Game Over

España y el inevitable fin de la infancia

Si existe un común denominador entre los actuales gobernantes europeos - lo mismo da que miremos a Alemania o a España - es su incapacidad para tomar decisiones que pongan en riesgo su popularidad y, por tanto, su continuidad en el poder. De hecho, en un momento tan crítico como el presente, causa estupor ver como la propia Angela Merkel, acuciada por la presión de los electores alemanes, un día da un paso hacia delante y al siguiente da dos hacia atrás. Esto se debe a que, tanto los políticos como los ciudadanos europeos, vivimos en sociedades incapaces de mirar de frente a los problemas que sólo alcanzan a exigir soluciones. Pero cuando pintan bastos, las soluciones indoloras y “llave en mano” no son posibles y, al parecer, nadie tiene el coraje de reconocer la verdad y decir aquello de si buscas una mano dispuesta a ayudarte, la encontrarás al final de tu brazo.

Muchos ciudadanos siguen apurando su tiempo convencidos de que al final, de una forma u otra, seremos salvados sin necesidad de demasiados cambios y sacrificios, que bastará con la alternancia en el Gobierno y con apretarnos el cinturón un agujero más. Y mientras llega ese momento, lejos de asumir la realidad, se dedican con entusiasmo a la improductiva, aunque gratificante, tarea de señalar a un puñado de culpables. Y si bien es cierto que, en toda sociedad que se precie, es necesaria la depuración de responsabilidades, la incapacidad para ir más allá termina siempre por salir muy cara. Nuestros problemas no se van a ver aliviados demonizando a la banca, a los mercados o a algunos de nuestros dirigentes. Si no reformamos nuestro modelo político, es seguro que persistirán los fallos e ineficiencias y, aunque nos parezca imposible, la situación se agravará aún más.

Pese a ello, de una parte, nuestros políticos conservadores siguen empeñados en limitar el problema a lo estrictamente económico. Y ya nos avisan de que la capacidad de acción del futuro Gobierno de España dependerá de la situación en que se encuentren las cuentas. Y puesto que a buen seguro las arcas estarán más que vacías, todo apunta a que su “ortodoxia económica” distraerá cualquier reforma del modelo político, verdadero origen de todo este embrollo. De la otra parte, la renacida gerontocracia socialista, a sabiendas de que vender capacidad de gestión sería una broma macabra, vuelve a anteponer ideología a racionalidad, abundando aún más si cabe en la atávica propensión de muchos ciudadanos a evadirse de la realidad.

Con todo ello, no es de extrañar que las demandas ciudadanas sean en muchas ocasiones pura contradicción. Por un lado, nos rebelamos airadamente contra la clase política, por su despilfarro, y contra los mercados, por su voracidad. Y, por otro, exigimos a nuestros políticos seguir acudiendo a los mercados para endeudarnos aún más y mantener el actual modelo de Estado de Bienestar. Resulta asombrosa la facilidad con la que los ciudadanos renunciamos a cualquier posibilidad de futuro a cambio de ahorrarnos sacrificios y de la gratuidad de algunos bienes y servicios que, dicho sea de paso, de gratis no tienen nada, pues, pese a que su calidad deja mucho que desear, los pagamos a un precio muy superior al que estipularía el mercado.

Este es nuestro drama, vivir atrapados en la política del corto plazo y del cálculo electoral que, en última instancia, impone la propia sociedad a la que pertenecemos. Una realidad a la que ya aludía Goethe cuando escribió que “la multitud no envejece ni adquiere sabiduría: siempre permanece en la infancia”. Sin embargo, si algo está poniendo en evidencia esta crisis es que las declaraciones voluntaristas y demagógicas no alivian la presión, por más que se pronuncien en tono solemne. Y si los discursos no están a la altura de los acontecimientos y las palabras no se ven acompañadas por los hechos, la situación se volverá del todo incontrolable; en otras palabras, las reformas políticas habrán de llegar porque a la fuerza a ahorcan.


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