Game Over

España es diferente porque sigue siendo igual

Conforme al guión previsto, España ha dado un giro con la llegada de Mariano Rajoy al gobierno. Desde el primer día, bien sea por urgencia, bien por convicción o bien por ambas cosas, desde el 20 de noviembre de 2011 la actividad está siendo frenética. Se suceden una tras otra las reformas y, con éstas, las buenas intenciones. En comparación con lo sucedido en los últimos años, parece que quienes hoy se sientan en los bancos azules sí tienen una hoja de ruta definida, aunque ésta se quede muy lejos de la radical transformación que España está pidiendo a gritos.

Pese a las aparentes convulsiones que lo hecho hasta ahora están generando, para el observador avezado se distingue de fondo la misma música de los últimos 30 años; unos acordes familiares tocados por la misma orquesta de siempre. Y en algunos españoles empiezan a abundar los malos presentimientos. Habida cuenta de la degradación a la que hemos llegado y los enormes peligros que nos amenazan, todo indica que el cambio que este país necesita debería ir mucho más allá de retocar de manera muy medida el mercado laboral, los circuitos financieros y los usos y costumbres de la clase política.

En lo que se refiera a esta última, la clase política, el Presidente pretende meterla en vereda mediante directivas y leyes que pueden ser en su momento interpretadas de manera facultativa por el propio legislador – ya que es éste quien nombra a los jueces - o, sencillamente, obviadas llegado el momento. Sin ir más lejos, casi simultáneamente a la presentación de la Ley de Transparencia, vivimos los primeros escándalos de presunto nepotismo de esta legislatura a cuenta de los movimientos profesionales de las parejas de María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría. A quienes, por mucho que se quiera justificar o dar un margen de confianza, el más elemental sentido crítico apartidista debería censurar sin titubeos.

Pero volviendo a lo importante, al mismo tiempo que el actual gobierno se deja arrastrar por una actividad frenética dentro y fuera de nuestras fronteras, con el fin de reparar los ingentes daños que nuestra economía e imagen como país han sufrido, también empieza a ser evidente una obstinada determinación por restaurar un modelo político que se ha visto desbordado por sus propias ineficiencias y por una corrupción galopante y que está en fase de franco agotamiento. Y da la impresión que, en última instancia, o tal vez en primera, Mariano Rajoy quiere conjurar el desastre económico, más que para evitar una gigantesca ola de pobreza, para que el país no entre en el torbellino de un cambio político sin precedentes que, en opinión de no pocos ilustrados y pese a todos sus riesgos y contraindicaciones, sería el único modo de modernizar España en un sentido de verdad pleno.

Un plan “inteligente” con un recorrido muy corto

El empeño por mantener con Su Majestad unas relaciones más que fluidas y mostrarse como el más fiel de los vasallos, las declaraciones, en ocasiones destempladas, respecto a lo innecesario de acometer reformas en el modelo de Estado -  para lo cual ahí sí cuenta como era previsible con el apoyo incondicional del otrora poderoso partido socialista -, ese Plan E encubierto que son los 60.000 millones de euros en créditos para que comunidades autónomas y ayuntamientos paguen sus facturas y no se vean abocados al terremoto de un concurso de acreedores masivo, el llevar a España un paso más cerca del abismo al forzar un nuevo horizonte del déficit y, en suma, el empeño en entender que restaurar el actual modelo es la única forma de volver a la normalidad, revelan en Mariano Rajoy un ánimo reformista en lo sustancial muy pobre, que, lejos de solucionar los verdaderos problemas, los habrá de dejar larvados.

Y es que nuestro presidente es un tipo listo y astuto, y sabe que si a no mucho tardar los primeros síntomas de mejoría llegan, aún cuando sean transitorios e inconsistentes, podrá hacer valer su visión y dejar los pilares del actual Estado a salvo de elucubraciones. Volverá la calma y las ovejas al redil. El pan lo cura todo, hasta esa enfermedad tan irritante que trastorna a los hombres y hace que enloquezcan demandando verdadera libertad; política y económica.

No hay duda que se trata de un plan bien trazado, y es posible que desde la perspectiva propia hasta sea un plan honesto, pero nos llevará de seguro a afrontar nuevos peligros al dejar España con los mismos usos y costumbres  y sobre los mismos terrenos mal asentados. 

Pero lo que haga o deje de hacer el gobierno es pura anécdota en comparación con la decadencia general de un país perdido en su propio laberinto. Y pese a que en apariencia exista un descontento generalizado y un ansia creciente por que todo cambie, de fondo persiste ese falso fatalismo de la calle tan nuestro, que hace que algunos tarden muy poco en reconocerse impotentes ante tanta adversidad, otros tantos prefieran mirarse el ombligo y otros muchos sólo alcancen a defender a “los suyos” contra viento y marea, ahorrándose el más elemental espíritu crítico. Dicho con las palabras de Tolstói, en este país todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Por eso aquí gobierna quien gobierna y lo hace a su manera.

Twitter: @BenegasJ


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