Game Over

La España ilustrada y el miedo

El 13 de febrero de 2013, con España ya presuntamente a salvo del rescate total tras meses de incertidumbre, Mariano Rajoy sacó pecho y pronunció la siguiente frase, quizá la más elocuente de toda su carrera política: "A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, que también es tomar una decisión". Estas palabras, que fueron objeto de chanza por parte de sus críticos y adversarios, no sólo retrataron al actual presidente, sino que en realidad nos retrataron a todos, incluyendo a aquellos que más alardean de principios. Porque no tomar decisiones, no asumir riesgos, no comprometerse y dar un paso al frente es una forma de ser, o no ser, de la España presente. Y quizá por eso así estamos. Hablar, divagar, criticar, rasgarse las vestiduras, es para la mayoría como hacer footing por prescripción médica; un breve trote intelectual que muchos dan regularmente sin aventurarse muy lejos y, desde luego, sin pasar nunca de las palabras a los hechos. 

Un escarnio y un susto

Por culpa de esta apatía generalizada, la semana pasada volvimos a asistir de meros espectadores a dos nuevos episodios especialmente irritantes. En uno, los tres banqueros principales de la España política, a bordo de lujosas limusinas y acompañados de un ejército de escoltas, hicieron una excursión a los juzgados, donde, recibidos con alfombra roja, dejaron constancia, por si quedaba alguna duda, de quién ha manejado y maneja los hilos del rescate de bancos y cajas con ese dinero público que, si bien no es de nadie, siempre termina beneficiando a los mismos.

En el otro, surgió Aznar, como si fuera un espectro, para ladrar a la luna y, de paso, limpiar las pintadas obscenas que de un tiempo a esta parte afean su mausoleo político. Salida intempestiva, precipitada, a ratos destemplada, del expresidente, que faroleó solapadamente con alentar una revuelta interna dentro del Partido Popular. Un golpe de mano que, según los bulos que corren estos días, algunos estarían testando sin demasiadas esperanzas.

El tiempo dirá qué fue coraje, qué oportunismo y qué impostura. En cualquier caso, Aznar, que en su día cedió voluntariamente las riendas del poder a cambio de la inmortalidad y, también, de tener una fundación propia, un púlpito desde el que hacer sus monólogos, padece ahora en carne propia los sinsabores que este modelo de partidos cerrados nos regala todos los días a los ciudadanos comunes. Tarde ya para tomar nota.

Eso sí, las palabras de Aznar sirvieron para que una vez más adelantara el carro a los bueyes y fueran pillados los cortesanos de los medios amigos con el paso cambiado. Después vinieron en tromba las crónicas indefinibles de la España cortesana, la de la vida muelle que se resiste a quedarse sin padrinos, con críticas timoratas que invariablemente, salvo honrosas excepciones, al final se diluían en loas a unos y otros, no fuera que por apostar al caballo equivocado alguno se pillara los dedos con el teclado. Lo que manda en esta España de pacotilla no son los presidentes en ejercicio ni los que dejaron de serlo, ni siquiera los banqueros, sino ese miedo travestido de servilismo que lo impregna todo.

La deserción del español ilustrado

Dice un refrán manchego que cuando el tonto sigue la linde, la linde se acaba y el tonto sigue. Así, mientras el modelo surgido de la Transición parece llegar al final del camino, la casta política, como el tonto del refrán, sigue de frente. Y los ciudadanos independientes más ilustrados, preparados y conscientes, ante los intermitentes estertores del régimen, bajan los brazos y se dejan llevar por la corriente pesimista, alegando en su descargo estar rodeados de una multitud ignorante, idiotizada, que, en el mejor de los casos, se moviliza para exigir soluciones suicidas.

Esta absolución tramposa, que es la crítica a la masa aborregada, no es excusa. Para el español culto, declararse conocedor de lo que nos aguarda al final del camino y, pese a ello, no constituirse en vanguardia, le convierte en cómplice de las felonías. No es la masa aborregada a la que teme, sino a un modelo político cada vez más desnaturalizado, rencoroso y agresivo. Y la cobardía, que es un sucedáneo barato del fatalismo, le hace ver en cada cordero un Miura.

Siempre es tiempo de hacer lo correcto

Sin embargo, nunca es tarde para dar un paso al frente. La historia de España está llena de héroes anónimos que se tomaron su tiempo para hacer lo correcto. La sociedad civil, esa que dicen inexistente, una vez ha comprendido que no es cuestión de movilizar masas sino de erigirse en vanguardia, no ha cesado de probar suerte. Por lo pronto, este martes 28 de mayo, un centenar de profesionales presentará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un manifiesto reclamando una nueva legislación para los partidos políticos, con el fin de propiciar el advenimiento de una democracia completa que ponga coto a la corrupción. Y posteriormente, el próximo mes de junio, el Ateneo de Madrid iniciará un ciclo titulado 'Sociedad Civil y Plenitud Democrática: hacia un nuevo régimen político', en el que participarán plataformas y asociaciones civiles que abogan por el cambio de modelo y la transición a una democracia completa.

Anímense, porque quién sabe, quizá Jean-Paul Sartre, cuando dijo aquello de que estamos condenados a ser libres, aludía también a los españoles.


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