Game Over

Érase una vez un país en el que casi nadie creaba riqueza

“La generación más joven de hoy ha crecido en un mundo donde, en la escuela y en la prensa, se ha representado el espíritu de la empresa comercial como deshonroso y la consecución de un beneficio como inmoral, y donde dar ocupación a cien personas se considera una explotación, pero se tiene por honorable el mandar a otras tantas”. Esta cita, cuyo autor y procedencia hurtaré al lector para evitar los prejuicios, bien podría haber sido escrita en el presente. Sin embargo vio la luz en un libro editado por primera vez hace ya casi siete décadas. Y, al margen de que se esté de acuerdo o no con la tesis que el autor mantiene en el conjunto de su obra, esas breves líneas denuncian acertadamente una mentalidad que, con el tiempo, ha propiciado que la economía se convirtiera en un territorio reservado a unos grupos cada vez más reducidos y endogámicos. Lo cual nos ha llevado inevitablemente a ser menos libres y más pobres.

Las reformas estelares que no nos dejan ver el bosque

En estos días, en los que los acontecimientos se suceden de forma vertiginosa, no sólo el Gobierno sino la clase política en pleno, aunque muchos disimulen, dedican todos sus esfuerzos a realizar la definitiva reestructuración bancaria, pues cualquier salida a esta crisis, dicen, pasa inevitablemente porque el crédito vuelva a fluir. Y la pregunta clave es: ¿fuir, hacia dónde? Pues, hasta ayer mismo, los tres banqueros más ilustres de este país no se cansaban de repetir que el motivo de la parálisis económica no era la sequía crediticia sino la ausencia de una demanda solvente. Afirmación ésta que, aunque fuera interesada, se ve ratificada por unos índices de morosidad crecientes. Y, a colación de este hecho, cabe preguntarse si la nacionalización de Bankia, colosal paradigma de todas las perversiones de nuestro modelo político-económico, tiene como objetivo salvar los ahorros de millones de impositores o más bien, por un lado, trata de rescatar los créditos concedidos discrecionalmente a determinadas empresas, corporaciones e instituciones públicas y privadas –incluidos los partidos políticos–, hoy en serias dificultades, y por otro, evitar que lo que antaño fuera Caja Madrid, y hoy es la caja de Pandora, estallase de manera descontrolada. De tal forma que, por la vía de la intervención directa del FMI, los ciudadanos pudieran meter el dedo en la llaga y ver con sus propios ojos cómo los partidos políticos, empresarios mercantilistas, sindicatos y demás grupos mascota llevan décadas sometiendo la economía a sus particulares intereses.

Diríase también que son los propios bancos, antes que los particulares y pequeñas empresas, y en especial los tres más principales, quienes precisaban con urgencia de esa reestructuración bancaria para poder hacer frente a sus imperiosas necesidades de financiación en el exterior. Pues la economía a pie de calle está muerta, y la demanda de crédito solvente, lejos de mostrar algún signo de mejora, sigue empeorando de manera alarmante. Así pues, surge la razonable sospecha de que la reestructuración bancaria esté derivando en un proceso que intenta aliviar las necesidades de crédito de entidades públicas y privadas propias de la nación política, mientras que la nación real, aún con la vuelta del crédito, seguirá languideciendo, pues su enfermedad es otra mucho más grave que precisa de reformas distintas.

Llegados a este punto, conviene llamar la atención sobre el hecho de que a día de hoy, pese a la solemne promesa hecha por Mariano Rajoy en su discurso de investidura, los autónomos y pequeñas y medianas empresas siguen teniendo que adelantar el IVA de las facturas no cobradas y soportar, pese a toda ley vigente, aplazamientos en el cobro de las mismas que van mucho más allá de los 90 días. Y de incrementarse el importe del IVA, cosa que sucederá en breve, habrán de cerrar aún más empresas y negocios al no poder hacer frente a la financiación forzosa de este impuesto. Por otro lado, la imprescindible reconstrucción del mercado interior, la eliminación de trabas y requisitos a la hora de crear una sociedad mercantil o un simple negocio, y, muy especialmente, la eliminación del proteccionismo interregional, instaurado en beneficio de las familias políticas y económicas locales y de las grandes empresas anejas al poder político, siguen estando en el cajón de las reformas pendientes. Señal inquietante de que no existe voluntad de cambiar el actual status quo. Además, la estupidez o impiedad de la clase política mantiene sin tocar un sistema de cotización de autónomos excesivamente rígido, que cada mes expulsa hacia la economía sumergida a decenas de miles de trabajadores por cuenta propia, incapaces de obtener rentas suficientes con las que vivir y permanecer en la legalidad al mismo tiempo. Como colofón a esta trampa mortal, el Gobierno ha endurecido las medidas contra el fraude fiscal, estableciendo, eso sí, criterios dispares a la hora de sancionar a un particular o a un responsable de la administración pública.

España, un caso aparte

En España, donde la baja calidad de la democracia agrava y acelera cualquier proceso degenerativo, bien sea político o económico, se da la paradoja de que, tras haber vivido dos profundas reconversiones industriales, lejos de haber surgido en los últimos 38 años nuevos sectores productivos capaces de generar una riqueza real, nuestras expectativas son a día de hoy, en lo económico, peores incluso que en 1974. Lo cual es un signo inequívoco de que algo, que va más allá de la crisis financiera, falla de forma recurrente y alarmante. Sin embargo, pese a señales tan elocuentes y reiteradas, aún hoy seguimos sin formular las preguntas correctas y mirando para otro lado.

Visto lo visto, es obvio que no estamos ante la crisis del neoliberalismo, salvo que entendamos tal “ismo” como un postrero y fugaz movimiento político-económico que terminó siendo un juguete roto en manos de las élites de unos Estados infranqueables. Lo que hoy estamos recogiendo son los frutos de una mentalidad colectiva que tiene una idea del progreso francamente trasnochada, la cual empuja a las generaciones presentes y futuras a echarse en brazos de sus propios verdugos, bien sean estos presuntos magnates o políticos profesionales, antes que dejarse la piel en el intento de crear un solo gramo de riqueza.

Twitter: @BenegasJ


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