Game Over

ETA, Bildu y AMAIUR: cuando lo letal es la ideología

Nuestro modelo político, lleno de ineficiencias, ha traído consigo, como era de prever, la pésima gestión económica, el despilfarro y la corrupción. Y como diría Benjamin Franklin, “un saco vacío se mantiene muy difícilmente en pie”. Ahora, postrados como estamos, nos enfrentamos al peligro de tener que abdicar de ese proyecto común llamado España. Y como a perro flaco todo son pulgas, el progresivo debilitamiento de la sociedad española es aprovechado por quienes, más allá de sus ansias separatistas, representan el totalitarismo travestido de discurso político. Tal es el caso de AMAIUR, nombre, nada casual y pleno de simbología, del nuevo partido en ciernes de la llamada izquierda abertzale.

Si los partidos políticos fueran capaces de ir más allá de lo obvio – el vínculo entre Bildu, AMAIUR y ETA –, comprobarían que, antes que a separatistas, nos enfrentamos a un grupo organizado y creciente de apóstatas del marxismo, al más puro estilo de Mao Tse Tung o Stalin. Gente que, so pretexto de defender a los pobres frente a los ricos, los derechos sociales, la igualdad, el respeto a la naturaleza y la identidad del pueblo vasco, pretende llegar al poder por la vía política e imponer desde éste su visión liberticida.

Salvando las distancias, la izquierda separatista vasca recrea a la perfección el enfrentamiento entre la llamada Kultur de “los hombres del Este” y la Zivilisation de “los hombres de Occidente”, que alcanzó su apogeo en Alemania durante la República de Weimar. Para los alemanes partidarios de la Kultur, el enemigo de su identidad y de la pureza de su cultura era lo occidental y, por ende, todo lo relacionado con lo liberal. De ahí que su principal adversario fuera Gran Bretaña, no por ser una gran potencia dominante sino porque encarnaba el Liberalismo. Aquel enfrentamiento se saldó con la victoria de los partidarios de la Kultur sobre la Zivilisation, dando origen al socialismo identitario y, posteriormente, al Nacional Socialismo de Hitler, el cual ha escrito las páginas más negras de la Historia universal. Y éste es, de fondo, el verdadero drama que se está reproduciendo en nuestros días en el País Vasco.

Sin embargo, los partidos políticos mayoritarios, quizá presas del electoralismo más impenitente y de la política del corto plazo y, en ocasiones, de sus facciones más miopes, se han enzarzado una vez más en un debate sin sentido a cuenta del anuncio de ETA, en el que la organización terrorista dice abandonar definitivamente la lucha armada. Y pese a que todos parecen felicitarse por la noticia, unos siguen enrocados en la acción policial y judicial como únicos medios para derrotar a los violentos, y otros insisten en ser generosos para obrar el milagro de humanizar a la bestia. En ambos casos se equivocan y dan excesiva importancia al comunicado, porque ETA no es el problema. El problema es, y ha sido siempre, su base ideológica, que no sólo permanece intacta sino que se ha fortalecido y que, llevada a sus últimas consecuencias (la violencia ideológica), es lo que degeneró en ETA.

Comunicados al margen, es evidente que estamos en otra fase de la partida. El totalitarismo de la izquierda abertzale hace tiempo que prendió en la calle y, ahora, reforzado por esta tremenda crisis económica y por la ausencia casi absoluta de gente capaz de hacer política con mayúsculas, se extiende a buen ritmo. Ya no es suficiente con combatir la infección en su origen de manera quirúrgica, con la policía y los jueces. Y tampoco servirán de mucho las buenas intenciones. En el País Vasco está rebrotando con fuerza una corriente ideológica del pasado que creíamos muerta y que no sólo representa un grave peligro para la unidad del Estado sino que, aún peor, es antagónica a la mentalidad emprendedora, enemiga mortal de la iniciativa individual, de la generación de riqueza y del progreso: de la Libertad, en suma. Pero, por lo que parece, carecemos de la convicción necesaria para dar la batalla donde es preciso: en el terreno de las ideas.

Para derrotar a ETA puede que sea suficiente la policía y los jueces. Pero para vencer a los separatismos y sus ideologías totalitarias, es preciso hacer que reviva la llama de la ilusión por este proyecto común que es España. Tarea titánica, sin duda, que precisa de un gran coraje y, sobre todo, rearmar a la sociedad en sus convicciones para poder afrontar con éxito problemas de una magnitud colosal. Sin embargo, aún hay motivo para la esperanza, pues no es cierto que la sociedad sea inconsciente y mire para otro lado. Ese es un lujo que la gente normal no puede permitirse. El ciudadano medio tiene mucha más conciencia de la gravedad de la situación que cualquier político. Y, además, la tiene desde hace tiempo. Por eso, de los políticos exige el ejercicio de la razón y el sentido común allí donde haga falta; a pecho descubierto y a pie de calle, con todas sus consecuencias. Nada de rasgarse las vestiduras con discursos de salón ni de demagogia barata aderezada con lágrimas de cocodrilo.

En el apogeo de esta crisis económica, el hecho cierto es que ETA abandona la violencia de forma permanente para dejar a sus herederos el camino expedito, jugada esta que poco o nada tiene que ver con los buenos sentimientos. Urge, pues, hacer política con mayúsculas. El tiempo corre en nuestra contra y las numerosas bestias que nos acechan (crisis económica, separatismo e ideologías totalitarias) se encaraman a las verjas.


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