en la cuenta de que nuestros problemas escapan a los modelos económicos de laboratorio. Y mientras que para los Krugman del mundo y su keynesianismo de bolsillo seguimos siendo a todas luces un misterio inescrutable –de ahí que aún estén convencidos de que no hay fuego que no se pueda apagar soplando–, para quienes se juegan el dinero, esos que dan trigo, se llevan los suyo y se ahorran los sermones, España se ha convertido en el Afganistán de Europa. Comparación esta a todas luces desafortunada, ya que, al menos por el momento, no estamos divididos en tribus medievales bajo el mando de los señores de la guerra. Sin embargo, de puertas afuera, la nación política y su Cuarto Estado se exhiben como un heterogéneo conjunto de territorios, más o menos pequeños y no muy bien avenidos, todos ellos bajo el poder omnímodo de las diferentes familias políticas y sus facciones territoriales.

Es esta imagen de país desestructurado, tan alejada de la nación real que lucha por abrirse camino, lo que está generando un enorme daño en la confianza de inversores y empresarios. De tal suerte que cada vez son menos los que se aventurarán a poner su dinero o aplicar sus ideas en esta economía desarticulada, hecha a medida de agentes acostumbrados a las rentas no competitivas; es decir, a comprar la voluntad de los políticos y a hacer negocios por la cara. Un modelo promocionado por los padres de la patria y sus grandes partidos al dictado, precisamente, de las teorías que los economistas como Krugman defienden. Y cuyo efecto adverso más evidente ha sido alumbrar una clase dirigente, casi una nueva nobleza, que vive al margen de las leyes del mercado y, también, de las otras.

Ésta y no otra ha sido la revelación que ha dejado definitivamente helados a los inversores, constatar que la economía española, la oficial, es precisamente lo que ahora contemplan: un mundo hermético, miserable y oscuro donde mandan unos pocos y reina la mentira. Porque España, que pese a todo es tierra de emprendedores y no sólo de sol y playa, es un país en el que la economía real hace tiempo que se quedó sin espacio y, por ello y no por defectos genéticos, no puede ser el punto de apoyo mediante el que salir de la crisis. Hace falta cambiar muchas cosas que poco o nada tienen que ver con esos estímulos, por los que, curiosamente, quienes más suspiran son los políticos profesionales a los que economistas como Krugman hacen cada día más poderosos.

No se llama austeridad sino Eficiencia

Si algún error ha cometido la Unión Europea, y muy especialmente Alemania –llamarlo error es un acto de bondad inmerecido–, ha sido limitarse a imponer reformas económicas, cuando lo que urge, precisamente desde el punto de vista económico y de cara al salvamento de Europa, son las reformas políticas de los países en riesgo. Haga usted los deberes, Mr. Krugman. Repase el caso de Grecia y comprobará que, desde que empezó su vía crucis, el país heleno no ha acometido ni una sola reforma estructural como es debido. Por eso, decir que la austeridad no es el camino es una afirmación interesada que sólo tendría sentido desde un análisis más amplio, riguroso y honesto. Por ejemplo, habría que decir que imponer techos de gasto sin reformar el modelo político es fiarlo todo a la buena voluntad del gobernante de turno y, también, a su capacidad de vigilancia y detección del engaño. ¿Pero qué sucederá si, con el modelo político intacto y en estado latente, las buenas intenciones se esfuman o gobierna otro pillo?

Cierto, no se trata de austeridad Mr. Krugman, error flagrante el del término empleado. Pero tampoco de sus dichosos estímulos, sino de Eficiencia. Lo cual implica, además de un techo de gasto, reformar la España política de arriba abajo para tener, en el inmediato futuro, una economía de acceso libre y poner fin al expolio. Para que usted lo entienda: mientras no se reparen las cañerías (léase Instituciones), abrir el grifo de los estímulos es tirar el dinero o, lo que es peor, meterlo en el bolsillo de unos pocos privilegiados para que el resto pague aún más intereses a cuenta de una Deuda que seguirá aumentando. Es decir, sus estímulos, en el medio y largo plazo, nos traerán más pobreza.

Lo que los españoles necesitamos, nos quedemos dentro o fuera del Euro, arda Roma o caiga el cielo sobre nuestras cabezas, no es saber de antemano el resultado final de este partido incierto, ni más sermones incendiarios, ni dinero de terceros cayendo del cielo sobre los corruptos, sino un horizonte de país hacia el que marchar. Despertar cada viernes a golpe de decreto con nuevos recortes o subidas de impuestos, nuevos agujeros presupuestarios, debates tramposos a cuenta de los estímulos y profecías del fin del mundo no parece que sea el camino. Para salir de esta crisis son necesarias otras cosas. Para empezar, un punto en el horizonte hacia el que dirigir la mirada, por lejano que éste se encuentre. Se trata de la Libertad, Mr. Krugman. Ese es el estímulo que los españoles necesitan y demandan. ¿Entiende usted de qué le hablo?

Twitter: @BenegasJ


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