Game Over

Esperando a la sociedad civil

Escribía John Müller al final de su estupenda reseña sobre Catarsis. Se vislumbra el final del Régimen que el libro flaqueaba en aquellas partes en las que los autores depositábamos “cualquier posibilidad de regeneración en un actor que ni está ni se le espera: los ciudadanos y la sociedad civil”.

Müller, con este apunte final, abría un debate muy pertinente. Y para dilucidar si está en lo cierto o no es necesario sumergirse en ese magma que es la masa social y separar el grano de la paja. Porque a fin de cuentas las transformaciones sociales son procesos extremadamente complejos y lentos, muy difíciles de apreciar a simple vista, y no espectaculares sucesos sancionados a la postre por una multitud responsable e ilustrada surgida súbitamente de la nada.

La decadencia de los “creadores de opinión”

Lo primero es discriminar entre la sociedad civil y las organizaciones informales emboscadas en ella, ya que uno de los múltiples males de los Sistemas de Acceso Restringido, tal y como es el nuestro, es la suplantación de roles mediante grupos organizados que operan como correa de transmisión de las diferentes facciones del poder político, generando una falsa cultura sociopolítica.

Si bien uno de los ejemplos más evidentes de esta suplantación son los mal llamados Agentes Sociales, que lejos de defender el interés general son artilugios con los que la clase política legitima sus latrocinios, hay que  hacer especial hincapié en los múltiples grupos ideologizados que cooperan, aún cuando lo ignoren, con el sostenimiento del actual modelo político, por ejemplo, abonándose al Reparto de Rentas y saboteando las iniciativas espontáneas tomándolas desde dentro. Ejemplo palmario es lo sucedido con el movimiento 15-M, que en muy poco tiempo pasó de reclamar reformas del modelo político a indicar cómo se debía repartir el presupuesto, lo que terminó en el habitual callejón sin salida del hooliganismo ideológico; ese sectarismo que tanto conviene a la clase política para enfrentar a las masas, dividirlas y desactivarlas.

Dentro de esta dinámica de la impostura, un agente clave para el sostenimiento del régimen político son los medios de información. Y precisamente a costa de estos se ha producido el primer movimiento tectónico. Su progresiva pérdida de audiencia, que se ha agudizado en el año en curso (hay que acotar este descenso a la información pura y dura, separándola del entretenimiento de masas), pone de relieve un significativo cambio de tendencia. La bunkerización del régimen, que cuenta con los grandes medios de información como principales aliados, les está pasando factura.

Hace tan solo unos años esta bunkerización no habría tenido mayores consecuencias, habida cuenta de tres factores entonces vigentes. El primero, la creencia generalizada de que el modelo político podría seguir funcionando indefinidamente mediante la simple alternancia. El segundo, el hooliganismo ideológico (el sectarismo). Y el tercero, la falta de herramientas que hicieran visibles de forma masiva otras noticias, opiniones y debates contrarios a los intereses de la dictadura de los partidos. Sin embargo, hoy los dos primeros están en franco retroceso, a pesar de los enormes esfuerzos del sistema por mantenerlos vigentes. Y respecto al tercero, la eclosión de los entornos de libre acceso basados en las nuevas tecnologías, pese a todas sus contraindicaciones y defectos, está cambiando y mucho las cosas. Los grandes grupos de comunicación ya no influyen tanto en la opinión pública. Y, en consecuencia, la clase política está perdiendo el control de los debates.

¿Qué está sucediendo?

Según Pew Research Center, si bien en 2005 solo el 11% de internautas accedía diariamente a las redes sociales, este porcentaje se había elevado al 65% en 2011. Y en 2012, según AIMC (Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación), alcanzaba en España el 70%; es decir, 12 millones de españoles acceden a diario a estas redes donde la información se selecciona y comparte libremente.

Verdaderas autopistas para la difusión, con una audiencia potencial formidable y un ejército de voluntarios dispuestos a compartir información y desmenuzarla, las redes sociales se han convertido en los nuevos motores de la opinión pública y han arrebatando a los tradicionales “creadores de opinión” gran parte de su influencia. Ahora  muchas consignas se difunden de abajo arriba y no de arriba abajo. Lo que indica que el flujo se está invirtiendo. Y cualquier persona medianamente solvente puede entender que el primer paso de una transformación social es el cambio de la opinión mayoritaria. Y, sobre todo, la liquidación de determinadas creencias.

Sociedad civil, ¿inteligente o tonta?

En efecto, creer que la sociedad civil es por definición virtuosa es de una ingenuidad superlativa. No lo discuto. Sin embargo, las sociedades no son inteligentes o tontas, simplemente dependen del contexto. De ahí que al disminuir la centralización, la exclusión, y la polarización impuestos por los grandes agentes mediáticos, el estado de opinión mayoritario se vuelva más inteligente. Y eso es lo que está sucediendo. De hecho, hasta hace muy poco habría sido impensable que en España afloraran determinados debates, como la pertinencia de la monarquía, la bajísima calidad de nuestra democracia, la crisis política que subyace en la crisis económica o, incluso, la necesidad de un proceso constituyente con el que instaurar una democracia completa, entre otras minucias. Pero lo crucial es que estos debates no han sido propuestos o amplificados por los grandes medios de información, y tampoco por el poder político, sino por las redes sociales, detrás de las cuales asoma la tan denostada sociedad civil. En consecuencia, la cuestión no es preguntarse qué cabe esperar de la sociedad civil, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros por ella.


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