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España, el AVE y el nuevo lysenkismo

Trofim Denísovich Lysenko (1898-1976) fue un ingeniero agrónomo de origen ucraniano que ideó un conjunto de estrafalarias teorías agrícolas durante la década de 1930, las cuales, agrupadas bajo la denominación de lysenkismo, fueron promovidas por el régimen soviético y elevadas a la categoría de doctrina oficial, permaneciendo plenamente vigentes para desgracia de los rusos hasta bien entrada la década de 1960.

Lysenko renegaba de la teoría cromosómica, a la que calificaba de “desviación fascista de la genética” y rechazaba incluso la existencia de los genes

Lysenko renegaba de la teoría cromosómica, a la que calificaba de “desviación fascista de la genética” y rechazaba incluso la existencia de los genes. Por el contrario, defendía lo que él denominaba la “vernalización”, que no era otra cosa que la transformación espontánea del trigo en centeno, de los pinos en abetos, de los naranjos en limoneros, y así, en general, que cualquier especie vegetal podía mutar en otra. También, y como remate a su delirio, afirmaba sin rubor que los abonos eran inútiles, y que bastaba con remover la tierra para que ésta se regenerara por sí misma. En resumen, el lysenkismo era un compendio de teorías absurdas y carentes de cualquier rigor científico.

El triunfo de la mentira

Sin embargo, para el régimen comunista las ideas de Lisenko resultaron extraordinariamente valiosas, no por su nulo valor científico, desde luego, sino por aquello que de verdad interesaba a la nomenklatura: su utilidad política. Y es que el lysenkismo, convenientemente aderezado de burda propaganda, sirvió para contrarrestar la abrumadora superioridad de la ciencia occidental. Batalla, que una vez perdida en el mundo de lo real por el régimen soviético, se quiso ganar en la imaginación del pueblo ruso.

Así, el 31 de julio de 1948, el mismo Stalin introdujo el discurso presidencial de Lysenko ante la Academia de Ciencias Agrícolas. Un gesto que anticipó la cacería de brujas que vendría a continuación. A partir de esa fecha los biólogos que no abrazaron el lysenkismo fueron detenidos, encarcelados, deportados e, incluso, fusilados. Y se eliminó de los libros de texto y de las universidades, con la meticulosidad típica de los regímenes totalitarios, la más nimia referencia a la “ciencia burguesa”.

Como acertadamente afirmó Revel, el lysenkismo fue un éxito del poder más que del charlatanismo embaucador, de la fuerza más que de una genial impostura. Pero por encima de todo fue el triunfo de la mentira. Durante más de tres décadas, los gobernantes soviéticos mantuvieron a los ciudadanos rusos en la absoluta ignorancia y ajenos a la realidad, empujándoles al hambre y a la desesperación sin que pudieran comprender lo que estaba sucediendo.

El nuevo lysenkismo

Hoy, desde la perspectiva del Siglo XXI, elevar a doctrina oficial que las especies vegetales mutan unas en otras de manera espontánea, de tal suerte que lo que al anochecer es un manzano amanezca siendo un naranjo, o que los guisantes “aprendan” por sí mismos a sobrevivir en el clima siberiano, movería a risa. Sin embargo, por más que hayamos evolucionado y nos creamos por encima de personajes como Lysenko, en nuestra sociedad y, sobre todo, en nuestro Estado está muy presente el lysenkismo.

En la España actual, la mayoría da por sentado que la extracción de rentas en cantidades colosales es el único camino para el progreso social

Si bien, en la España actual, cualquier persona entiende ridículo que un abeto se convierta en un pino por ciencia infusa, la mayoría da por sentado que la extracción de rentas en cantidades colosales es el único camino para el progreso social. Que el dinero mutará en felicidad si va a parar a manos del Estado. Que, como afirmó Robert Wagner, "los impuestos son el precio de la civilización”. Y que en esa civilización tan peculiar son los políticos y burócratas, los funcionarios y técnicos los que deben administrar las rentas que generan los demás con el sudor de su frente. En definitiva, que las aspiraciones y derechos individuales deben ceder el paso a la planificación y el bienestar colectivo que el Estado ha de proporcionar por Ley, aunque luego solo una parte de nosotros, y no precisamente los más necesitados, pueda disfrutar de tales beneficios.  

