Game Over

Esperando la Parusía

El pasado viernes asistimos a uno de esos episodios de histeria colectiva, tan liberadores como fatuos, que de un tiempo a esta parte se desencadenan en España con cierta regularidad. En esta ocasión el motivo no fue la publicación de unos papeles con asientos contables comprometedores, ni la imputación de todo un gobierno autonómico a cuenta del robo sistemático del dinero destinado a ayudas públicas, ni tampoco una escalada en la amenaza secesionista. Lo que disparó la adrenalina fue la recaída del Rey. Noticia que degeneró en el atolondrado rumor de una inminente abdicación.

Volver al pasado o fosilizar el presente. Nunca mirar al futuro

A mediodía las redes sociales ardían y la palabra 'abdicación' se propagaba con tal fuerza que la Casa Realse vio forzada a convocar una inédita rueda de prensa para frenar en seco las especulaciones. El gallinero patrio, cada vez más adicto a las emociones fuertes pero breves, bullía de gozo. Y muchos aprovecharon el clima de excitación general para, al grito de tonto el último, enarbolar su correspondiente bandera.

Tan ansiosos como estaban, unos por liquidar la monarquía y otros por preservarla, casi todos dejaron olvidado en el cajón de su argumentarlo el imprescindible referéndum, ese que en cualquier democracia digna de tal nombre debe legitimar la forma de gobierno. Y aunque formalmente tal cosa fuera contemplada, resultó ser lo de menos. La rumoreada abdicación del Rey, en vez de ser entendida como una oportunidad para someter a escrutinio público el actual régimen y avanzar en la democratización de España, se convirtió en una forzosa elección entre regresión o fosilización; es decir, entre retrotraernos a los tiempos de laSegunda República e imponer ese espíritu totalizante que, travestido de democracia, expropia al individuo o permanecer por siempre jamás atrincherados en el presente al amparo de una destartalada Constitución que, día tras día, es vapuleada por las decisiones y deliberadas omisiones de los gobernantes.  

Un improvisado ensayo general con más sombras que luces

En definitiva, las sensaciones de este “primer ensayo general”, de ese probar a remover uno de los cimientos fundamentales del actual modelo político, no fueron demasiado halagüeñas, sino más bien preocupantes, por cuanto en el caos brillaron con especial intensidad los de siempre: los menos demócratas. Bien sea envueltos en la enseña constitucional, bien en la tricolor, bien en la estelada o bien en la bandera con el águila de San Juan, es evidente que no entra en los planes de muchos impostados campeones de la libertad proyectarnos hacia el futuro, reconciliarnos definitivamente con la historia y dar ese salto de calidad democrático que España tiene pendiente y que tanto necesitamos. Muy al contrario, los grupos más organizados y beligerantes parecen empeñados, en unos casos, en retroceder al pasado con el fin de revertirlo. Y en otros, en congelar el presente. Como si la historia, igual que el espacio-tiempo, pudiera plegarse sobre sí misma, y sus hitos ser manipulados o consagrados a voluntad.

Disparate, inmovilismo y pantomima revolucionaria

Desde estas páginas he defendido que es necesario dar al pueblo una dignidad suficiente, en ocasiones inmerecida, para que afronte con suficiente ánimo y claridad de ideas retos que quizá le superen. Y precisamente por ello no podemos cerrar los ojos ante el hecho de que, durante estos años de crisis, una parte nada desdeñable de la sociedad española, lejos de haber madurado, ha sucumbido al sentimentalismo, las emociones y los viejos dogmas fracasados. Y a la bipolaridad entre regresión e inmovilismo se añade un espíritu revolucionario de cuarta que hace buena aquella frase de Pío Baroja que decía que la revolución es buena para los histriones. Sirven todos los gritos, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal. Una circunstancia que debería preocupar a los intelectuales –allá donde se escondan– a las personas mínimamente ilustradas y, sobre todo, a esos millones de españoles que, por más que echen pestes de la clase política, han decidido contemplar el devenir de los acontecimientos como cristianos que esperan la Parusía, dispuestos, aunque lo nieguen, a taparse la nariz, tragarse sapos y culebras y votar una vez más a su partido de referencia porque más vale lo malo conocido.

La extrema debilidad del Régimen

Es evidente que el Régimen, extraordinariamente débil e incapaz siquiera de dar solución a la agonía de un rey que ya no puede con el peso de la corona, se ha instalado en la negación. Y lejos de aceptar el final de un ciclo que ha durado 35 años, se aferra a la mejora de la coyuntura económica, confiando en que el pueblo finalmente no tomará las Tullerías. Craso error. La pérdida de legitimidad del actual modelo político no va a resolverse con un puñado de indicadores económicos favorables, por más que estos sean extraordinariamente benignos. Muy al contrario, con dinero o sin dinero la ausencia de unas instituciones sanas seguirá traduciéndose en esta forma de hacer política, a ratos sinuosa, a ratos grotesca, siempre sibilina, que en vez de resolver los problemas los crea y los agrava. Con este telón de fondo, instalarse en la creencia de que nada podemos hacer o, peor aún, que al final un suceso imprevisto, como la abdicación del Rey, pondrá en marcha los engranajes de la historia y las cosas cambiarán, es dejar el futuro a merced de lo fortuito, lo cual siempre tiene consecuencias adversas, porque a la sombra de la casualidad acechan los canallas de siempre.


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