Game Over

España, país de reyes y mayordomos

Desde que el pasado mes de abril Bruselas hiciera oficial la concesión de dos años de gracia en la consecución de los objetivos de déficit, los 17 sultanatos, que son las comunidades autónomas, tocaron a rebato y se lanzaron al saqueo del maltrecho presupuesto. En Cataluña incluso hubo foto de familia: políticos locales, agentes sociales y patronal posaron juntos para legitimar la rapiña. Una postal, que pese al matasellos barcelonés, es el retrato extensible a toda España de una sociedad intervenida y expoliada. ¿Hacen falta más pruebas para evidenciar que este modelo político y territorial, absolutamente disfuncional y perverso, es un arma de destrucción masiva?

Ora emboscados en los sentimientos nacionalistas, ora en pos de una vida muelle a costa del común, el reparto de rentas en favor de unas minorías privilegiadas continua. Y esta prórroga de dos años, lejos de servir para afrontar de manera más meditada y equitativa unas reformas estructurales que nos lleven a no gastar más de lo que ingresamos, va a ser utilizada por los barones regionales –Montoro mediante– para que ellos, sus séquitos y los caciques locales, todos confortablemente acomodados en la gran jaima que es la España política, lleguen hasta 2015 sin renunciar a sus vicios y costumbres. Diríase que Angela Merkel, que a estas alturas ya sabe de qué paño estamos hechos, nos la ha jugado apropósito. Porque la canciller alemana no puede ser tan ingenua.

Cuanto peor (Alemania), mejor (España). A esto se reduce todo

La clave de este recrudecimiento de las escaramuzas por los dineros que no son de nadie se debe también a la convicción exhibida de forma obscena por el presidente del Gobierno de que, después de las elecciones federales, Alemania, ya para entonces posiblemente sumida en la depresión económica, dará un giro en redondo y se sumará con entusiasmo a la política de los estímulos. La mal llamada austeridad será historia. Y, según el relato de Moncloa, más que ver una tenue luz al final del túnel, quedaremos deslumbrados por una espléndida coreografía de fuegos artificiales.

Así, la semana pasada ‘don’ Mariano, que entre ausencia y ausencia salta de una nube a otra como si fuera un querubín, fue trotando a dar parte al Rey de la futurible buena nueva. El Monarca, en pleno lavado de imagen y compelido a seguir de dragomán de la España de los negocios, escuchó displicente y lo despachó sin demasiados miramientos. Pero el aplicado mayordomo, resignado hace tiempo al real ninguneo, volvió satisfecho a su búnker de Génova. Tenía lo que había ido a buscar a palacio: la reunión con el Rey y, en especial, el motivo de la misma se convirtieron en noticia. ¡Y eureka!, desde ese día, la realidad oficial es que, en un futuro no muy lejano, España saldrá de la crisis porque así está escrito. Todo lo que había que hacer ya está hecho.

El precipitado final de una legislatura esperpéntica

A este guión es a lo que se aferra nuestro gobierno de audaces; a ese milagro que, viniendo del exterior, apartará de sus labios el cáliz de las reformas y les evitará cruentos enfrentamientos con sus compañeros de partido, la clase política, los mal llamados agentes sociales, los grupos de presión y, sobre todo, el establishment. Es la melodía ya conocida, cuya letra canta que en España gobernar no es hacer lo correcto, sino vivir del momio por tiempo indefinido y cuidarse mucho de asumir riesgos.

Esta legislatura se puede dar por concluida: finiquitada. Porque, al margen de polémicas artificiales, nuevos sablazos al bolsillo de los españoles y alguna que otra putada a golpe de decreto, todo queda ya a expensas de las decisiones que se tomen más allá de nuestras fronteras. Y cuanto peor le vaya a Alemania, mejor para España. Es así de sencillo, de tremendo. Nuestra clase política está ya en otras batallas; con un ojo puesto en el reparto de escaños del Parlamento Europeo. Y con el otro, en la precampaña de las próximas Elecciones Generales. Entretanto, gobernar poco o muy poco. Aquí mandar es administrar los dineros; es decir, repartirlos de manera conveniente.

Urge un gran pacto nacional, sí… pero de la sociedad civil

Si para algo han servido estos cinco años largos de crisis ha sido para dejar meridianamente claro, cristalino, a todo aquel que tenga dos luces la imposibilidad de que el modelo político se reforme a sí mismo. Los dirigentes de los partidos, aun investidos de presidentes, no son más que mayordomos. El tramposo juego de la política española se desarrolla en una angosta habitación, oscura como la boca de un lobo. ¡Y ay del gobernante que desborde las líneas que delimitan este diminuto terreno de juego o amague tan sólo con poner un pie fuera!, porque disparará los siniestros mecanismos que velan por el mantenimiento del statu quo y aflorarán informaciones comprometedoras guardadas en los sótanos de palacio.

No, ‘don’ Mariano nunca estuvo dispuesto a inmolarse en el altar de la regeneración democrática. Pero tampoco están dispuestos a ello sus posibles sustitutos o adversarios. Por eso, ahora que las plataformas ciudadanas y los pequeños partidos florecen, entiendo que concienciados todos de los graves defectos de nuestro modelo político, toca hacer de tripas corazón, aparcar los debates ideológicos, ahora mismo artilugios inservibles, y confluir en un único frente, con el fin de posibilitar un proceso constituyente que saque a España del marasmo. Los objetivos son claros y compartidos por todo demócrata medianamente ilustrado y decente: alumbrar una sociedad abierta, basada en el imperio de ley y la igualdad de oportunidades. Un sistema de libre acceso que devuelva el poder a la sociedad civil. Y, sobre todo, la esperanza.


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