Game Over

Crisis institucional

La semana pasada, Luis Garicano (Valladolid, 1967), catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics y doctor por la Universidad de Chicago, uno de esos escasísimos personajes autóctonos que sin ser políticos gozan de cierta relevancia en España, inició una tournée por los medios informativos con motivo de la presentación de su nuevo libro, El dilema de España (Ed. Península), un interesante ensayo en el que desgrana una serie de recetas con las que, en su opinión, sería posible sacar a España del hoyo o, dicho más claramente, evitar el desastre.

Dada la relevancia del personaje, cuyos méritos son más que sobrados, y del predicamento de que goza en determinados círculos académicos y extraacadémicos, parece que, por fortuna, en su gira promocional no habrá radio, televisión, diario impreso o diario digital que se resista a abrirle sus puertas, privilegio este al alcance de muy pocos en una España hermética y, por qué no decirlo, sectaria, amante de los currículos y las relaciones y obsesionada con preguntar a cada cual “¿de dónde vienes?”, en vez de “¿a dónde vas?”.

En cualquier caso, se trata de una de esas extrañas ocasiones, dado el catenaccio informativo, en las que alguien ajeno a los gremios que acaparan todos los micrófonos, como son el de los políticos profesionales y sus voceros, puede difundir un mensaje a priori mucho más elaborado, enriquecedor y, sobre todo, libre de las cortoplacistas e interesadas consignas partidarias.

Lo bueno: alguna luz. Lo malo: demasiada niebla

En lo positivo, hay que decir que Garicano se vuelve de verdad sugerente cuando, más allá de enumerar una serie de propuestas económicas, hace una concesión relevante y, quizá, para muchos novedosa: la naturaleza institucional de la crisis y, por consiguiente, la perentoria necesidad de regenerar las instituciones, lo cual le ha llevado a entonar el mea culpa en una entrevista reciente: “Los economistas empezamos pensando que lo que España necesitaba eran reformas económicas para salir adelante, y a medida que avanzaba la crisis nos dimos cuenta de que el problema era más profundo, porque había muchas resistencias al cambio en un sistema político muy rígido y jerárquico”.

Lo importante es que Garicano desborda, por fin, los límites de esa economía exógena y todopoderosa, que parece tutelarnos como una distante y severa madrastra ajena a nuestras legítimas aspiraciones, y reconoce que no basta con aplicar medidas estrictamente económicas para salir del atolladero sino que es imprescindible una regeneración institucional.

Sin embargo, si bien afirma que “las instituciones y su buen funcionamiento son vitales para el crecimiento [económico]”, no llega, o no se atreve, a formular la pregunta correcta: ¿es nuestra crisis una crisis de naturaleza estrictamente económica o en realidad tiene un origen institucional? Pregunta clave que, puestos a pedir, debería conducir a formular la siguiente cuestión, igualmente inquietante: ¿es el capitalismo global el problema o lo es un Occidente, donde las instituciones se están demostrando, en mayor o menor medida y según países, colonizadas, disfuncionales y extractivas?

La apuesta de Garicano llega un poco tarde y se queda lejos de formular las preguntas pertinentes: plantea líneas rojas a las reformas institucionales de forma arbitraria

Desgraciadamente, la “conversión” de Garicano no es completa o, mejor dicho, su apuesta llega un poco tarde y se queda aún muy lejos de formular, al menos, las preguntas pertinentes. Y si bien flirtea con el carácter institucional de la crisis, diríase que le falta convicción para profundizar, asumir riesgos y adoptar inequívocamente una visión institucionalistadesde la que articular una propuesta más ambiciosa y coherente. A cambio, dedica demasiado esfuerzo a enumerar una serie de medidas puramente económicas, casi recetas de cocina rápida, y se apresura a poner líneas rojas a las reformas institucionales de manera arbitraria, sin diferenciar previamente entre instituciones y organizaciones. Ni siquiera se plantea una tarea fundamental: la vía para transformar unas organizaciones informales que, basadas en las expectativas de los agentes participantes, siguen a merced de una poderosa inercia.

Después de seis años de crisis es demasiado poco

En mi modesta opinión, diríase que, en general, aún nos cuesta entender que las instituciones son el principal patrimonio de cualquier sociedad. Y que son éstas las que determinan el tipo de organizaciones y, también, el marco de libertades e interacciones legítimas de las personas. De ahí que la eficiencia, equidad y justicia de un orden social dependan, por encima de todo, de su sistema institucional y, de forma subordinada, de la calidad de sus organizaciones. Y si bien las organizaciones pueden ser modificadas siguiendo unos objetivos previos definidos por un grupo reducido de “planificadores”, las instituciones necesitan de procesos mucho más complejos en los que es imprescindible la participación de la sociedad en su conjunto. De ahí que pretender marcar previamente líneas rojas a la regeneración institucional sea incompatible con el proceso de regeneración en sí mismo: pura contradicción.   

Quizá se deba a esta falta de claridad de ideas o de ambición que las cuestiones finalistas, como pueden ser, por ejemplo, la profundización en la reforma laboral, la formación de unas élites adecuadas, la protección de los más débiles, etc., parezcan ser colocadas en el mismo plano que la mucho más relevante y compleja cuestión institucional. Cuando, en todo caso, es desde unas instituciones coherentes y arraigadas en la sociedad, y también tuteladas por ésta, de donde podrían dimanar los incentivos correctos para transformar España en una nación más competitiva, eficiente, equitativa y justa.


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