Game Over

España más allá de Podemos

No fue el pasado sábado el gran día que en Podemos esperaban. La “marcha por el cambio” quedó lejos de las pretensiones de sus organizadores, aunque aparentemente ellos sigan en su nube. Querían un millón de personas en la calle y a penas alcanzaron las 100.000. Y Madrid asistió con curiosidad, pero sin el entusiasmo esperado, a un efímero espectáculo que, como tantas otras muestras de fuerza, quedó en unos fuegos de artificio, alimentados con la pólvora de las frases grandilocuentes y las emociones espurias.

Puede que las encuestas den a este nuevo agente que es Podemos, custodio como todos los demás del Estado de bienestar a nuestra costa, posibilidades electorales más allá de lo imaginable hace tan sólo un par de años. Sin embargo, diríase que han cambiado el paso a destiempo y ahora el sprint se les está haciendo demasiado largo para unas piernas tan cortas.

Al margen de la diligencia con la que los edecanes del establishment se afanan en hostigar día y noche a las columnas podemitas, hay en Pablo Iglesias y los suyos demasiadas sombras y, sobre todo, contradicciones

Cierto es que toda la maquinaria de la actual “coalición gobernante” apunta desde después del verano, consigna monclovita mediante, su artillería mediática sobre las columnas podemitas, cuyos sobrevalorados líderes creían hasta ayer que podrían erigirse, por obra y gracia de su labia y de los dólares de los ayatolás y los Hugo Chávez de este mundo, en caudillos de una España cabreada y en las últimas. Pero al margen de la diligencia con la que los edecanes del establishment se afanan en hostigar día y noche a las columnas podemitas, hay en Pablo Iglesias y los suyos demasiadas sombras y, sobre todo, contradicciones. Lo cual incrementa sustancialmente el poder destructor de los obuses que se lanzan contra ellos.

Y es que desde el mismo momento en el que estos revolucionarios de salón se constituyeron en partido político, dejaron al descubierto sus vergüenzas. Para empezar, además de liquidar en un suspiro a toda la disidencia, sustituyeron tan burdamente sus convicciones marxistas por un impostado centrismo que detrás de la pirueta parecía estar el mismísimo Arriola. Y por más que el corazón de los españoles esté inflamado ante el latrocinio e hipocresía de unos partidos tradicionales corrompidos hasta la médula y catalizadores de catástrofes, hará falta mucho más que pieles de cordero y empalagosas consignas para convencer al respetable de que, en efecto, un círculo morado y ególatra es lo que España necesita para levantar cabeza.

Puede que la gran mayoría de quienes se definen de izquierdas, aunque ignoren lo que significa tal cosa, se pase en bloque al bando de los neocom de Podemos, dejando por el camino los cadáveres de Izquierda Unida y del Partido Socialista, lo cual está por ver. Pero va a ser muy difícil que seduzcan a ese centro que es la madre del cordero a pie de urna. Lo cierto es que la mentalidad de muchos españoles ha cambiado más de lo que cualquier político profesional o burócrata imagina (lo que se aplica también a los politólogos de Podemos), tanto que ni el más avezado sociólogo es capaz de averiguar las nuevas coordenadas donde se ubican quienes antaño constituían las hoy defenestradas clases medias.

Imposible saber si, finalmente, esos cinco millones de votantes que andan desaparecidos se echarán al monte para que el colectivismo pase por la quilla –se supone– a las odiadas élites extractivas

Imposible saber si, finalmente, esos cinco millones de votantes que andan desaparecidos se echarán al monte para que el colectivismo pase por la quilla –se supone– a las odiadas élites extractivas. Cuando llegue la hora de la verdad, quizá piensen que la venganza prometida, además de ser un subterfugio, no les sacará de la pobreza. Por otro lado, tampoco parece que Podemos, más allá de ganarse el favor de quienes viven, o aspiran a vivir, de “lo público”, tenga mucho que ofrecer a esos otros que sobreviven al margen (o a pesar) de este Estado providencia. Claro que estos últimos menguan cada día, víctimas de una voracidad expoliadora que con el PP ha roto la barrera del sonido.

Pero no hay que equivocarse respecto al “fenómeno Podemos”. Al fin y al cabo ha puesto en evidencia la decrepitud de los viejos partidos y, también, el alto coste de la inoperancia reformista. Por ahora, es en la izquierda donde esta realidad está generando cadáveres a una velocidad de vértigo. Pero, a pesar del férreo catenaccio del PP para que nada florezca en su parcela, podría ser solo cuestión de tiempo que se vea en la misma tesitura. De hecho, el aparente giro al centro-izquierda de muchos votantes lo que pone de manifiesto no es tanto un cambio de afinidades ideológicas como la falta de respuesta a la demanda de cambios profundos. Asunto este último que ha sido declarado oficialmente tabú por la cofradía de los constitucionalistas; es decir, por los que trincan.

Así las cosas, no parece suficiente el discurso de la mejoría económica. Y mucho menos aún el de la prudencia. Muy al contrario, cada vez que Mariano Rajoy, para eludir lo inevitable, se aferra a ese ente imaginario que define como los “ciudadanos normales” (ensoñación personalísima de una España no ya normal sino lela),  más se acerca al desastre. Se equivoca y mucho Rajoy si cree que aliviar la penurias materiales devolverá a los españoles al momento anterior al cataclismo. La gente ha visto la tramoya muy de cerca. Y ha descubierto indignada que el caos era el viejo modelo político; que no había en él un populismo blando, tal y como se presuponía, sino otro tanto o más duro que el que despunta en el horizonte, pero, claro, travestido de normalidad democrática. Y semejante revelación no se olvida en 12 meses, ni mucho menos se perdona.

Unos y otros se han empeñado en devolver el debate a donde solía, a esa arrabalera confrontación entre izquierda y derecha que, casualidades de la vida, obliga siempre a elegir entre burócratas

Entretanto los españoles asimilan que ningún partido político les hará más dignos, ni más libres, sino solo la irreductible exigencia de reformas, unos y otros se han empeñado en devolver el debate a donde solía, a esa arrabalera confrontación entre izquierda y derechaque, casualidades de la vida, obliga siempre a elegir entre burócratas, engordados todos al calor de un Estado que sirve a sus propios fines. Y al que ninguno, sea neocom o lo contrario, parece estar dispuesto a poner freno, sino expandir todo lo posible. Y ahí precisamente, en ese agua estancada, es donde pescan las élites mercantilistas y los grupos de interés; los corruptos y los oportunistas. Porque, por más que se empeñen, esta crisis no es fruto de una conspiración capitalista para acaparar la riqueza sino el resultado de la ineficiencia de unos Estados que, con la coletilla de “social”, se han convertido en máquinas de generar pobreza. Queda por ver, pues, si triunfa la estrategia del miedo o, por el contrario, la del colectivismo que todo lo puede. Entre medias, la España que cambia a marchas forzadas habrá de esperar su momento. Por lo pronto, ahí sigue: silenciosa. 


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