Game Over

Mejor apocalíptico que idiota

Escribía Claudio Magris, en un artículo publicado en 1995, que Apocalipsis en Griego significa revelación, descubrir y poner de manifiesto las cosas escondidas; para nosotros la palabra evoca en cambio imágenes catastróficas de destrucción y ruina, de fin del mundo. Muy lejos del sentido catastrófico con el que habitualmente se emplea, el apocalipsis al que Magris alude en la primer parte de la cita, el de la revelación, es el que este sábado desembarcó oficialmente en nuestro país, aunque ya llevaba meses, diría años, entre nosotros.

Una vez este particular apocalipsis, que sobrevuela nuestras cabezas, acelera la Historia, las imágenes se llenan de simbolismo y se transforman en metáforas vivas. Y valga como ejemplo de esto que les digo que, mientras los empresarios más laboriosos y modestos siguen inmersos en su particular agonía, Su Majestad el Rey ha vuelto por donde solía, para tranquilidad de la fauna de Botsuana, llevándose consigo a hacer las Américas a los jerifaltes de las grandes empresas como si éstas representaran en exclusiva la economía de España.

Acostumbrados estos caciques postmodernos a las genuflexiones de las instituciones del Estado, incluida la Justicia, es normal que alguno olvidara la más elemental etiqueta. De tal suerte que quedó inmortalizado luciendo unas inoportunas bermudas. Y tal y como se han puesto las cosas de serias, ese instante de torpeza del primer banquero de España mostrando las pantorrillas –lección magistral donde las haya de cómo dar lustro y esplendor a la marca España– es, en palabras de Dante, el punto en el que todos los tiempos están presentes; es decir, el acabose. O sea, el apocalipsis.

El rescate de los bancos como preludio

El primer fogonazo realmente serio de esta luz reveladora ha sido el reciente rescate bancario. Durante días, la opinión pública ha contenido el aliento mientras contemplaba estupefacta los atolondrados esfuerzos de nuestra clase política por transformar el rescate del sector bancario en una intervención, en apariencia, benigna que, se supone, habrá de evitar males mayores. Todo un éxito que vender a los votantes más ilusos si no fuera porque la recapitalización del sistema financiero con dinero prestado es una imposición que viene de fuera. Y ello, obviamente, no puede ser motivo de orgullo sino más bien de vergüenza, máxime cuando el origen del problema está, primero, en la corrupción y la desidia y, después, en la desvergüenza de fusionar cajas de ahorro quebradas siguiendo criterios exclusivamente políticos. Lo cual ha dado lugar a entidades sistémicas que Europa no podía dejar al albur del destino y, menos aún, sin pagar sus cuantiosas deudas.

100.000 millones de euros puede costarnos la broma. Para que luego los acólitos y patriotas de opereta endosen a Alemania en exclusiva el papel de villana. Cosas de tener el rostro más duro que el granito. Eso sí, buenas noticias para la Casta. En las cajas quedan ocultos y a salvo del escrutinio público los inconfesables secretos de años de trapacerías de partidos políticos, empresarios y sindicatos: la flor y nata de esta España política que no llega ni al esperpento.

Pero mucho me temo que esta intervención no va a conjurar ese otro peligro mucho más serio que es la quiebra del Estado. Y no porque el saneamiento del sistema financiero no sea una excelente noticia, pese a los malos efluvios que emana. El problema es de tiempo. Demasiado tarde para que puedan volver a la vida centenares de miles de empresas y autónomos asfixiados por la falta de crédito. El destrozo es tan grande que no se arregla en un par de consejos de ministros, por más que el dinero fluya de nuevo a borbotones. Los datos son tozudos. La variación anual del Indice de Producción Industrial en el consumo de bienes duraderos refleja una caída en el mes de enero de -5,2, en febrero de -10,7, en marzo de -14,7 y en abril de -16,5. Y en cuanto al consumo de bienes de equipo, -6, -9, -14,3 y -14,9 respectivamente (Instituto Nacional de Estadística). Guarismos tremendos y en crescendo que, a estas alturas, evidencian el hundimiento cada vez más acelerado de los restos de nuestra industria. Incluso el sector alimentario, que hasta ahora aguantaba por ser sus bienes imprescindibles, empieza a mostrar signos de agotamiento. Lo cual ya son palabras mayores por las terribles connotaciones sociales que de ello se desprenden. Y salvo que exista la Providencia, todo este capítulo del rescate bancario puede ser el episodio piloto de una serie mucho más ambiciosa y extensa. 

En resumen, lo que el apocalipsis delata, además de una lista casi infinita de despropósitos y afrentas y, sobre todo, una corrupción galopante, es que nuestro modelo político ha pulverizado todos los récord de ineficiencia. Lo cual debería forzar el inicio, no ya de una nueva Transición, sino de un cambio apoteósico de este Estado que linda peligrosamente la definición de fallido. Una transformación que sólo será posible cuando cada uno de los ciudadanos, libre por fin de ataduras, asuma el peso de su propia existencia, cuando los medios de información y sus periodistas dejen de repetir las consignas que emanan de este sistema corrupto y cuando los actuales políticos entiendan que, tras este desastre sin paliativos, y después de hacernos soportar tanta vergüenza y miseria, su tiempo ha concluido. Entretanto, habrá que aguantar y estar atentos a las nuevas revelaciones que, a buen seguro, nos va a regalar el futuro inmediato. Después de todo, el apocalipsis puede terminar siendo nuestro mejor aliado. Así de inquietantes están las cosas.

Twitter: @BenegasJ


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