Game Over

España va mejor. Y amén

Parece que fue hace una eternidad, sin embargo solo ha transcurrido poco más de un mes desde que Mariano Rajoy, acosado desde todos los frentes, incluido el internacional, se vio forzado a dar la cara y hacer un reconocimiento explícito de su responsabilidad en el llamado 'Caso Bárcenas'. Era tan grave el trance y tan imprevisibles sus consecuencias que no pocos analistas, incluso algunos de los más críticos, se vieron compelidos a vender posteriormente aquella comparecencia in extremis como un acto de coraje y buena voluntad del presidente, cuando la realidad fue que Rajoy, como un púgil sin fuelle, se había limitado a lanzar golpes al aire esperando a que sonara la campana. Y la campana sonó. Llegó el paréntesis veraniego con la enésima trifulca a cuenta del peñón de Gibraltar y, después, el bochorno de la debacle olímpica, rebajando una presión que se había vuelto insoportable.

Sin embargo, ahora que el nuevo curso político comienza, es preciso retroceder hasta el uno de agosto de 2013 para comprender en qué punto exacto del drama patrio nos encontramos. Porque ese día, un Mariano Rajoy inusualmente tenso, incómodo y con la cara visiblemente desencajada optó por una “bunkerización” irreversible. Para lo cual no le quedó otra que negar con firmeza, en ocasiones casi vehemencia, que la corrupción en el Partido Popular fuera generalizada y que él mismo fuera corrupto. Y ni corto ni perezoso circunscribió todo el asunto de los sobresueldos y la presunta financiación ilegal del partido a un mero error de confianza. «Confié en Bárcenas y me equivoqué», dijo. Y punto. Eran lentejas.

El plan: salir de la crisis haciendo trampas y sin despeinarse

Muy al contrario de lo que muchos cronistas escribieron los días inmediatamente posteriores a la intervención de Rajoy en el Senado, no fue sólo que el presidente endulzara su comparecencia con argumentos económicos, sino que éstos resultaron ser el eje fundamental de su argumentación. Así, inmediatamente después de que prometiera no escudarse tras los datos económicos, se lanzó a hacer una exposición pormenorizada de los signos positivos que la economía parecía empezar a mostrar. Hasta la fecha elegida para su discurso estuvo oportunamente precedida por el último informe del Banco de España, informe que ratificaba el inminente final de la recesión.

«España va mejor». Ese fue el mensaje, la buena nueva con la que debía quedar conjurado el peligro de una peligrosa pérdida de legitimidad, no sólo del presidente sino, en general, de la España oficial. Así, para que la salida de la crisis económica no se viera truncada, era preciso cumplir un último requisito: no cuestionar la integridad –y por ende la legitimidad– de don Mariano, de su partido y, lo más importante, del Régimen del 78. Los medios de comunicación debían pues cooperar como nunca antes lo habían hecho y hacer sonar las fanfarrias, y los presentadores de los telediarios lucir la mejor de sus sonrisas. Esa fue la carga de profundidad de su discurso. Y sobre esta interesada transacción, la prometida salida de la crisis a cambio de no dar pábulo a las acusaciones de corrupción dirigidas contra el partido en el gobierno y contra su presidente, construyó Mariano su discurso. Un discurso que, a la vuelta de las vacaciones, se ha endurecido, convirtiéndose en consigna y norma de obligado cumplimiento para todos aquellos que dependen de la generosidad de quien tiene la sartén por el mango. Nada pues de reformas que toquen siquiera de refilón al actual modelo político. Ni siquiera nombrarlas.

Fecha clave de esta legislatura

El uno de agosto de 2013 fue mucho más que el triste colofón de un curso político deprimente, plagado de disgustos y decepciones. Fue el día en queMariano Rajoy se vio en la necesidad de unir el destino de la nación a su propio destino, elevando así la corrupción a la categoría de principal institución de España. De ahí en adelante, nada debería ya asombrarnos, ni siquiera el borrado deliberado de dos discos duros con datos presumiblemente comprometedores. Todo sea por la patria.

Según el discurso oficial, la salida de la crisis solo será posible si la política y, en consecuencia, las responsabilidades derivadas de su ejercicio son convenientemente separadas de la economía, olvidadas y enterradas. Y justo es reconocer que el regreso de las inversiones a España aliviará en parte –ya lo está haciendo– la pesada carga que algunos bancos y grandes empresas arrastran desde hace demasiado tiempo. Y ello se traducirá en una leve mejoría de determinados datos económicos y, quizá también, en la salvación temporal de la gerontocracia hispana de los grandes negocios. Cosa para la cual bien puede valer un Mariano cualquiera por muchos Barcenas que le echen encima. Todo apunta a que ese es el quid de la cuestión. Sin embargo, de ahí a que la crisis real esté camino de resolverse media un abismo. Porque, por más que le pese a este registrador de la propiedad y a todos aquellos que le sostienen, la política y la economía son compañeros de viaje inseparables. Y cuando la política es suplantada por la corrupción, la economía se vuelve frágil y enfermiza. Y en esta tesitura seguimos, a la espera de un milagro. 


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