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España no es esto, es otra cosa

“Devotos y creyentes como ninguno, invocan a Dios Nuestro Señor desde lo más profundo de su alma, pero cometen atrocidades. Obran a impulsos del más sublime y heroico valor, demuestran el más alto espíritu y capacidad de sacrificio, y al punto se traicionan y combaten entre sí del modo más vergonzoso, conservando a pesar de todo, en medio de sus vilezas, un acentuado sentido del honor y una admirable conciencia de la grandiosidad de su misión”. De esta forma retrataba Stefan Zweig,en La huida hacia la inmortalidad,a los españoles que, de la mano de Vasco Núñez de Balboa, descubrieron el Océano Pacíficoen 1513. Una semblanza poética, épica y tenebrista, una de tantas, que enlaza a la perfección con la tradicional visión esencialista de “lo español. Quinientos años después, agotado el modelo político surgido de la Transición, inmersos en una crisis económica sin precedentes y con la amenaza de la fractura territorial en el horizonte, seguimos entendiendo lo que es España –es decir, lo que somos los españoles– desde este punto de vista esencialista, tal y como durante la Restauración la intelligentsia española, fuera ya del curso científico imperante en Europa, hizo.

Del despropósito de la raza a la comprensión de “lo español”

En el fondo de estas visiones subyace siempre, aún en el caso de aquellas más enaltecedoras, la creencia de que la singularidad de “lo español” tiene que ver con la herencia genética, con nuestra naturaleza, y no con factores políticos, económicos, geográficos y demográficos. Y todavía pesan en el pensamiento de muchos algunas teorías que en su día formuló Ortega y Gasset en su libro España invertebrada (1921), y con las que acreditaba la debilidad de la raza española a cuenta de sus raíces visigodas: “Eran, pues, los visigodos germanos alcoholizados de romanismo, un pueblo decadente que venía dando tumbos por el espacio y por el tiempo cuando llega a España, último rincón de Europa, donde encuentra algún reposo. Por el contrario, el franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia, vertiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad”. Pero esta visión condicionada por la pobreza de los genes no sólo comete el disparate de excluir cualquier aproximación a la realidad mediante el metódico análisis de la política, la economía, la geográfica y la demografía, sino que, aún peor, convierte todos estos factores en meras consecuencias de nuestra naturaleza. Lo cual es un despropósito.

Por el contrario, así prologaba La España Imperial, libro editado por primera vez en Londres en 1963, John Huxtable Elliott (Reading, 1930): “Una tierra seca, estéril y pobre: el 10 por ciento de su suelo no es más que un páramo rocoso; un 35 por ciento, pobre e improductivo; un 5 por ciento, medianamente fértil; sólo el 10 por ciento francamente rico. Una península separada del continente europeo por la barrera montañosa de los Pirineos, aislada y remota. Un país dividido en su interior mismo, partido por una elevada meseta central que se extiende desde los Pirineos hasta la costa meridional. Ningún centro natural, ninguna ruta fácil. Dividida, diversa, un complejo de razas, lenguas y civilizaciones distintas: eso era, y es, España”. Y a continuación, el ilustre hispanista se preguntaba cómo aquella España, que hasta el siglo XV había sido una mera denominación geográfica, se convirtió súbitamente en realidad histórica. Un acontecimiento del que Maquiavelo dio fe con estas palabras: “Tenemos en la actualidad a Fernando, rey de Aragón, el actual rey de España, que merece ser considerado muy justamente como un nuevo príncipe, pues de un pequeño y débil rey ha pasado a ser el mayor monarca de la cristiandad”. Resulta ocioso afirmar que la raza no puede explicar nuestro dramático pasado, y menos aún nuestro convulso presente. Jamás ha existido una raza española, sino una diversidad que cristalizó en esta nación que llamamos España.

De la España cerrada y envilecida a la abierta y virtuosa

La argamasa que unió aquello que era diferente, y en ocasiones antagónico, en un todo fueron las circunstancias compartidas por unas gentes que, con una carencia abrumadora de recursos naturales, aisladas del resto de Europa por el Norte y cercadas por poderosos enemigos que fluían sin cesar desde el Sur, se endurecieron y desarrollaron, como acertadamente me apostilló mi buen amigo Juan Manuel Blanco, un espíritu de frontera. El cual les compelió a unirse en busca de la seguridad y la prosperidad de las que carecían. Por eso, contrariamente a lo que muchos piensan, o mejor dicho, creen, el español es por definición emprendedor y aventurero, y en ocasiones temerario. Y lo es por necesidad, no por genética. Pero este perfil casa muy mal con una sociedad española desnaturalizada por un modelo político perverso e invasivo. Y el sometimiento de nuestro carácter a un Estado todopoderoso, corrupto y miope ha transformado aquel cooperativo espíritu de frontera en oportunismo; la creatividad y el genio en indisciplina; y el sentido de la justicia en un rechazo sistemático a la autoridad. De tal suerte que en el fuero interno de cada español, aun en el más dócil y conformista, bulle el resentimiento, la desconfianza y una frustración que, a menudo, se desborda en forma de cerril egoísmo. 

El principal obstáculo para los españoles se reconcilien con la idea de España como nación ha sido y es la imposición de un modelo político y de Estado que, desde los Habsburgo de la Casa de Austria hasta el actual régimen, cuyo Jefe del Estado es Juan Carlos I de Borbón, ha vituperado ese particular carácter forjado en la fragua de las circunstancias. Para brillar con la misma intensidad que las naciones más avanzadas, España, además de reformas económicas, precisa un modelo político distinto, que preserve e incentive nuestras virtudes en vez de mutarlas en gravísimos defectos. Hace falta transformar este Estado en uno muchísimo menos intrusivo, que garantice la igualdad ante la Ley, la igualdad de oportunidades y la libertad para emprender que tanto necesitamos. Cometidos básicos que hoy por hoy el Estado español no cumple. Para darse cuenta de esta necesidad, no hay más que observar cómo nuestros compatriotas, una vez emigran y se integran en sociedades mucho más abiertas, destacan y prosperan como el que más. Mientras que, por el contrario, los extranjeros provenientes de esas mismas sociedades, cuando se instalan en España, no sólo adquieren nuestros mismos defectos sino que los aumentan.

En definitiva, esa visión de España, casi mitológica, intangible y falsamente espiritual, ha sido y sigue siendo el más grave de nuestros problemas. Porque además de ser irreal, en ella se mueven como pez en el agua el sectarismo, la corrupción, los prejuicios, las supersticiones, las ideologías totalitarias, los soberanismos disgregadores y enanos y el fatalismo. Lo cual imposibilita toda aventura regeneradora. Urge pues hacer causa común y reformar este Estado, porque, además de que así no es posible seguir, España es otra cosa.


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