Game Over

Merkel y la Europa de los vencidos

El 13 de diciembre de 1918 arrivaba al puerto de Brest el transatlántico George Washington. A bordo viajaba Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos de América, cuna de la democracia moderna. Wilson venía a Europa dispuesto a alzar su voz sobre los campos de batalla empapados en sangre y pregonar la paz perpetua entre las naciones. Un proyecto personal al que, en su opinión, terminarían sometiéndose los gobernantes europeos. Pues era tan evidente que su pax americana, basada en la Libertad y la Justicia, traería la prosperidad y la estabilidad al viejo continente, que sólo los más obtusos se resistirían a su advenimiento.

Desgraciadamente, tras meses de interminables negociaciones y obstáculos de todo tipo, el terrible trauma de la guerra de 1914 quedó envuelto en la bruma y dejó de ser el sólido argumento sobre el que construir una nueva Europa. Y finalmente, el 5 de abril de 1919, Wilson, exhausto y enfermo, terminó aceptando muchas de las exigencias de los países vencedores, sin que siquiera pudieran acceder a las deliberaciones las naciones derrotadas. Traicionados por la súbita debilidad del presidente norteamericano y la actitud mezquina de sus propios gobernantes, los europeos tuvieron que renunciar a una paz duradera.

Woodrow Wilson cometió muchos errores durante las negociaciones previas a la firma del Tratado de Versalles, pero el más grave de todos fue creer que era posible promover un nuevo orden legal internacional sin que antes fueran reformadas las ineficientes instituciones de los países europeos. Instituciones que se demostraron incompatibles con su proyecto.

La gestión de la crisis de 2008 y el desastre de 1918

Cierto es que la crisis económica que se inició en 2008 no es en sí una guerra declarada, aunque algunos amantes de las conspiraciones así quieran interpretarlo. Tampoco es fruto de una confabulación de las élites mundiales para acaparar las rentas de las clases medias, aunque ésta sea una de sus indeseables consecuencias. Pero tiene efectos devastadores sobre las sociedades de muchos países. Y los daños en algunos aspectos parecen los propios de una guerra. Destrucción del tejido industrial, empobrecimiento acelerado, extinción de las clases medias, deterioro de las infraestructuras y servicios, aumento de la inseguridad jurídica y la inestabilidad social y política son algunos ejemplos.

Ante este desolador panorama, las naciones dominantes europeas están repitiendo algunos de los errores que desembocaron en el desastroso Tratado de Versalles. Y como si hubieran acumulado deliberadamente una ingente deuda y fueran los culpables del cataclismo económico, a los países en apuros se les priva de voz y voto, se les imponen severas condiciones, y, en cierta forma, se les dispensa el mismo trato que a las naciones derrotadas tras una guerra. De esta forma, quienes marcan el camino para salir de la crisis demuestran un profundo desconocimiento de las razones que han llevado al fracaso a los países del Sur de Europa. Y lo que es peor, no parecen tener mucho interés por averiguarlas. De ahí que algunas voces les acusen de preocuparse sólo por asegurar su dinero.

El error alemán y el horror español

Es evidente que los políticos alemanes, pese a estar en una posición más favorable que sus homólogos españoles, no están siendo todo lo honestos que deberían y aprovechan la coyuntura para sacar provecho. Así, mientras han exigido la auditoría del sistema financiero español para dar vía libre al rescate de los bancos y cajas (además, con un crédito concedido a nombre del Estado español y no de las  entidades rescatadas), se oponen a que el Banco Central Europeo (BCE) pueda conocer el estado de las cuentas de sus landesbanken (cajas de ahorro alemanas) y retrasan las labores del supervisor bancario único al menos hasta después de las elecciones alemanas. Lo cual hace sospechar que su sistema financiero, lejos de estar menos expuesto que el de otros países, podría encontrarse en peores condiciones que el resto. Y quizá ahí esté la razón, más que en el supuesto dogmatismo del gobierno Merkel, de la cicatería alemana.

Pero más allá de estas inquietantes cuestiones, el verdadero error de Alemania es que sus exigencias obligan a las naciones en apuros a realizar cambios organizativos (reformas estructurales) que desbordan sus límites institucionales o, aún peor, chocan frontalmente con sus instituciones. Véase en el caso español, por ejemplo, cómo las comunidades autónomas, lejos de esforzarse en cumplir los objetivos de déficit, buscan mecanismos con los que burlar los límites de endeudamiento. Y una y otra vez las demandas, bien sean alemanas, de la UE o del propio FMI, se estrellan contra la falta de voluntad de las instituciones españolas, incluso, en no pocos caso, del propio Gobierno. Es decir, la naturaleza institucional española es incompatible con las reformas estructurales.    

En cierta forma el dogmatismo, y quizá la urgencia, ha impedido hasta ahora a Alemania ver la realidad española, o eso parece, pues es evidente que con el desempleo dispuesto a alcanzar el 28%, un índice de pobreza alarmante y una corrupción desbocada, el problema de España tiene mucho más que ver con el desarrollo institucional del país que con la coyuntura de la crisis. Por lo tanto, las soluciones no pueden venir solamente por la vía de cambios organizativos, sino mediante la combinación de cambios organizativos e institucionales. Dicho con otras palabras, para que las reformas estructurales se apliquen y resulten eficaces, hacen falta profundas reformas institucionales y unas nuevas reglas de juego, lo que implica la salida de viejos actores, la entrada de otros nuevos y un reequilibrio de poder. De lo contrario asistiremos a un diálogo de sordos entre vencedores y vencidos; gatos persiguiendo a ratones en el borde del abismo.

Todo lo dicho no convierte la otra cara de la moneda, la demanda de estímulos económicos, en una alternativa mejor. Pues sin esa reforma institucional profunda, los recursos no sólo se perderían en el laberinto español, sino que servirían para bunkerizar aún más el ineficiente modelo político. Y la solución a la crisis pasa precisamente por lo contrario: cambiar las cosas. Pero como dijo en cierta ocasión el propio Woodrow Wilson: “Si usted desea hacer enemigos, intente cambiar algo". Quizá por eso Angela Merkel prefiera ver caer a Europa lentamente antes que arriesgarse a perder el poder. Un gran error, porque lo que la historia nos enseña es que en los graves conflictos, al final, no hay vencedores ni vencidos, sino que la derrota a todos alcanza. Que se lo pregunten a Wilson.


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