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Mariano Rajoy: el último guardián del Régimen

Desde el 2 de octubre de 2004, día en que fue elegido –por la gracia de José María Aznar– Presidente del Partido Popular, a Mariano Rajoy Brey sus íntimos enemigos le etiquetaron de forma interesada de pusilánime (maricomplejines). Lo que, con el tiempo, ha degenerado en uno de los mayores errores de apreciación que se recuerdan en la política española. Lejos de esa etiqueta, este político profesional de 57 años de edad en realidad es obstinado, implosivo y, llegada la ocasión, incluso feroz. Y quienes viven dentro del Partido Popular o en sus aledaños, sean amigos o enemigos, si de algo pueden acusar a don Mariano es de regalarles cantidades ingentes de ansiedad. Pues la suya es una forma de hacer que descompone a casi todos, especialmente a quienes dicen defender otros principios (más bien intereses), tienen alguna urgencia o simplemente están con el agua al cuello.

El personaje

Rajoy es el arquetipo del político profesional de nuestro tiempo y, por lo tanto, la antítesis del hombre de acción. Conoce a la perfección el modelo político español y sus límites. Y dentro de estos se desenvuelve como pez en el agua. Sabe que la mayoría de las veces no es preciso hacer o decir nada, porque en este régimen cerrado, donde los medios de información son una pieza más del poder político, las polémicas no tienen solución de continuidad. Y o bien languidecen o bien se pudren solas. Y lo que cuenta es mantenerse firme y hierático, distante. Por eso, calificar a Rajoy de pusilánime es un error, un inmenso error. De hecho, quienes hasta ayer pasaban por ser lo contrario, los más recios del PP y sus más enconados enemigos, han terminado haciendo un triste y silencioso mutis por el foro, mientras que Mariano el Temeroso saca pecho y hasta se permite el lujo de la socarronería. ¿Quién es, después de todo, el recio, el tipo duro?

Su misión: guardar y hacer guardar el Régimen

Alguien dijo que dejando a un lado la valía personal, tal y como estos tiempos exigen, la trascendencia de un político no depende tanto del poder que detenta como del momento histórico en el que lo detenta. Y que lo que cuenta es la determinación. Pues bien, después de dedicar más de 30 años a subir uno a uno los peldaños del poder, Mariano Rajoy ha coronado la cima justo cuando España afronta sus peores momentos. Y su determinación es absoluta (“haré lo que sea necesario”). Pero esta determinación poco o nada tiene que ver con el interés general sino con aquello para lo que fue instruido, casi programado: preservar el Régimen nacido de la Constitución de 1978. Esa es su misión. Y para llevarla a cabo sólo confía en un puñado de tecnócratas que han crecido junto a él al calor del actual modelo político. En este compostelano se reproduce una particularidad heredada del régimen del general Franco –nada ideológico, por supuesto. Pues Rajoy, al igual que el dictador, carece de ideología–. Y de igual manera que el dictador sólo confiaba en el ejército como institución y todo lo demás le resultaba sospechoso, Mariano Rajoy sólo confía en los suyos, en la clase política. Es decir, en un ejército de tecnócratas que controla todos los poderes del Estado.

Una visión muy particular

En cuanto a su relación con la sociedad, diríase que este registrador de la propiedad de 57 años ve a los empresarios, sean grandes o pequeños, y, en general, a quienes pertenecen al sector privado (autónomos incluidos), como agentes egoístas que, cegados por sus propios intereses, son incapaces de entender la prevalencia del Estado sobre todas las cosas. Lo que explicaría su íntima aversión hacia el liberalismo económico –en el que no cree– y, también, por qué no decirlo, hacia el otro liberalismo: el de los principios. Respecto a la izquierda, ve su dependencia ideológica absurda y trasnochada, cuando no hipócrita (en general, para él toda dependencia ideológica es absurda). Y en cuanto a los españoles comunes, le resultan inconsistentes y gregarios, con una incapacidad secular para gobernarse. Para Rajoy, el ciudadano ideal, al que define como “una persona normal”, es aquel que madruga, trabaja duro, paga sus impuestos y, por supuesto, se desentiende de la política y delega ésta en los “profesionales”.