Así, pese a que vivimos en un Estado enfermo de corrupción, cuyo modelo económico se mantiene a flote aferrado al turismo y el ladrillo –sectores ambos peligrosamente cíclicos–, de estar obligados a confiar sí o sí nuestras pensiones a un sistema piramidal, de tener que soportar un desempleo crónico de más del 22%, de contar entre nosotros con un 20% de pobres de solemnidad y otro 23% en el límite de la pobreza, a nuestros políticos y burócratas les pareció buena idea extraernos decenas de miles de millones de euros para construir una de las redes ferroviarias de alta velocidad más caras e imponentes del mundo. Y a punto de redondear la tropelía en 2015 con un gasto adicional de 3.400 millones de euros, defienden las bondades de su decisión con la mirada estrecha de las tablas de datos, el desglose de costes y beneficios, las inversiones y los retornos, bien sean estos exclusivamente materiales o también sociales, y mil y un argumentos que, al parecer, quienes vivimos ajenos a la mecánica celeste del Estado facilitador hemos pasado por alto. Y es que, desde la perspectiva de nuestros lysenkistas, llevar a un español a la luna tendría un retorno económico o, a lo peor, algún beneficio social, aunque éste consistiera en distraer al populacho de sus angustias, retransmitiendo por televisión a Juan Español vestido de astronauta y trotando alegremente alrededor de Aristarco dispuesto a plantar nuestra bandera.

Racionalización a la medida

Una vez hemos dado por cierto que cualquier “inversión” estatal es susceptible de generar beneficios, materiales o de los otros, valorarlos “convenientemente” nos obliga a todos a usar las mismas gafas. Así, dentro de ese estrecho cuadrilátero, donde solo hay lugar para las guerras de datos, si los resultados no son concluyentes siempre habrá algún parámetro nuevo que decantará la balanza a favor del gasto público, aunque éste sea tan ambiguo y difícilmente cuantificable como es el “beneficio social”. El caso es que el debate quede circunscrito dentro de un, en apariencia, entorno racional, donde al final las cifras no son más que soldados al servicio de una idea, y la negación de la mayor se convierta en tabú.

La España lysenkista vive de un impostado racionalismo, que Max Weber definió como la Jaula de hierro. La prisión de una racionalización inexorable que nos obliga a avanzar en una sola dirección

De esta forma, la España lysenkista vive de un impostado racionalismo, que Max Weber definió como la Jaula de hierro. La prisión de una racionalización inexorable que nos obliga a avanzar en una sola dirección: hacia la burocratización del orden social y a su “noche polar de helada oscuridad". Sin embargo, todo sea dicho, el mismo Weber deja lugar a la esperanza cuando habla de los valores indemostrables pero irrenunciables y del sentido de la vida que la impostada racionalización intenta aniquilar.

Y es que, si hablamos de racionalidad con mayúsculas, cabría preguntarse si tiene alguna lógica que el Estado extraiga de una sociedad tan precaria como la nuestra más de 60.000 millones de euros para la construcción de una red de alta velocidad que países mucho más ricos no pueden permitirse. ¿Cuántos, de los millones que hoy viven en la incertidumbre con nóminas ridículas o, peor, a penas sin ingresos, pueden dedicar un buen puñado de euros a la compra de un billete de tren para hacer turismo de ida y vuelta a Sevilla, Zaragoza, Barcelona o Madrid? Y lo que es más importante, pero nadie cuantifica, ¿hasta dónde llegan los efectos adversos que transferencias de rentas de este calibre generan en la sociedad?, ¿o qué sucede cuando el Estado se erige al mismo tiempo en juez y competidor, usando para ello el dinero confiscado a sus rivales? Lejos de caer en la demagogia, Luis Garicano pecó de prudente cuando calificó el AVE como “un Ferrari para ricos”. Es mucho peor: una carroza de oro y diamantes para esa clase media que cree descender de la pata del caballo del Cid. En cualquier caso, resulta comprensible que algunos reaccionaran con vehemencia cuando se criticó su idoneidad, porque en el fondo lo que estaban revelando era la chaladura de un Estado empeñado en erigir un mundo fantástico sobre las ruinas de la razón. O sea, lysenkismo en estado puro.


Fotografía: Trofim Lysenko en 1938 (autor anónimo)


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