Game Over

España S.L. y la economía como club privado

En fecha reciente asistía perplejo un fascinante debate entre expertos económicos que hablaban del enorme reto que supone para España la globalización. Y entre tan insignes eruditos, era opinión mayoritaria que este suceso había hecho aflorar de forma virulenta las ineficiencias de nuestra economía. Pero no satisfecho con tan gran hallazgo, uno de los intervinientes, a la sazón académico, se dispuso a encender la que él creía una proverbial luz dentro del túnel en el que aún nos encontramos. Y con fingida modestia apuntó como solución que el tejido empresarial español debía adoptar un esquema de outsourcing, según el cual las grandes compañías debían ser las encargadas de abrir nuevos mercados y negocios, mientras que las pequeñas y medianas servirían de soporte a las primeras, proveyendo los servicios y productos.

Es en momentos tan sonrojantes cuando uno se da perfecta cuenta de cuán alejados están algunos de nuestros académicos y expertos de la realidad cotidiana del país en el que viven. Pues miran la economía dentro de un tubo de ensayo sin percatarse de las anomalías y mezquindades que proliferan sobre el terreno.

De una forma u otra, por devoción o por fuerza, hace ya años que la parte principal de nuestra economía funciona sometida a esa estructura que proponía el profesor. De hecho, vivimos en el país del outsourcing, un modelo en el que el peso e influencia de unos pocos empresarios y políticos ha sometido a decenas de miles de empresas a la ley del embudo, a facturar lo mínimo imprescindible y a padecer una incapacidad crónica para crecer, modernizare y crear empleo de calidad. Nuestro país es, en este sentido, una figura deforme, en la que un cuerpo desgarbado y famélico soporta el peso de una enorme cabeza. Un esquema en el que participan las administraciones públicas, regulando el mercado a la medida de los intereses de determinadas minorías, de tal suerte que el grado de dependencia de nuestra economía hacia ese reducido directorio es tal que aquello que en el exterior llaman Mercado aquí se ha convertido en pura entelequia.

Del SEAT 600 al adosado, al mileurismo y al paro

Hace ya tiempo que, con la mirada puesta en nuestra inminente incorporación a la Unión Europea, España acometió una serie de privatizaciones y fusiones en los sectores llamados estratégicos y, de paso, también en otros que no lo eran tanto, proceso este que se ha venido repitiendo a lo largo de los años. El fin era dar lugar a empresas con un tamaño mayor y, por lo tanto, más competitivas. Pero la falta de transparencia inherente a nuestra pobre democracia habilitó amplias zonas de sombra donde los políticos, las influencias y el dinero pudieron moverse libremente, derivando aquello en un proceso de concentración sin precedentes, al que, según parece, en una nueva vuelta de tuerca, se añadirá en breve el sector financiero (y que Dios no asista).  

Así, tacita a tacita, lo que tenemos en España es una economía de monopsonio, en la que poco más de 40 grandes empresas con una posición dominante son en la práctica compradores – y también vendedores – únicos. Y el Mercado es en buena medida ellos o, en su defecto, a su imagen y semejanza, lo cual ha reducido la competitividad de decenas de miles de PYMES, el grueso de nuestra economía productiva, a la mínima expresión. Pues es a éstas grandes compañías a las que el resto han de comprar por fuerza productos y servicios fundamentales, como la energía, las comunicaciones y la financiación, y, al mismo tiempo, vender sus productos y servicios ateniéndose a las condiciones impuestas por unos pocos compradores.

Y como en España todo aquello que huele a dinero fácil corre como la pólvora, al poco a este monopsonio se sumaron las administraciones públicas, convirtiéndose en poderosos compradores únicos que, con diferentes argucias, han vulnerado de continuo el principio de libre concurrencia y dan un trato preferente a determinados empresarios. El resultado, una corrupción disparada y un riesgo cierto de quiebra de comunidades autónomas y ayuntamientos. Y no hace falta ser muy listo para deducir que esta peculiar estructura económica, al socaire de unos pocos grupos de interés y de sus grupos mascota, está directamente relacionada con la grave crisis presente.

Pero el peor efecto adverso de este monopsonio encubierto es el de haber empujado a nuestra economía ha funcionar ajena a las leyes del mercado, leyes que sí rigen en otros países que corren mejor suerte que el nuestro. Por eso somos especialmente vulnerables a las crisis económicas, pues cuando ese núcleo duro de grandes empresas falla y el Estado y las AAPP no pueden endeudarse en cantidad suficiente, fallan sincrónicamente decenas de miles de medianas empresas y, al poco, desaparecen centenares de miles de microempresas y autónomos, por lo que el país entero entra en parálisis y el número de desempleados alcanza cifras estratosféricas.

Arreglar España no es salvar el club privado

Cierto es que los miembros de este Gobierno trabajan como mulos, y está muy bien reformar el mercado laboral, sanear el sistema financiero y partirse la cara con Bruselas a cuenta del déficit, por supuesto… pero siempre y cuando no sea con el fin no declarado de salvar a toda costa al cuerpo duro de este letal monopsonio. Pues todo lo que se haga de poco servirá si no va acompañado de un cambio sustancial de las reglas del juego. Es decir, liberalizar el mercado de bienes, simplificar normativas y competencias – muchas veces argucias en beneficio de las grandes empresas -  y unificar el mercado interior para que sea realmente accesible a todos. Sólo rompiendo este sistema cerrado podrán florecer nuevas empresas que crezcan, creen empleo de calidad y, finalmente, se proyecten al exterior, lo que sería la mejor garantía de cara al futuro para mantener una red de asistencia pública indispensable.

Por último, reformar el modelo político sigue siendo clave para la resolución de la crisis. Porque todos los problemas descritos de esta España Sociedad Limitada tienen un denominador común: su relación con una democracia muy deficiente que permite convertir la economía en el club privado de unos pocos.

Twitter: @BenegasJ


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