Game Over

España y los liquidadores

Francisco –Paco para los amigos– es un ejecutivo de mediana edad. Padre de cuatro hijos, trabaja en una empresa multinacional de origen europeo que, a principios de la crisis económica, fue adquirida por una compañía norteamericana mayor y más poderosa. Él se sabe un privilegiado, al fin y al cabo ha conservado su empleo y también, al menos en parte, su status. Toda una suerte para quien sin estar en el consejo ha superado holgadamente los cincuenta. 

Sin embargo, para Paco la procesión va por dentro. Desde que la crisis de las hipotecas ‘subprime’ devino en crisis bursátil mundial y dio lugar a la crisis económica internacional; es decir, desde que la compañía para la que trabaja fue vendida a toda prisa, su vida laboral se ha convertido en un vía crucis. “Ahora soy El Liquidador”, dice con sarcasmo, mientras en su rostro se dibuja una mueca de amargura.

“Son ya casi seis años recorriendo Europa sin descanso. Apenas veo a mi familia. Voy de sede en sede, a la carrera, reemplazando cuadros de profesionales expertos y bien cualificados por otros de jóvenes mucho más baratos”, se lamenta. El calendario de ajustes, añade, es tan apretado que encontrar a gente mínimamente cualificada es casi un milagro. De la experiencia ni hablamos. Reducir costes y cumplir el plan de ajuste dentro del plazo estipulado es lo único importante. Cualquier recomendación o apelación a la prudencia es pasada por alto. El calendario manda. Y sobre todo la pasta.

De Budapest a Bratislava, de París a Viena, de Sofía a Varsovia vuela El Liquidador sin descanso. Cada mes, haciendo honor a su título, pone de patitas en la calle a cientos de profesionales solventes que, al igual que él, son padres de familia y muchos de los cuales conoce desde hace años.

Antes, cuando tenía que viajar para resolver algún asunto o apagar un fuego, sus colegas le recibían cordialmente, casi con alivio, como quien recibe a un viejo y sabio amigo: a un aliado. Hoy, según entra por la puerta, los que no le niegan el saludo con desdén le clavan la mirada. Y cuando concluye su misión, el enésimo ajuste, y se dirige a la salida con paso apresurado, el resentimiento de sus víctimas le recorre la nuca como un escalofrío. Y con esa sensación se acuesta y se levanta semana tras semana, mes tras mes: año tras año. Y ya van cinco.

Dice su mujer que en casa se ha vuelto taciturno. Que se muestra menos paciente que antes con los chicos. Pero que es comprensible. Al fin y al cabo todas las semanas recorre miles de kilómetros y traga paletadas de mierda, de odios y resentimientos, de directivas disparatadas y absurdas. Y todo para que sus hijos puedan completar sus estudios sin tener que preocuparse por nada y lleguen sanos y salvos a alguna playa mejor que la suya. A cambio, solo espera una cosa, que cuando haya liquidado al penúltimo desgraciado de la lista, el último nombre que aparezca sea el suyo; es decir, que le ordenen 'liquidarse' a sí mismo. Le angustia la idea de que, después de pasar por todo este calvario, mañana le hagan responsable de algún desaguisado fruto de la prisa y la chapuza de estos años.

Así es. Hasta hace unos días Paco se reconfortaba con la posibilidad de que a él también le dieran boleto. Con la indemnización que le correspondería podría montar un pequeño negocio, ganarse honradamente la vida y dejar atrás un trabajo que, crisis mediante, se ha convertido en un suplicio. Pero la enésima reforma fiscal del Gobierno amenaza con echar por tierra su última esperanza. “La inseguridad jurídica”, se lamenta, “es absoluta. Aquí las reglas nos las cambian cada dos o tres días. Da igual si eres un ejecutivo medio, un empleado cualificado, un novato o un jubilado: estamos todos a merced de las conveniencias de un puñado de burócratas y asimilados, de trepas y corruptos para los que no hay liquidador alguno”.

Tiene razón Paco. Llevamos casi siete años de crisis y siguen estando muy presentes el nerviosismo y la angustia. Las empresas que sobreviven al margen de los favores políticos y los chanchullos ven la tan cacareada recuperación económica como una playa demasiado lejana. Y cada cual va a lo suyo. Sin un mínimo de certidumbre no puede haber proyectos con fuste. Y tampoco profesionales que valgan; es decir, así no hay quien haga empresa. Todo se reduce a trabajar cada vez más barato.

Dice Paco que si esto que vivimos ahora mismo es el anticipo de la salida de la crisis, mejor sería apagar y que el último cierre la puerta. Antaño, trabajar, además de para ganarse la vida, también servía para lleva a cabo un proyecto, incluso realizar un sueño, aunque fuera muy modesto. Hoy, trabajar, por más que se haya convertido en privilegio, es demasiado a menudo un castigo. Otro síntoma más de una sociedad que ha perdido el rumbo y no sabe a dónde se dirige. En definitiva, una sociedad en liquidación permanente


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