Game Over

España y la comuna emocional

Hace ya algunos años tuve una curiosa experiencia. Visitaba a un amigo, que recientemente había establecido su residencia provisional en un bloque de cuatro pisos de altura, de aquellos que durante la época del boom hipotecario florecieron por doquier.

Recuerdo que el edificio de marras era la típica construcción residencial con amplias zonas comunes y ciertas pretensiones, pero fría e impersonal, cuyos pisos y apartamentos eran de dimensiones reducidas, por más que sobre el papel muchos dispusieran de dos y tres dormitorios. En cuanto a los residentes, casi todos ellos eran jóvenes de edades comprendidas entre los 20 y los 30, y en su mayoría vivían en régimen de alquiler. Abundaban las parejas. Y también los grupos de tres o cuatro individuos, que, con el fin de reducir gastos, compartían vivienda.

No se escuchaba a lo largo y ancho del edificio, ni provenientes de las zonas comunes ni de los interminables accesos, los chillidos, las risas, los llantos o las carreras atropelladas de los críos

Más allá de estas singularidades, lo realmente sorprendente de aquel lugar es que, según me aseguró mi amigo, viviendo allí tanta gente en edad de traer hijos al mundo, no había en todo el bloque un solo niño. De hecho, no se escuchaba a lo largo y ancho del edificio, ni provenientes de las zonas comunes ni de los interminables accesos, los chillidos, las risas, los llantos o las carreras atropelladas de los críos. La única nota alegre y discordante era un pequeño perro, que iba y venía a su antojo, agitando despreocupadamente el rabito, y al que los residentes trataban con un cariño extraordinario; cariño que, es un suponer, habrían regalado a sus vástagos si los hubieran tenido.

Lo cierto es que resultaba conmovedor, y a la vez inquietante, observar cómo aquellos hombres y mujeres, que bordeaban la treintena y, en algunos casos, la superaban con holgura, hablaban, acariciaban y hacían todo tipo de carantoñas al perro. Y lo hacían con tanta humanidad, como si se dirigieran a un igual, que era evidente que aquel chucho, si bien disfrutaba de sus atenciones, no podía corresponderlas en la misma medida. Al fin y al cabo era un perro, no un niño.

Una España en miniatura

Era aquel bloque de apartamentos una especie de España en miniatura. Un lugar donde cada cual trataba de encontrar alguna satisfacción en las cosas más variopintas. De puertas afuera, todo era buen talante y sonrisas, al fin y al cabo abundaba la gente joven. Sin embargo, de puertas a dentro, la incertidumbre y la ansiedad eran el pan nuestro de cada día.

Por más que se emparejaran, no tenían descendencia. Muchos sencillamente no podían permitírselo. Otros, entendían la paternidad como una carga incompatible con su peculiar forma de vida. Sea como fuere, lo que antaño se entendía como “proyecto vital” había sido sustituido por un estilo de vida alternativo, en el que el turismo extremo -cuando el dinero lo permitía-, las prolíficas relaciones sociales y las mascotas habían de llenar toda una vida. Así pues, no era de extrañar que la esperanza trotara por aquella comunidad encarnada en un perrito.

Vivir al borde del precipicio

Aquello fue en 2008, el mismo año en el que la crisis golpeó España con la violencia de una galerna de mediodía, haciendo aflorar súbitamente la realidad de una sociedad alienada, desde la que era, y sigue siendo, muy difícil mirar al futuro con optimismo. Y es que, debajo de la presunta y tradicional algarabía española, de nuestro desenfado y propensión a la risa y a la chifla, sigue estando muy presente ese fatalismo patológico, ese tremendismo, que parece no tener cura. De hecho, nuestro problema no es ya la falta de confianza en unas instituciones ocupadas por políticos trincones, porque si de verdad nos lo propusiéramos podríamos echar abajo el actual statu quo y transitar a una democracia clásica con todos sus atributos. No. Lo peor, con mucho, es la nula confianza que muchos españoles tienen en sí mismos. Lo cual, con tal de salir del atolladero, les lleva a dar por bueno lo pésimo.

Debajo de estas élites incompetentes y chuscas, degradadas hasta lo inaudito, en las que incluso la corrupción organizada deviene en chapuza, está la sociedad de la urgencia, de los colectivos y las facciones en absoluto inocentes

Y es que, debajo de estas élites incompetentes y chuscas, degradadas hasta lo inaudito, en las que incluso la corrupción organizada deviene en chapuza, está la sociedad de la urgencia, de los colectivos y las facciones en absoluto inocentes, de los intereses inconfesables y de grupo, de la irresponsabilidad con mayúsculas y las emociones desordenadas. La España acostumbrada a vivir al borde del precipicio, con lo justo, siempre presta a transitar del resentimiento a la revancha, pero incapaz de imaginar y compartir un proyecto común en el que la Libertad no se resienta.

En definitiva, como en aquel bloque de apartamentos, es la nuestra una sociedad que vive igualada en la desesperanza, pero dividida y aislada en cubículos, enamorada de sus emociones, que exhibe impúdicamente como si fueran virtudes, e incapaz de racionalizar lo que le pasa y ponerle remedio.


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