Pero, de todos, a los que más parece detestar es a aquellos que, con conocimiento de causa, cuestionan este régimen partitocrático nacido de la Transición y abogan por una reforma completa del modelo. Estos son con diferencia los que más le irritan; los más peligrosos y a los que hay que mantener a raya, lejos de los medios de comunicación masivos. En definitiva, para el de Compostela, la piedra angular sobre la que se construye eso que entiende como “una nación seria y de fiar” es el político profesional, en simbiosis con un modelo cerrado, cuya apariencia democrática es necesaria para garantizar la admisión de la clase política española en los foros internacionales. Lo cual, claro está, amplía enormemente las expectativas de colocación de la clase política.

El plan

Por todo los dicho, una vez Mariano Rajoy llegó a la presidencia del gobierno, la suerte estuvo echada. Hoy podemos decir sin miedo a equivocarnos –a la vista está– no solo que la regeneración no formaba parte de sus prioridades sino que nunca existió un plan para evitar el rescate de España. Muy al contrario, el rescate fue desde el principio la red de seguridad de una estrategia concebida para salvar el actual modelo político, aún a costa de agravar más si cabe lo problemas de financiación del sector privado. De hecho, ahora mismo la ayuda financiera de la UE es lo único que puede evitar el colapso de unas estructuras políticas inviables y comprar el tiempo que Mariano Rajoy necesita para hacer los ajustes a su manera, dejando en el cajón, por siempre jamás, las temidas reformas estructurales. Reformas que, por otro lado, son antagónicas al sostenimiento del actual Régimen. La filigrana final, en consonancia con el carácter del personaje, es que la solicitud formal del rescate se hará a su debido tiempo. Ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. Y ésta puede perfectamente aplazarse hasta días antes de los vencimientos de deuda previstos para los próximos 29 y 31 de octubre. Lo cual deja margen –si la agencia Moody’s no degrada antes el rating de España a bono basura– para que se celebren las elecciones gallegas y vascas del día 21, que es lo que ahora de verdad importa.

Pero, adoptando una forma u otra, el rescate llegará. Y con él, tal vez, un engañoso periodo de tranquilidad. Los bancos tendrán garantizados sus títulos de deuda pública y la clase política podrá seguir como hasta ahora. En cuanto al resto, los ajustes cada vez serán más intensos. Y el peso de la crisis se volverá insoportable para la depauperada sociedad española (no hay más que ver el vertiginoso desplome del ahorro de las familias). Aún entonces, Mariano Rajoy –respaldado por la clase política en su conjunto– no cejará en su empeño de salvaguardar el Régimen; cueste lo que cueste y caiga quien caiga, hasta que la economía española sucumba por completo.

Conclusión

No nos engañemos. Quien creía que Mariano Rajoy, mejor o peor, podría ser la última barrera defensiva de una sociedad enfrentada a problemas económicos de enorme magnitud, hoy ya sabe que no es así. Es el último baluarte de un Régimen que se descompone a gran velocidad. Y detrás de él no hay alternativa política. Queda pues una sociedad española que ha de reaccionar (desde arriba y desde abajo) y comprender que es un error delegar en estructuras de poder que, pasando por encima de los individuos, obren el milagro de satisfacer demandas sociales que tienden a infinito con recursos que desgraciadamente son finitos. El tiempo dirá si realmente los pusilánimes fuimos nosotros, los ciudadanos (ricos y pobres), que contemplamos impasibles cómo no sólo Mariano Rajoy sino aquellos que le precedieron y, también, quienes hoy calientan la calle con consignas equivocadas, nos llevaron de vuelta a la alpargata y la Peseta.


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