Game Over

¿Creen los políticos que somos estúpidos?

Nuestros políticos se quejan amargamente de ser percibidos como un problema, ya casi como una lacra. Lo cual, dicen ellos, es completamente injusto. Pues sus desvelos y sacrificios no son tenidos en cuenta. El problema es que aún no comprenden que ese desprecio no se debe a que han gobernado pésimamente hasta llevar el país a la ruina, que también, sino a que han infligido un enorme daño moral a la sociedad española al convertirla en una sociedad paria. Y se niegan a reconocer que llevan demasiado tiempo alienando a esos mismos ciudadanos que ahora les desprecian.

Hablo de ese celo proverbial de los burócratas a la hora de denunciar nuestras debilidades. Esa afición, casi compulsiva, a criminalizarnos. Prueba de ello, por ejemplo, es que mientras seguimos sin saber exactamente cuánto dinero del contribuyente hará falta para tapar el agujero de nuestras cajas y bancos, ya conocemos casi hasta el céntimo de euro lo que cuestan a nuestra economía los cientos de miles de jóvenes que ni estudian ni trabajan; esos analfabetos funcionales, verdadero drama social clasificado bajo el acrónimo Ni-Ni. Y la broma sale, nos dicen, a 11.375 euros/año por holgazán. Una falta que hay que sumar al hecho de que aquí, quien más y quien menos, adquiere medicamentos con el carnet del abuelo. Acusación esta última que la ministra de Sanidad, Ana Mato, dejó caer tal cual, anunciando de improviso a bombo y platillo que su ministerio había detectado ni más ni menos que a 200.000 ciudadanos engañando a la Seguridad Social. Un número espectacular y redondo de fácil propagación.

Aunque muchos ciudadanos no se sientan aludidos directamente, ambos casos son en la práctica nuevas manchas que añadir al ya de por sí negro expediente de la sociedad española. Un currículum lamentable que al final nos involucra a todos. Y del que, por su puesto, durante años se han hecho amplio eco los medios de información, siempre tan diligentes a la hora de amplificar nuestras miserias. Lo curioso es que estos scoop oficiales ven la luz justo en momentos en los que la presión social sobre la clase política se vuelve peligrosa y los ciudadanos empiezan a tomarse excesivas confianzas. ¿Simple coincidencia?

Además de mal gobernados, insultados y alienados

Durante demasiados años, desde el poder político se ha demonizado solapadamente y, también, de forma indisimulada al ciudadano. De tal suerte que, a juicio de nuestros gobernantes, diríase que este es el país de los conductores desaprensivos, los defraudadores de Hacienda, los que cobran el subsidio de desempleo de forma improcedente o que, cobrándolo correctamente, no buscan trabajo con suficiente ahínco, los que adquieren medicamentos de forma fraudulenta, los pícaros que saturan las urgencias de los hospitales para no tener que esperar meses a ser recibidos por el especialista de turno, los diver de la economía sumergida, los malos padres, los pésimos hijos, los estudiantes que no estudian, los ignorantes y los analfabetos.

Sumadas todas estas descalificaciones, y otras muchas que me dejo en el tintero, no es de extrañar que la percepción mayoritaria sea que esta es una tierra de gamberros, vagos, ignorantes y delincuentes potenciales. Y que flote en el ambiente una malsana sensación de culpa. Sensación que la crisis ha elevado a depresión colectiva. Un complejo que da pie a que nuestros esforzados burócratas nos digan que, en vez de estar muy enfadados, hemos de dar gracias porque sean ellos y no nosotros quienes tengan la sartén por el mago. Y que la asfixia legislativa que nos regalan con cada legislatura, lejos de ser un freno para la prosperidad económica y la libertad, es una bendición. Pues, además de perseguir una mayor equidad, nos protege de nuestros semejantes y también de nosotros mismos. Así pues, ¿cómo van a reformar esta democracia para que sea más representativa, directa y eficiente si el fondo de armario de esta sociedad es tan deprimente, tan cutre? O dicho en otras palabras, ¿cómo pretende usted, querido lector, tener mayor control sobre los políticos si es usted potencialmente un patán social en alguna de las múltiples modalidades descritas?

Gobernar por decreto sin rendir cuentas a nadie

Lo cierto es que hemos pasado del ordeno y mando de la dictadura a otra forma de gobierno imperativo: el de los hechos consumados de una clase política extraordinariamente prolífica, que no sólo hace y deshace a espaldas de la opinión pública, sino que, además, insulta y descalifica alegremente a sus gobernados. Por ello, la milagrosa transformación de España en un país serio y fiable, promesa que solemnemente repite Mariano Rajoy como si fiera un loro, se hará por la vía del decreto, tal y como ha sido costumbre en todos y cada uno de nuestros gobiernos “democráticos”. Y sólo mediante el BOE, ese boletín de los hechos consumados, los más inquietos podrán saber a ciencia cierta que será de sus vidas y haciendas. Porque aquí, una vez el ciudadano entrega su voto a unas listas cerradas y bloqueadas, el poder de los partidos, y más concretamente el de sus reducidas élites, se vuelve casi absoluto. Y de un día para otro, pueden subir los impuestos hasta alcanzar cotas propias de los países nórdicos. Y aplicar recortes –algunos convenientes, pero otros no– de forma vertiginosa y arbitraria. Y olvidar en el cajón la democratización de los partidos, la reforma de la Ley electoral, la despolitización de la Justicia, la imprescindible reestructuración de las administraciones públicas, la Ley de emprendedores, la liberalización del mercado de bienes, la liquidación de los cárteles empresariales que controlan sectores esenciales de nuestra economía. Y también, pero no menos importante, la depuración de responsabilidades de cajeros, banqueros y políticos.

Para justificar que las medidas verdaderamente indispensables caigan en el olvido, desde el Partido Popular repiten aquello de que en tiempos de tribulación, no hay que hacer mudanza. Es decir, que hay que aplazar los experimentos, por necesarios que parezcan, hasta que las aguas bajen menos revueltas. Y tal razonamiento podría ser válido si no fiera porque en España, que sepamos, las mudanzas no se hacen ni en tiempos de tribulación, ni en tiempos de júbilo, ni en ningún otro tiempo. Y puede que esta anomalía exclusiva de nuestra clase política se deba a su incapacidad de caminar y masticar al mismo tiempo. Sin embargo, sospecho que esa oposición frontal a reformar este régimen no se debe sólo a que los políticos profesionales defiendan sus propios intereses contra viento y marea, sean incompetentes o tal vez demasiado prudentes. Es mucho peor. Se han llegado a creer que la sociedad española es absolutamente lela; es decir, están convencidos de que usted es estúpido, que todos lo somos. Y que, con la excusa de los tuyos, los míos o los nuestros, seguiremos legitimando esta pantomima elección tras elección.


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