Game Over

Mérito y esfuerzo: otra broma pesada

Una de las evidencias más reveladoras, una de tantas, del desquiciamiento del sistema político español es que este gobierno, que no sólo ha renunciado desde el primer día a la regeneración institucional de España, sino que en la práctica ha elevado a la enésima potencia la concentración del poder político-económico, defienda la “ley Wert”, y al ministro que la promueve, haciendo alarde de su defensa de la cultura del mérito y el esfuerzo. Y en el colmo del absurdo, martillo en mano, están dispuestos a clavar ambos principios en las paredes de las escuelas como si fueran crucifijos. 

Estos leales servidores del Régimen olvidan de manera conveniente que, al haberle hurtado al sacrificio del común su correspondiente recompensa, el binomio mérito-esfuerzo ha quedado reducido a un voluntarismo forzoso más propio de los esclavos que de los hombres libres.   

Es tal el despropósito, el contrasentido, la paradoja, que no voy a analizar los aciertos o errores en los que esta reforma incurre, ni siquiera voy a valorar si resuelve el peor de todos los males de los que aquejan a las universidades españolas, que no es otro que haberse convertido en el último refugio del sectarismo más recalcitrante y del dogmatismo ideológico. No estoy por la labor de entrar en el juego de la crítica inútil. Tan sólo quiero poner de relieve que, estando las barreras de entrada a la política y la economía intactas y ubicadas donde suelen, esta reforma, como todas las demás, ha de devenir por fuerza en lampedusiana.

Tanto reformar para nada  

Lo primero que hay que decir para reducir a la nada el valor de cualquier reforma educativa, ésta o cualquiera, es que es absurdo dar por sentado que la simple suma de individuos brillantes transformará esta sociedad deprimente en otra mucho más alentadora. La equidad y, sobre todo, la eficiencia de la estructura social dependen del sistema institucional vigente y, también, de la calidad y fiabilidad de sus organizaciones; es decir, las personas no se adaptan al entorno en función de sus capacidades y competencias sino obligadas por el cumplimiento de las reglas institucionales y, también, de las interpretaciones que de éstas hacen las organizaciones que las ocupan. En consecuencia, con reforma educativa o sin ella, el hecho es que el pésimo panorama institucional español neutraliza a la "cultura" como factor determinante del nivel de desarrollo. 

Dicho de forma más llana, la mejor reforma educativa imaginable solo podría proporcionarnos algún beneficio en el caso de que España se convirtiera en una sociedad abierta. Hasta entonces, sólo servirá para ser un país exportador de talento, con el agravante de que serán terceros países los que se beneficien de una “manufactura” cuyos costes corren de nuestra cuenta.     

Educación y sociedad abierta

Por otro lado, no deja de ser esclarecedora la visión que de la educación tenemos en España y, por ende, lo que entendemos y entienden nuestros políticos por mérito y esfuerzo. Para darnos cuenta del error, bastaría con preguntar a los jóvenes españoles que cursan estudios en los países que el informe PISA coloca muy por delante del nuestro. A fin de cuentas, el éxito escolar no depende sólo del método o la asignación de recursos, sino también, y sobre todo, del enfoque. Dicho con las palabras de un joven estudiante español tras varios cursos en el extranjero: “Era como si los profesores estuvieran decididos a hacer de la escuela un lugar agradable. Y del estudio, una tarea emocionante. Nada que ver con lo que he sufrido en España”. 

Enseñar no es inculcar conocimientos a presión con el fin único de que los jóvenes sobrevivan el día de mañana. Esa asociación tan negativa entre obligación y amenaza (“Estudia o mañana serás un desgraciado”) no agudiza el talento sino que deforma la mente. El acto de aprender, de estudiar, ha de ser en sí mismo emocionante y gratificante. Sólo así las personas desarrollan su afán de superación y ven el mundo como un entorno lleno de oportunidades y no de peligros. A fin de cuentas necesitamos profesionales valientes, no más pícaros y trepas. 

En definitiva, la verdadera diferencia entre el modelo educativo de las sociedades abiertas y la atenazada sociedad española no es otra que la que pueda existir entre los modelos políticos de libre acceso y nuestro régimen. Así, mientras los países democráticos se basan en el estímulo positivo, nosotros tenemos que apelar al sacrificio, a la amenaza y al miedo. Otra prueba más de que la cultura que dimana de nuestras instituciones es por naturaleza, y perdón por la redundancia, enemiga de la cultura.   


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