Game Over

España en fotocopias

Tras varios días de silencio, el sábado 3 de febrero de 2013, a las 13:25 horas, el presidente, vestido de riguroso azul marino muy oscuro, casi negro, por fin compareció para dar razón de los papeles que supuestamente revelaban la existencia de una contabilidad B en su partido. No lo hizo en el Parlamento sino en su búnker de Génova, arropado por los suyos, ante el Comité Ejecutivo Nacional y la militancia más destacada. Con la sala abarrotada, la mayoría de los periodistas asistentes tuvieron que resignarse a seguir el acto desde una pantalla instalada en otra instancia. Lo cual no importó mucho, pues, como viene siendo costumbre, no estaba permitido interpelar al presidente. Pese a esta nueva afrenta, todos los medios acudieron puntuales a la cita. Y las cadenas de televisión retransmitieron en directo el monólogo presidencial a un país conmocionado.

“Soy un hombre honrado”

Rajoy, aconsejado por estrategas y abogados, afirmó circunspecto que los papeles eran falsos y que todo ese embrollo no era más que un montaje, un ataque dirigido contra el partido y contra su persona. Declaró solemnemente que él es un hombre honrado (“Nunca he recibido ni he repartido dinero negro ni en este partido ni en ninguna parte"). Y por si esto no fuera suficiente, apuntaló la palabra dada con la socorrida razón de Estado, concluyendo a las 13:40 de esta forma su discurso: "No nos vamos a distraer de lo que constituye la principal necesidad de los españoles: luchar para crecer y crear empleo". Esto es, cualquier sospecha de corrupción que apuntara directamente al gobierno debía ser desactivada, porque no cabía un solo bollo más en este horno que es España. Argumento que los mercados parecieron corroborar el mismo lunes, con el desplome de la Bolsa y el repunte de la prima de riesgo. Sin embargo, la verdadera razón del circunstancial batacazo fue, como luego se ha visto, los alarmantes datos del desempleo del mes de enero y los pésimos resultados de una banca que no levanta cabeza. Al Mercado, que es bastante más irracional de lo que algunos defienden, no le interesa la corrupción sino la pasta. Estamos solos en nuestro particular anábasis.

Del shock a la trifulca arrabalera

Sin embargo, la consigna transmitida desde Génova, de hacer causa común con el gobierno para evitar el hundimiento de esa cursilería que es la “marca España”, ha corrido como la pólvora entre los periodistas afines. Y en apenas una semana, el escándalo inicial, con la inestimable colaboración de los adversarios, ha sido convertido, primero, en un debate ruidoso y disparatado –incluso se ha recurrido, pásmense, al precedente de la falsificación de los diarios de Hitler para sostener que los papeles publicados son falsos–; después, en acusaciones de conspiración externa y traición interna; y, finalmente, en contienda partidista a la medida de los tertulianos más vehementes y pelotas. Y en tiempo récord, el país, una vez más, ha quedado sumido en la habitual reyerta entre partidos; ese combate trabado, en la corta distancia, que tanto conviene a nuestros políticos para que no se le vean las vergüenzas a este régimen caduco.

Una vez convertido el debate en un circo, el siguiente paso es dejar que el escándalo languidezca. Entretanto, para amortiguar su hedor, se envuelve con cuatro papeles, como si fuera un bocadillo de mortadela. Papeles en los que, mucho más que escuetamente, aparecen las cuentas “oficiales” del partido que gobierna. Cuatro hojas tan faltas de contenido que resultan tanto o más falsas que las fotocopias del escándalo. ("Un ejercicio de transparencia sin precedentes", así lo definió literalmente, con todo el cuajo, la vicepresidenta Soraya). Y en última instancia, y sólo si no hubiera más remedio, el affaire Bárcenas podría ser definitivamente enterrado bajo esa alfombra que es la justicia española, en la que los banqueros y partidos han aprendido a ocultar impunemente su porquería. En fin, nada nuevo. El ruido como silencio.

Y sin embargo, lo de menos son los papeles

Pero, aunque se comprende que para los involucrados lo importante sea hablar de fotocopias, el verdadero problema no son los papeles de Bárcenas, ni aún cuando fueran originales veraces en vez de fotocopias amañadas. Lo grave, lo tremendo, es la sospecha colectiva, cuando no la certeza, de que España es una enorme caja B; un entramado de asientos contables en los que figuran infinidad de nombres de personas y empresas. Y los partidos, el nudo gordiano de la corrupción al por mayor que ha desmantelado España. Es decir, los políticos no como agentes al servicio de la sociedad sino al servicio de sí mismos y, en consecuencia, de quienes proveen regularmente dinero a unas organizaciones elefantiásicas, que carecen de cabeza por más que parezca que alguien manda en ellas.

Corolario

La imagen de estos días, la de los ciudadanos empobrecidos y pasmados, que contienen el aliento mientras miran a una gran pantalla, en la que aparece el Líder pronunciando su monólogo sin interacción alguna, es la metáfora perfecta, dura y descarnada de esta España orweliana; una sociedad sin pulso que mira con lupa unos papeles, discute, debate y hasta se insulta, mientras el manto de la corrupción la envuelve. “¡Oh raciocinio! Has ido a buscar asilo en los irracionales, pues los hombres han perdido la razón…”. Valgan estas palabras puestas en boca de Marco Antonio por Joseph Leo Mankiewicz, (1953) para inmortalizar estos momentos estelares de la España postmoderna.

Pese a todo, es precisamente en este delirio donde reside la esperanza. Porque, de seguir por esta senda, y todo parece indicar que así será, la España política, que no espabila, incapaz de regenerarse a sí misma con todas las consecuencias, terminará cayendo por si sola sin que nadie tenga que empujarla. Y es que este régimen que se acaba no es más que una burda fotocopia; un papel falsificado que se llevará el viento de la Historia.


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