Game Over

España, tierra de tiranos

Han pasado más de ocho años desde que, en el transcurso de la campaña de las elecciones catalanas de 2006, el entonces presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, aludiendo al futuro estatuto que habría de ser pergeñado por las fuerzas políticas catalanas, pronunciara aquello de "Pascual, aprobaremos lo que venga de Cataluña". Alegría electoralista que, con carácter de urgencia, tuvo que ser matizada por la vicepresidenta y portavoz del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega, quien se apresuró a asegurar que el presidente siempre había afirmado "lo mismo", es decir, que las reformas estatutarias se tenían que hacer con "consenso" y con "rigor constitucional". Y que sólo en ese escenario había que enmarcar las palabras de su jefe.

El desafío catalán y el principio del apocalipsis

Sin embargo, pese a los esfuerzos por neutralizar aquella declaración incendiaria, el inconsistente Zapatero puso en marcha una bomba de relojería cuya desactivación, por culpa de la crisis económica, no sería ya posible por los cauces acostumbrados; es decir, regando con dinero a los oligarcas locales. Así que los políticos catalanes, haciendo de la necesidad virtud, decidieron tirarse al monte y fundar su propio Estado, ese lugar mágico en el que poder detentar en exclusiva el poder político-económico y expoliar a placer a más de siete millones de almas sin que ningún forastero pudiera exigir por ley su parte de la mordida.

"¡España se rompe! ¡España se rompe!", gritaron histéricos desde Madrid quienes tienen en la capital de España su base de operaciones permanente para las conspiraciones políticas, los negocios y, en suma, el monopolio del expolio del Estado. Y ambas bandas de forajidos, los impostados nacionalistas y los falsos constitucionalistas, unos enarbolando la bandera inventada por Vicenç Albert Ballester y los otros usando a modo de escudo una Constitución que ni ellos mismos acatan, convirtieron la 'batalla por Cataluña' en el epílogo de un modelo político muerto de corrupción galopante.

Somos corruptos, sí. ¿Pasa algo?

Ya abierto el melón de la independencia de Cataluña, con Zapatero fuera del Gobierno y erigido Mariano Rajoy en presidente, tuvo lugar el accidentado safari del rey en Botsuana, gracias al cual supimos de la existencia de la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein. Más tarde, cuando aún ocasionalmente algún medio de información se desmelenaba por razones no siempre confesables, vieron la luz las obras de reforma financiadas con cargo a Patrimonio Nacional de la finca La Angorrilla, sita en monte de El Pardo, en la que, al parecer, durante casi cinco años había pasado largas temporadas la afortunada princesa junto a uno de sus hijos.

Providencialmente, el mal estado de la cadera de Su Majestad y las sucesivas intervenciones quirúrgicas a las que hubo de ser sometido terminaron por acaparar la atención de los medios. Sin duda era más interesante informar sobre los prodigiosos avances en prótesis de huesos que abrumar al ciudadano con investigaciones periodísticas a cerca de lo que se hacía con su dinero. Desde entonces, y casi siempre a través de Internet, los rumores de abdicación con poco o ningún fundamento han ido yendo y viniendo, como la marea, sin mayores consecuencias.

Pero la rueda de la corrupción siguió girando. Y a aquel escándalo Real le sucedería otro también relacionado con la Corona, el de Urdangarín y Señora, a quienes, a través de su Fundación Nóos, las autonomías, ayuntamientos y empresas regalaban dinero con una prodigalidad asombrosa. Después vino un affaire más plebeyo: los llamados “papeles de Bárcenas”; es decir, la financiación con dinero negro del Partido Popular, cuyo broche de oro hasta la fecha es aquella lacónica declaración de Rajoy que rezaba: “Parece que algunos de los apuntes que hay ahí son ciertos. Pero la inmensa mayoría no lo son". Y tan pancho. Acto seguido afloraron en un juzgado de Sevilla los cientos de millones de euros estafados a la Junta de Andalucía por sindicalistas y políticos.

En definitiva, un goteo de escándalos inacabable que, a falta de otros recursos, ha obligado a los padres más considerados a apagar la televisión durantes las comidas familiares, para que el torrente de la corrupción que fluye desde los telediarios no destruya la moral de sus hijos. Sin embargo, todos estos escándalos y otros muchos han sido amortiguados por un régimen que tiene comiendo de su mano a todos los grupos informativos. Y también a la Fiscalía y a los más altos tribunales.

Los cambalaches internos del régimen

Estando así las cosas, y con las elecciones europeas a la vuelta de la esquina, el oportuno fallecimiento de Adolfo Suárez sirvió para que el régimen se diera un balsámico homenaje. Y durante un tiempo todo pareció volver a su sitio, al menos en ese submundo de los negocios y la política, siempre tan insensible al drama de la calle. Las musas y adalides de la Transición se adornaron con hiperbólicos halagos, redactaron artículos elogiosos y coparon las tertulias y los programas informativos. Una gran fiesta de la mentira oficial que iba como la seda hasta que alguien, quién sabe por qué motivos, decidió enseñar los dientes editando un librito que ponía a la Corona al frente del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Inesperado salto de raccord que ha dado lugar, como es costumbre en este país de comadres, a la polémica estéril, las descalificaciones y los desmentidos. Mucho ruido y pocas nueces. A fin de cuentas, aunque sería deseable sacar a la luz pública las piezas que aún faltan para resolver el rompecabezas del 23-F, lo que hiciera el rey aquel día no cambiará el actual estado de cosas. Como tampoco lo hará su abdicación a favor del Príncipe Felipe. Si acaso, de producirse el relevo, será un alivio transitorio y, en el mejor de los supuestos, supondrá unos pocos cambios en la tramoya del régimen.

No hay democracia sin demócratas

El problema sigue siendo el régimen en sí mismo, su pésimo diseño y su perverso funcionamiento sistémico, que se traduce en la falta de ejemplaridad crónica de las más altas instituciones y de unos partidos que han devenido en asociaciones de malhechores. Todo lo cual ha hecho que hoy muchos ciudadanos relativicen el Estado de derecho y se pregunten por qué ha de ser condenado quien rompe escaparates, apedrea antidisturbios o canta al odio y a la violencia si quienes gobiernan España delinquen a voluntad, roban a manos llenas y nos llevan a la miseria sin que los tribunales se inmuten. Y es en esta desazón donde tratan de pescar los tiranos, desde los totalitarios travestidos de intelectuales de izquierdas, hasta quienes ven con buenos ojos un gobierno de salvación nacional que dé paso, llegado el momento, a una autocracia de emergencia.

Tal es el desbarajuste, el caos de pensamiento y opinión que se propaga sin freno a lo largo y ancho de España que aquella ingenua idea de la regeneración democrática ha terminado degenerando en interpretaciones a cada cual más tramposa, disparatada o peligrosa. Sin embargo, no debe extrañar a nadie que estén aflorando comportamientos tan alejados de la más elemental cultura democrática, pues si algo podemos sacar en claro del fracaso de la Transición, y por ende del fracaso de España, es que si bien en esta tierra abundan los centralistas y separatistas, los monárquicos y republicanos, los conservadores e izquierdistas, los religiosos y anticlericales, los oligarcas y jacobinos, los liberales y colectivistas, lo que es demócratas sigue habiendo muy pocos, por no decir casi ninguno.


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