Game Over

Felipe VI y el abrazo del oso

Es sabido por todos que en la España política nadie dimite voluntariamente, que no hay tropelía y escándalo, por mayúsculo que sea, que pueda arrojar extramuros de forma automática a ninguna de las criaturas que se apacientan del régimen. Tales decisiones sumarísimas no corresponden a los mecanismos de control que toda democracia digna de tal nombre tiene, sino que son exclusiva potestad de la ‘coalición gobernante’, ese selecto club de oligarcas y políticos; de banqueros y tecnócratas, que hacen y deshacen de espaldas a la opinión pública.

Es esta organización informal (todopoderosa si no fuera por sus servidumbres exteriores) la que recompensa o sanciona y la que, en definitiva, puede poner punto y final a la trayectoria de sus miembros, muy especialmente de los más insignes. Y tal parece haber sido el caso de la abdicación de Juan Carlos I, tan marcada por los saltos de ‘raccord’, la urgencia y la chapuza que de transparencia y normalidad ha tenido muy poco.

Todo indica que hemos asistido, una vez más como convidados de piedra, a un ‘putsch’ para salvar in extremis la institución nuclear del régimen nacido en 1978: la Corona. Y con ella al régimen mismo y a sus beneficiarios. ‘Putsch’ que, como es costumbre de un tiempo a esta parte, terminó en un bochornoso vodevil.

En este sentido, apuntan algunos cronistas que Juan Carlos, viéndose abandonado por todos y, añado, coaccionado por personajes de dentro y fuera de palacio, se dejó llevar por la histeria –quizá por la cólera– y en un último acto de frivolidad precipitó su renuncia, pillando a los muñidores de la abdicación con el paso cambiado,de tal suerte que el carro no solo terminó por adelantar a los bueyes sino que a punto estuvo de arrollarlos. Contingencia que conjuró como buenamente pudo la ‘vicetodo’, Soraya Saenz de Santamaría, que es en estos desaguisados donde, además de hacer valer sus galones, acumula fichas del juego.

La adulación es la vaina que esconde el puñal

Sin embargo, sea cual fuere la intrahistoria de este rocambolesco episodio, lo relevante es que quien durante casi cuarenta años ha sido la viga maestra de nuestro inefable modelo político ha desaparecido súbitamente del tablero de juego. Y mientras unos respiran aliviados y dan coba al nuevo rey, pensando equivocadamente que aún es posible insuflarle nueva vida a este régimen difunto, a otros, preocupados por su encaje en esta nueva fase del juego, empieza a no llegarles la camisa al cuerpo. Tal es el caso del presidente del gobierno, cuya triste figura, hasta ayer parapetada detrás de un rey tambaleante, se dibuja ahora nítida y solitaria como el principal problema de España.

En efecto, Mariano tiene razones para estar inquieto. Su cometido, tal y como hemos podido comprobar en estos dos años largos de legislatura, era evitarle al modelo político cualquier desperfecto o ralladura. Para lo cual no ha dudado en redactar leyes injustas y casposas, poniendo en almoneda derechos fundamentales, y dar varias vueltas de tuerca al expolio que tradicionalmente venimos soportando.

Sin embargo, pese a todos sus desvelos, lo cierto es que la Corona pende hoy de un hilo y España camina hacia la desmembración sin que haya plan alguno para conjurar el peligro, excepto, claro está, suplicar por vía interpuesta a Isidre Fainé –¡ni más ni menos que a un banquero!– que ejerza de virrey en Cataluña y haga aquello que los políticos nacionales, mínima expresión del coraje y el talento, no se atreven a hacer de frente y por derecho.

Cierto es que rescatar el sistema financiero, a mayor gloria y beneficio de los grandes banqueros, y diseñar unas reformas económicas arbitrarias que no tocaran el bolsillo de los amos del juego, eran dos cláusulas fundamentales del contrato suscrito entre el PP terminal de Rajoy y la coalición gobernante. Pero el bagaje, como era de prever, ha resultado ser insuficiente. Y por más que los cronistas entregados al ‘rajoyismo’ argumenten que promover reformas políticas excede con mucho las funciones del nuevo rey, lo cierto es que Felipe VI, quieran o no entenderlo quienes mueven los hilos, o evita el abrazo del oso del continuismo o su reinado pronto se verá comprometido, porque España ya no aguanta.

La falacia de las instituciones formales

Es llegados a este punto que Rajoy, por mediación de Soraya, ha hecho circular la consigna entre los periodistas amigos que una cosa es el rey y otra bien distinta el presidente del gobierno; que Corona y Gobierno son instituciones con funciones bien diferenciadas. En resumen, que Rajoy manda y que el nuevo rey debe limitarse a encajar sin estridencias dentro del nuevo consenso que ya se está pergeñando de espaldas a los ciudadanos. Sin embargo, recurrir a las distinciones formales entre instituciones en un país donde precisamente lo informal es lo formal y lo anormal es la norma suena a chifla. Y en esta tesitura bastaría que Felipe VI hiciera un respingo para obligar a Mariano a tener que elegir entre espada o pared; es decir, entre sacrificarse a destiempo –debió hacerlo hace mucho– o terminar siendo un problema mayor que el rey defenestrado.

Seguramente Rajoy, falto de valor para revolverse contra aquellos a los que tanto debe y tanto saben de sus servidumbres políticas e impedido para hacer lo correcto por la deformación moral que impone la supervivencia en un Estado tan corrupto como el nuestro, escogerá lo segundo, convirtiéndose así en el principal obstáculo para que Felipe VI conserve la corona y, por elevación, España tenga a mano una vía alternativa, necesariamente democrática, que conjure las pulsiones separatistas y bolivarianas de un país desarticulado y severamente empobrecido.

Así pues, analícese como se quiera, pero el hecho es que los caminos de Felipe VI y Rajoy discurren en direcciones opuestas. Porque mientras Felipe necesita imperativamente pasar de las palabras a los hechos, Rajoy no puede permitir que los hechos pasen de las palabras.

La sensatez como milagro

Queda ahora comprobar si la oligarquía hispana aún sigue creyendo que bastarán reformas cosméticas, colmar una vez más el apetito sin fondo de catalanes y vascos y parchear el modelo político para seguir tirando, o si, por el contrario, por fin son conscientes que de ésta solo salimos, ellos y los desdichados mortales, abriendo el melón de las reformas políticas, entre las cuales figurarían en lugar destacado una reforma constitucional que garantice la separación de los poderes del Estado y el equilibrio entre éstos, eliminando toda dependencia partidaria; reforma de la ley electoral en favor de la representación directa y el control del representante por los votantes, con elección por distritos uninominales; reorganización autonómica, asignando competencias mediante criterios racionales y garantizando la unidad de mercado así como la igualdad de derechos entre españoles; y por último, y no precisamente lo primero como desean algunos, la celebración de un referéndum sobre la forma de Estado, que conceda la necesaria legitimidad a cualquiera de las opciones. Todo queda pues al albur de que, por algún azar del destino, Felipe VI o quien tenga a su lado, además de tener dos dedos de frente sea por fin un patriota y, por supuesto, un demócrata. 


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