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España y sus enemigos

Cicerón denuncia a Catilina en una sesión del Senado

 Con la sangre de Julio César aún fresca sobre las losas del Foro, Marco Tulio Cicerón, que nada había tenido que ver con su muerte, instó a los ciudadanos romanos a aprovechar el vacío de poder para reinstaurar la República. Y en el mismo lugar donde había tenido lugar el magnicidio, y ante el estupor de un pueblo romano ya demasiado acostumbrado a la servidumbre, Cicerón, anciano y libre por fin de toda indecisión, pronunció memorables discursos en defensa de la sagrada causa de la Libertad y, también, sus 14 Filípicas contra el usurpador Marco Antonio"¡Que sean otros quienes vivan como esclavos! Nosotros los romanos rehusamos hacerlo. Si no podemos lograr la libertad, muramos"–. Consciente del estado de postración del pueblo, Cicerón no sólo apeló a los aletargados corazones de los romanos, sino que al mismo tiempo procuró lograr el apoyo de César Octaviano, heredero de Julio César y de quien él mismo era valedor, y Marco Emilio Lépido.

Pero Octavio y Lépido, lejos de sentirse tentados por las palabras del anciano orador y sumarse a la causa de la República (de la que sospechaban prescindiría de ellos tarde o temprano), optaron por reunirse en secreto con Marco Antonio y, mediante acuerdo, repartirse el imperio. Aquel pacto trajo aparejada la perdición de Cicerón, cuyo postrero esfuerzo por defender la libertad del pueblo romano le había convertido en el último obstáculo que separaba a aquellos hombres poderosos de sus ambiciones. Poco después, el ilustre orador, jurista, escritor y filósofo, fue asesinado en la localidad de Cajeta (hoy conocida como Gaeta), donde, consciente de que su final estaba cerca, había buscado descanso.

Sirvan estos acontecimientos, que tuvieron lugar hace ya más de 2.000 años, para explicar cómo las fuerzas antagónicas de un Estado prefieren siempre avenirse al pacto y al reparto del poder antes que combatir entre sí.

La clase política, el “establishment” y “lo público”

En los tiempos de Cicerón, las conspiraciones eran lideradas por personajes con nombre y apellidos, que pagaban con sus bienes y haciendas, y frecuentemente con su vida y las de sus más allegados, el fracaso de sus maquinaciones. Entonces era relativamente fácil para el historiador, y para el público en general, distinguir a los hombres buenos de los malvados; a los nobles de los mezquinos. Y esta clara separación entre el bien y el mal servía a los escritores para crear hermosos dramas y tragedias, cuya ejemplaridad, de cuando en cuando, sacudía las conciencias.

Hoy, las facciones que pugnan por el control del Estado han devenido en grupos y colectivos sin liderazgo, en los que sólo hay nomenclatura. Y lejos de existir héroes dispuestos a hacer frente a los villanos, proliferan los  antihéroes y los oportunistas. En estos cuerpos sociales amorfos e impersonales, el gregarismo y el anonimato mandan, permitiendo a las personas defender sus intereses de grupo sin tener que meditar sobre lo que es correcto y lo que no y sin asumir individualmente los costes de sus decisiones o la vileza de sus actos. De ahí que sea incorrecto aludir sólo a la clase política cuando hablamos de la Casta, pues ésta es mucho más amplia y se distribuye en tres cuerpos sociales enemigos de la España abierta: La Clase política, el Establishment y lo Público.

La Clase política es, de los tres cuerpos sociales o súper clases,el más consciente de que el actual statu quo depende del pacto entre estos tres grupos principales. Por ello, sus reformas aprietan pero no ahogan y se quedan siempre cortas. Su pragmatismo insufrible, que llaman consenso, anula cualquier posibilidad de cambio e impide la imprescindible transformación de España en una sociedad abierta capaz de superar esta crisis.

El Establishment, que influye y mucho en la economía y, por tanto, en las decisiones políticas, está formado por las grandes corporaciones, especialmente aquellas que controlan los sectores llamados estratégicos, y la gran banca, y también por cierto tipo de empresarios que viven del favor administrativo. Todos ellos constituyen una élite por naturaleza antagónica a los sistemas de libre acceso y sus intereses son incompatibles con los principios de la economía abierta. La relación entre el establishment y clase política es muy estrecha. De ahí que la híper inflación legislativa, las trabas administrativas y las dificultades burocráticas no sean fruto de la impericia del legislador, sino un mecanismo de control que limita el acceso al Mercado, a la Política y a la Justicia de los pequeños agentes en beneficio de los grandes agentes y las oligarquías locales.

“Lo público” es el resultadode suplantar el concepto de “servicio público” por el de “estructura pública”. Un proceso mediante el queun considerable número de personas, con el fin de mantenerse a salvo de las contingencias materiales que asolan a los demás ciudadanos, impone la proporcionalidad entre las prestaciones que reciben los ciudadanos y el derroche, el bienestar y los derechos adquiridos, no siempre legítimos, de quienes, de una forma u otra, sirven al Estado. Esta desnaturalización del concepto de servicio público ha desembocado en la corrupción, la acumulación de privilegios, la falta de transparencia y el endeudamiento descontrolado. De tal suerte que “lo público” es hoy el negocio de una minoría, la arcadia de muchos y ruina para la gran mayoría.

Durante más de tres décadas, estos tres grupos, que han trascendido a las tradicionales clases sociales, se han repartido los recursos del Estado, tal y como Marco Antonio, César Octavio y Marco Emilio Lépido se repartieron el Imperio romano; es decir, constituyen un triunvirato anónimo y adaptado a los nuevos tiempos. Y a su sombra prosperan, se multiplican y conspiran los verdaderos enemigos de España; decenas de miles, o quizá millones, de hombres y mujeres que pugnan y cooperan entre sí para hacer del Estado su particular arcadia o negocio. Difícil combatir a semejantes ejércitos confabulados y desmontar este reino de Césares anónimos, donde sólo prosperan aduladores y cazadores de prebendas a quienes la Libertad no interesa. Sin embargo, la Historia no ha terminado.


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