Game Over

España como Venezuela

Radical. 3. adj. Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático. Así define la Real Academia Española en una de sus primeras acepciones ese término que, equivocadamente y de manera intencionada, se aplica de forma peyorativa a quienes oponen una feroz resistencia a regímenes que, como el nuestro, se travisten de democracia por la vía de una –por decirlo suavemente– imperfecta legitimidad de origen e ignorando la legitimidad de ejercicio. Modelos políticos todos que, como el Régimen español de 1978, devienen en la práctica en sistemas cerrados, dominados por una élite política, empresarial y financiera (coalición gobernante*), que actúa en connivencia para establecer barreras de entrada a la política y la economía y repartirse las correspondientes rentas no competitivas dentro de un marco informal extremadamente corrupto.

Diferentes en las formas, pero semejantes en el fondo

Cierto es que aquí, en esta España que una vez dejó de ser llamada nación, se apresuró a dejar de ser país para convertirse en un lucrativo Estado Corporativo con diecisiete franquicias, los “radicales” aún no han tomado la calle, como sucede en Venezuela, ni tampoco plaza principal alguna, como ha sido el caso de Ucrania. Lo más parecido (salvando la anécdota de Gamonal), el movimiento 15-M, fue rápidamente neutralizado por unos y otros mediante la infiltración ideológica, la manipulación informativa y, cómo no, esa mano de santo que siempre es el sectarismo.

También es verdad que en España, al contrario que en Venezuela, el partido en el poder no ha repartido pistolas a discreción a grupos militarizados, para que siembren el terror disparando a las cabezas de quienes se oponen al régimen, ni se ha visto en la necesidad, como es el caso de Ucrania, de reemplazar las balas de goma de los antidisturbios por la munición de guerra de los francotiradores. Y, por último, aquí no se clausuran medios de información por decreto ni se expulsa a periodistas, aunque la otorgación de licencias sea a todas luces una herramienta de coerción política y, en la práctica, se ponga precio a las cabezas de quienes pretenden ir por libre.

En definitiva, es evidente que aún no proyectamos hacia el exterior una imagen inequívoca de régimen antidemocrático, de esos que vulneran los derechos humanos de manera fehaciente y sistemática, ni hemos alcanzado ese punto crítico en el que el común percibe que ya poco tiene que perder, si acaso un futuro empobrecido y desprovisto de incentivos, y, quizá, algo que ganar siempre que esté dispuesto a derrochar sangre, lágrimas y sudor. Sin embargo, los paralelismos entre este decadente país y esos otros convulsos no son pocos, en especial en aquellos rasgos fundamentales que evidencian la falta alarmante de Libertad y Justicia; es decir, de Democracia.

En efecto, nuestra coalición gobernante, al contrario que Nicolás Maduro y su tropa, no necesita clausurar medios por decreto y mandar al exilio a los tres o cuatro periodistas que aún se resisten a ser apacentados, le basta con decidir, en ese petit comité compuesto alalimón por banqueros, mercantilistas y políticos, la quiebra o refinanciación de los medios informativos y, luego, legislar a medida.

Respecto a cómo amedrentar a la sociedad española, es suficiente por ahora con repetir una y mil veces que si seguimos vivos es gracias a contar con un gobierno con mayoría absoluta y, al mismo tiempo, hacer bien visibles a los grupos extremistas, tan dañinos como útiles a la hora de asustar a las personas de bien y cortocircuitar cualquier intento de movilización transversal de la sociedad española; a fin de cuentas, pocos son los que darían un paso al frente para ir de la mano de quienes convierten la lucha por la democracia en un pretexto para cambiar esta dictadura blanda por otra muchísimo más dura.

Por último, de cara al exterior, tampoco necesitan nuestras élites ser, o siquiera parecer, demasiado aseadas, puesto que, tan pendientes como están ahí afuera de que cumplamos con la deuda y asegurarse su parte del pastel, el entorno internacional las respaldará por más que aquí todo huela a podrido. Al fin y al cabo, si cada vez son más españoles a los que poco les importa lo que sea de España, imagínense a alemanes, norteamericanos, rusos y chinos.

En resumen, sea de forma obscena o de manera sibilina, al final muchos de los objetivos propuestos y los resultados obtenidos son prácticamente los mismos aquí que en la Venezuela de Nicolás Maduro o la Ucrania de Víktor Yanukóvich: llevárselo crudo; embridar a la prensa e instaurar el control informativo; acobardar a las personas honestas y neutralizar a los “radicales” demócratas, esos indeseables defensores de las reformas políticas; Y, por último y no menos importante, mantener al margen de las corruptelas domésticas a las potencias extranjeras. No olviden que, en última instancia, a este Régimen lo sostienen desde fuera… y al de Nicolás Maduro, lo mismo. Aunque agentes bien distintos.

El drama venezolano y el silencio de España

No es de extrañar, pues, la bochornosa cobertura que están dando los grandes grupos informativos de todo cuanto sucede en estos días en Venezuela. En especial, ese ente público, pagado con dinero de todos, que es Radio Televisión Española. Y también que, en el caso de Ucrania, se haya abusado del término “radicales”, en su sentido peyorativo, para referirse a quienes se han dejado matar para tumbar a un régimen corrupto y mezquino.

Sin embargo, no son sólo los intereses económicos de nuestras oligarquías allende nuestras fronteras, que son muchos, los que ponen sordina a la desesperación del pueblo venezolano o acotan con mucho cuidado lo que acontece en Ucrania. Es también el miedo cerval de nuestra coalición gobernante a que aquí pueda prender alguna chispa, no sea que los españoles comprendan, por fin, que no serán las imposturas ideológicas ni las políticas económicas las que nos librarán de la crisis, sino instaurar los principios democráticos más elementales. Al fin y al cabo, el Derecho y Deber de resistencia, expresado brillantemente por Sófocles en Antígona y asumido posteriormente como propio por el cristianismo (en España, la Escuela de Salamanca aportó una sólida base conceptual a este respecto), es una cuestión nuclear para los padres de la democracia moderna. Pues, mediante éste principio, el individuo asegura la prevalencia de la democracia por encima del poder del Estado, cuestión fundamental que está unida inter alia a la obligación de hacer frente a la “autoridad” cuando nuestros derechos están amenazados o son vulnerados. Existe, pues, gran preocupación porque nos volvamos “radicales” según la definición de la Real Academia Española; esto es, partidarios de las reformas extremas, muyespecialmente en sentido democrático, tal y como sucede hoy en Venezuela. 


(*) “Coalición gobernante”. Hay que entender esta definición en un sentido que trasciende gobiernos o agrupaciones políticas concretas. Así, en el modelo surgido de la Transición esta “coalición gobernante” ha estado compuesta en “lo formal” por la Corona, los dos grandes partidos, los partidos nacionalistas y los impostados “agentes sociales” (sindicatos y patronal); y en “lo informal”, por una reducida élite que controla las finanzas y los grandes negocios.


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