Game Over

Ser Charlie no es cualquier cosa

Foto Gtres.

"Je suis Charlie", clamaba millón y medio de personas este pasado domingo en la multitudinaria manifestación de París. No solo eran ciudadanos franceses los que tomaban las calles para revindicar el derecho a la libertad de expresión, y otros derechos tanto o más importantes desde hace demasiado tiempo olvidados, sino que era todo Occidente el que rugía indignado en la ciudad de las luces.

Ha sido necesario que tres personajes siniestros asesinaran vilmente a 17 personas a cuenta de unas ácidas viñetas para que, de pronto, quienes vivimos ajenos a la violencia que se desata más allá de nuestras fronteras, tomemos conciencia de que los derechos fundamentales, que nos costó siglos conseguir, están en peligro y pueden desaparecer súbitamente por culpa de nuestra apatía frente al fanatismo de una minoría.

Puede que lo sucedido en Francia la semana pasada sirva de revulsivo y los ciudadanos de las democracias occidentales abramos los ojos y comprendamos que la libertad, la seguridad y la prosperidad, esos beneficios que nos ha traído la civilización, y que para nosotros son ya irrenunciables, en el resto del mundo no existen ni siquiera como idea, al menos no como idea que pueda ser expresada en público.

Y puede también que el asesinato de Stéphane Charbonnier ("Charb"), Jean Cabut ("Cabu"), Georges Wolinski, Bernard Verlhac ("Tignous"), Philippe Honoré ("Honoré"), Elsa Cayat, Bernard Maris ("Tío Bernard"), Mustapha Ourrad, Fréderic Boisseau, Michel Renaud, Frank Brinsolaro, Ahmed Merabet, Clarissa Jean-Philippe, Yoram Cohen, Philippe Barham, Yoav Hatab y Fracois Michel Saada, sirva para dejar a un lado la equidistancia y, sobre todo, la tolerancia mal entendida, y asumamos que por encima de cualquier cultura, ideología o religión, deben prevalecer unos principios fundamentales que entre todos hemos de hacer tan universales como insuperables.

Deberíamos tomárnoslo en serio, aunque solo sea por egoísmo. Porque si al otro lado de nuestro muro imaginario se impone la ley del más fuerte, del más violento, del más fanático, tarde o temprano esa violencia llegará hasta nosotros y nos golpeará mortalmente. Así sucedió la semana pasada y así ha sucedido a lo largo de la historia. Los malvados siempre tienen una excusa para ello. En el caso de los yihadistas, primero fue la invasión de Irak; después, la guerra de Afganistán; ahora, unas ilustraciones irreverentes. Mañana bastará con ser lo que somos para que nos rebanen el gaznate. Y gracias a esa estúpida mala conciencia nuestra, los totalitarios, con o sin turbante, podrán decir que sus atrocidades son actos de justicia o el eco de nuestros pecados.

Tal vez la "generación del milenio" no quiera heredar de nosotros, sus padres, el paralizante sentimiento de culpa y esté empezando a preocuparse de verdad por lo que pasa ahí fuera

Es evidente que la catarsis que ha desencadenado en Europa la masacre de Charlie Hebdo es, al menos en parte, fruto del hartazgo hacia ese atavismo que legitima el asesinato en nombre de Dios. Y quizá algo esté cambiando. Tal vez la "generación del milenio" no quiera heredar de nosotros, sus padres, el paralizante sentimiento de culpa y esté empezando a preocuparse de verdad por lo que pasa ahí fuera, a preguntarse cómo es posible que, en pleno siglo XXI, aún haya personas que pueden matarte, no ya por no profesar el Islam sino por recitar incorrectamente un versículo del Corán.

Ojalá sea así. Y la lacra del yihadismo sirva al menos para que los ciudadanos occidentales despertemos y nos reafirmemos en unas convicciones que han acumulado demasiado polvo. Sin embargo, podría ser que no. Al fin y al cabo, en nuestro acomodado mundo, la consistencia del compromiso individual es inversamente proporcional a la aparatosidad de las manifestaciones multitudinarias. Porque cuanto más grande es la masa, más pequeñas se vuelven las personas que la forman.

Desahogadas las emociones, y una vez que los sufridos barrenderos de París han recogido los restos de octavillas y pancartas desperdigados en la plaza de la Nación, quizá lo que quede flotando en el aire sea el miedo a nuevos atentados, a que en nuestras ciudades proliferen los malvados con pasamontañas y Kalashnikov en ristre. Y los políticos aprovechen para acaparar aún más poder en su guerra contra el terror. Porque la guerra es la salud del Estado.

Sin embargo, por más que ese presidente beocio que fue George W. Bush así lo afirmara en su día, esta no es una guerra contra el terror sino la vieja lucha de siempre: la de la razón contra el fanatismo. Una lucha que solo puede ganarse persona a persona, convicción a convicción, idea a idea. Y es ahí donde cada ciudadano cuenta. Y, claro, es ahí donde la cosa flaquea.

Hoy, llevados en volandas por una ola de emoción y arropados por la reconfortante multitud y el tronar unívoco de los medios de comunicación, todos queremos ser Charlie. Sí. Pero la pregunta es: ¿sabemos lo que eso significa?


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