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Democracia de baja calidad y crisis

Más allá de los brindis al sol y de la romántica defensa de la Libertad, un número cada vez más significativo de ciudadanos empieza a identificar la existencia de una fuerte relación entre la calidad de nuestra democracia y la prosperidad económica. Sin embargo, al parecer nuestra clase política no sólo no lo ve así sino que, además de despreciar esta corriente, trata de alucinados a quienes propugnan reformas fundamentales del modelo político. Quizás no sea por mala fe – por pensar bien que no quede – sino por simple falta de visión.

En un interesante ensayo titulado “The Natural State: The Political-Economy Of Non-Development”, que versa sobre la primera revolución económica y el auge de los Estados, Douglass C. NorthJohn Joseph Wallis, y Barry R. Weingast explican que si bien, por un lado, en el Estado Natural se garantizaba a los ciudadanos cierto nivel de seguridad, por otro, se restringía el derecho de propiedad universal, el libre acceso a la riqueza; es decir, al Mercado y, sobre todo, a la política. Todo ello hacía imposible “un crecimiento sostenido a largo plazo generado por mercados estables, prósperos y competitivos”. Expresado en otras palabras, el que el poder político y económico estuviera en manos de una reducida élite generaba de continuo graves crisis económicas, a las que invariablemente seguían encarnizadas luchas por el poder. En el caso de España, esta teoría resulta inquietantemente oportuna.

Es evidente que este ensayo lo que pretende es explicar las razones del subdesarrollo crónico de muchos países del mal llamado tercer mundo. Sin embargo sus argumentos pueden resultar muy útiles si vamos un poco más allá y los trasladamos a otros países supuestamente desarrollados, en los que democracias de muy baja calidad están dando lugar a que se manifiesten rasgos característicos de los antiguos Estados Naturales. Por todo ello, no sería ningún disparate que este ensayo pudiera servir para explicar en gran medida el porqué de la grave crisis económica que padecemos.

¿Un problema político o económico?

Durante todo el siglo pasado, en Europa se ha mantenido una lucha, a la postre desigual, en aras de lograr un modelo político que asegurara el crecimiento sostenido y evitara los colapsos económicos. Sin embargo, de forma lenta pero segura, han sido los propios políticos europeos quienes han frustrado tal logro. Y las sociedades se han quedado a medio camino entre “organizaciones de acceso restringido” y “organizaciones de acceso abierto”. En consecuencia, la economía se ha resentido y el crecimiento se ha colapsado.

Para comprobar las crecientes dificultades que tienen los ciudadanos para emprender y acceder a nuevas oportunidades, basta comprobar el alarmante retroceso de las clases medias occidentales, hasta la fecha máximas responsables no sólo del consumo sino también de la creación de riqueza. Incluso Alemania, cuya economía es una de las más fuertes del mundo, no escapa al hecho de que su población lleva más de una década empobreciéndose [según datos del Instituto Alemán de Investigación Económica]. Y en la clase media alemana se ha extendido como la pólvora lo que se ha dado en llamar “Pánico de Estatus”. El paradigma alemán no hace sino poner en evidencia que algo que va más allá de lo puramente económico no funciona.

La política condiciona el desarrollo económico y no al revés

La lección que podemos extraer de todo cuanto está sucediendo es que los graves problemas a los que nos enfrentamos no tienen su origen en la economía, sino que éstos son producto de unos modelos de Estado que están muy alejados de ser organizaciones de libre acceso. Para entrar definitivamente en la senda de las soluciones es obligado poner en cuestión la calidad de nuestras democracias. Muy especialmente las de los llamados países periféricos; es decir, EspañaItaliaPortugal y Grecia.

En el caso de España, la ausencia de una verdadera democracia ha hecho que nuestra particular crisis económica alcance niveles nunca vistos y sea mucho más profunda que en otros países de nuestro entorno. Nuestros gobernantes pueden despreciar el interés general en favor de sus intereses particulares y de grupo si demasiados problemas, ya que no existen mecanismos que desincentiven estas actitudes. Y, por ello, basta una sola legislatura, tan sólo cuatro años, para que el esfuerzo y el sacrificio de generaciones enteras se dilapide.

Por otro lado, es evidente que para los grupos de presión – los intereses creados – es mucho más fácil influir sobre una minoría que ostenta el poder que sobre el conjunto de la sociedad. Y siempre les parecerá más conveniente que se restrinja el acceso a la política que fomentar un control directo y eficaz de los ciudadanos sobre los representantes políticos. Así pues, es bastante sencillo determinar cuáles son las reformas más importantes a acometer: las del modelo político.

En conclusión, mientras las democracias sean en muchos aspectos restrictivas y demasiado coincidentes con los rasgos de los antiguos Estados Naturales, ninguna reforma económica, por pertinente que sea, asegurará el crecimiento económico a largo plazo. Dar el salto definitivo a organizaciones de libre acceso – democracias reales – es el camino hacia una económica sólida y hacia una prosperidad prolongada. Sin embargo, la clase política se resiste a entenderlo así.


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