Game Over

Europa y las elecciones difuntas

Se tomó su tiempo Mariano Rajoy para adjudicar con su dedo divino la gracia de ser el número uno del Partido Popular a las elecciones al Parlamento Europeo del próximo 25 de mayo. Con ese estilo ya familiar, que oscila entre la prepotencia sordomuda y el caciquismo decimonónico, Rajoy volvió a dejar meridianamente claro que en este régimen ya no hay que guardar ni las formas, que los nombres propios no importan, y aún menos los candidatos. Él siempre ha tenido muy claro que lo que importa es el partido. Porque más allá está la nada. Y si no me creéis –parece advertir a sus camaradas–, mirad el frío que están pasando ahí afuera. Así que regocijaos y contemplad cómo balanceo mi dedo.

Rajoy en el país de los ciegos

Sea porque a su alrededor los aduladores han levantado un muro impenetrable, sea porque ha perdido todo contacto con la realidad sin la ayuda de nadie, de un tiempo a esta parte, Rajoy parece estar encantado de haberse conocido y cada vez le gusta más lo que ve en el espejo. Quizá sea por ello que cualquier ocasión es buena para dejar claro quién manda. Lo que explicaría que no tuviera ninguna prisa en desvelar oficialmente un nombre, el de Miguel Arias Cañete, que él mismo, de su puño y letra, había escrito el primero de la lista hace ya bastante tiempo. Sencillamente quería disfrutar ese momento.

En efecto, el retraso no habría sido solo una triquiñuela para dejar a Elena Valenciano sola en el escenario, lanzando puñetazos al aire, mientras su diminuto perfil político se recortaba nítidamente a la luz de la luna: Rajoy le ha cogido gusto, más que a marcar los tiempos, a pararlos, desconcertando adrede incluso a los periodistas afines y generando inquietud entre amigos y adversarios. Así, sin tener que abrir la boca, todos los focos le iluminan.

Sin embargo, por más que el presidente se adorne y juegue a ser un gran estratega, un Fouché a la gallega, en este régimen hermético, donde todo el pescado está vendido antes de llegar a la lonja, no hay lugar para las sorpresas y aún menos para los grandes estadistas. Rajoy, para nuestra desgracia, tiene una visión tan estrecha como la que en su día demostraron sus predecesores, de tal suerte que España sigue siendo el mismo corral de comedias, por el que intérpretes de medio pelo llevan cuarenta años desfilando.

Europa, ni solución ni problema

Muerto y enterrado el discurso de la regeneración, allá va don Mariano, a batirse con sus “adversarios”, dispuestos todos a representar una nueva pantomima electoral para que la fiesta continúe. La de la clase política, por supuesto. ¡Oh, sí!, no les faltará razón a ninguno cuando, ya metidos en campaña, apelen a la necesidad de tener un grupo fuerte y numeroso en la Eurocámara que pelee ayudas económicas con las que aliviar los males de la patria. Sin embargo, al igual que sucede con las rentas expoliadas aquí en casa, los euros que lluevan de Europa irán a parar a las acostumbradas redes clientelares, a través del colector de la corrupción organizada. Corrupción que casi ningún político está dispuesto a combatir, porque hacerlo conlleva, sí o sí, enfrentarse al sistema. Lo cual nos devuelve de nuevo al principio, al primer mandamiento de la política española: honrarás a tu partido y al dedo de tu líder por encima de todas las cosas.

Cierto es también que conseguir un gran número de escaños es crítico, pero no porque con ellos se vayan a defender mejor los intereses de España, sino por su incalculable valor a la hora de comprar lealtades y silencios, recompensando a los serviles y escarmentando a los traidores. Al fin y al cabo, el reparto de ministerios; secretarías de Estado; escaños autonómicos, nacionales y europeos; cargos, y puestos de libre designación es la levadura que da cuerpo al pastel del poder. Ese poder sin cortapisas, mediante el que cualquier político erigido en jefe de un partido puede capturar gobiernos, administraciones públicas, organismos reguladores, fiscalías y altos tribunales, hasta apropiarse por completo del Estado.

Conviene también aclarar que la política europea no se decide en ningún parlamento, ni siquiera en las mediáticas reuniones, con su impresionante cobertura informativa, a las que acuden regularmente todos los líderes de los países miembros, sino en encuentros concertados a colación de alguna urgencia, en cenas decididas en el último momento, cuando determinados asuntos se tuercen, o incluso mediante conversaciones telefónicas. Siempre y en todos los casos a dos o, a lo sumo, tres bandas, fiel reflejo de la jerarquía de los países que conforman la Unión Europea. Así ha sido hasta hoy y así va a seguir siendo. Esta es la Europa de los grandes Estados, no la de los ciudadanos; la que lejos de mejorar a la Atenas de Pericles, como cabría haber esperado, no le llega ni a la suela del zapato.

Sin embargo, Europa no es la solución ni tampoco el problema. La crisis española es propia e intransferible. Por tanto, somos los españoles los que debemos forzar cambios democráticos profundos, asumir nuestra responsabilidad y aprovechar las elecciones al Parlamento Europeo para negar el voto a los corruptos. Porque, por más que la masa parezca irreductible, lo que cada uno haga a título individual vale su peso en oro. 


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