Game Over

La Corrupción es el Régimen

A pesar de llevar más de tres décadas de advertencias y signos que avisaban de que el modelo político surgido de la Transición, tan imperfecto, tan lleno de trampas, terminaría en un latrocinio irrestricto, son muchos los españoles que, ante los últimos escándalos de corrupción, se sienten conmocionados. Y empiezan a asociar corrupción y crisis económica; es decir, Régimen y pobreza.

El lubricante del Régimen 

En cada esquina, en cada rincón o despacho, el trasiego de dinero y favores ha sido y es práctica no sólo acostumbrada, sino obligada en la España política. Y por más que se relativicen los escándalos, argumentando que es más una cuestión de percepción que de realidad, los hechos son incontestables. Y frente a estos, las buenas palabras y las promesas no sirven. Pues ningún Estado, privado de la salvaguarda efectiva de sus instituciones, puede ser protegido por la voluntad de un solo hombre. Y menos aún cuando se tiene la corrupción instalada en casa; es decir, dentro del propio partido.

Llegados a este punto, la pregunta que se formulan los ciudadanos, aún los más ajenos a la política, es: ¿cómo va a protegernos quien gobierna si ni siquiera es capaz de protegerse a sí mismo? O aún peor, ¿y si resulta que, por acción u omisión, también él está corrompido? Es evidente que cuando el poder se concentra en unas pocas manos, ningún Estado está a salvo. Y las malas prácticas terminan por convertirse en algo cotidiano: el lubricante que, en un principio, engrasa la maquinaria del sistema, pero luego la estropea.

Los vendedores de milagros

Pese a todo, lo más preocupante es observar cómo el debate y la crítica se dispersan en múltiples direcciones. Y todas apuntan hacia callejones sin salida. Manifestantes que se concentran frente a la sede de un partido, porque, al parecer, aún no comprenden, o no quieren comprender, que el mal no está localizado en unas coordenadas concretas, sino que está por todas partes. Y aún menos entienden cuáles son las soluciones. Líderes políticos que, en sus horas más bajas, aprovechan para seguir huyendo hacia delante, pensando equivocadamente que la degradación del adversario les traerá algún beneficio, cuando la degradación es colectiva. Ciudadanos que se resisten a aceptar que el mito del Estado benefactor es y será eso: un mito. Y con su intransigencia empujan a la sociedad a la tragedia colectiva. Incluso ilustres personajes, que, rodeados de aduladores interesados, son llevados en volandas a postularse como falsos salvadores de la patria.

En definitiva, un circo en el que, unas veces, bajo el anonimato del gregarismo ideológico, y otras, mediante nombres propios, se ofrecen soluciones absurdas como si fueran crecepelos. Y cabe preguntarse de qué servirían unas elecciones anticipadas si quien concurriría sería el propio Régimen disfrazado de alternativa ideológica. O de qué valdría reemplazar al actual presidente por cualquiera de sus enemigos más íntimos, si todos ellos toleran, cuando no fomentan, el nepotismo. ¿Qué cambio sustancial habría? Ninguno. Si acaso, un final más o menos precipitado, más o menos abrupto. Pues en todos los casos las reglas de juego seguirían siendo las mismas.

El antídoto contra la corrupción

Heráclito dejó escrito:“Ha de luchar el pueblo por su ley, igual que por su muralla”. Este aforismo de hace más de 2.000 años podría trasladarse a nuestros días. Y si bien podríamos ver la muralla a la que aludía el filósofo en ese Estado de bienestar que se derrumba, y que tanto nos preocupa, de la Ley, que afecta al Estado con mayúsculas y a nuestras propias vidas, poco o nada sabemos porque poco o nada nos ha importado hasta ayer mismo. Y de aquellos polvos vienen hoy estos lodos.

Por más que quien gobierna se dé golpes en el pecho y se rasgue las vestiduras, mientras este régimen no sea reemplazado por un sistema democrático con todas sus garantías, el guión seguiría siendo el mismo: corrupción, corrupción y corrupción. Y su derivada, la pobreza. Pues de todos los impuestos la corrupción es, con diferencia, el más gravoso. De hecho, pese a que lo que más nos irrita son los casos en los que hay caciques prepotentes de por medio, que reparten sobres con dinero, la corrupción va mucho más lejos. Es el secuestro de la política, la concentración económica, la liquidación de la competencia, la dictadura de los grandes agentes, el contubernio entre empresas y políticos y el control de los medios informativos por medio del dinero que, en forma de publicidad y favores, fluye desde ellos.

Visto desde esta perspectiva, que es a mi juicio la correcta, en el caso de España no hay duda de que la Corrupción es el Régimen; su naturaleza y su esencia; su ethos y su pathos. Una revelación que liquida cualquier esperanza de prosperidad futura mientras no se produzca un cambio radical de modelo político. Pues el cacique instalado en un partido, que reparte dinero negro, no es más que la metáfora hiriente de un país que no funciona. No porque esté maldito, sino porque no se reforma.


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