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Cataluña contra Cataluña

Afirmaba Francesc Homs i Ferret, a cuenta de ese nuevo aquelarre, cuyo título “España contra Cataluña” es más una paradoja que una ofensa, que “en historia no hay una única verdad”. Lo cual, para que se le entienda a este profesor de economía erigido, otro más, en ideólogo nacionalista y padre de la patria catalana, viene a decir que al nacionalismo la verdad le asfixia y precisa de una panoplia de mentiras para no quedarse sin aire. 

Y es que el tal Francesc, al igual que todos los fundamentalistas para los que la estelada es un turbante con el que envolver cabezas y amortiguar la inteligencia, se niega a aceptar que la historia es hechos y no verdades. Porque, mientras que la historia puede ser manipulada a voluntad, los hechos son imperturbables. 

Esto es lo más indignante del nacionalismo, que, para la consecución de sus fines, degrade a la sociedad, otorgando a la historia –esa historia peculiar de verdades a la carta– y a sus planificadores, presuntamente benévolos y forzosamente autoritarios, la potestad de reescribir no ya el pasado sino el futuro de todos. 

El mito del centralismo y la opresión española

Bastaría con hojear no ya libros, sino legajos, esos papeles que simplemente dan fe de los hechos, para descubrir que la tradicional visión de una España monolítica, gobernada con puño de hierro desde el centro, es poco más que un mito, todo lo más una pretensión imposible. El gobierno de España, sea cual fuere su forma, ha sido siempre, salvo periodos excepcionales, un delicado sistema basado en contrapesos y controles, que constantemente debía reajustarse para mantener su precario equilibrio. De hecho, los territorios, tanto peninsulares como de ultramar, sólo podían ser gobernados de manera efectiva delegando en las élites locales. Peculiaridad de nuestro reino de taifas a la que ya aludía Francis Bacon: “Ahora para España, y Su Majestad de allí, aunque reconocido como el monarca más grande de la cristiandad, si se investigara su estado, se encontraría que sus raíces son demasiado pequeñas para su frondosidad”. 

Así, en el caso concreto de Cataluña, la corona española, más que ejercer un poder incontestable en el Principado, bailaba a merced de su clase dirigente como un boxeador sonado. Lamentablemente, la capacidad de las élites catalanas para frenar las aspiraciones reales y el “maléfico” poder de Madrid no se tradujo en el buen gobierno, y sí en la acaparación, por parte de la nobleza y la alta burguesía locales, de concesiones y privilegios particulares. Forma de ser y hacer que ha llegado intacta hasta nuestros días. 

El enemigo de Cataluña nunca fue forastero

La Diputació o Generalitat, que era presentada como una institución poco menos que perfecta, expresión inequívoca de la voluntad de la nación catalana, en realidad rara vez actuó en coincidencia con los intereses generales. «La casa del general de Barcelona […] no és sinó una casa de perdició», declaró en 1626 el concejo de la villa de Cervera. Impopularidad que evidencia esta otra cita anónima: «Lo poble de Catalunya comunament té poca afecció a la generalitat, perquè no gaudeixen tots comunament d’oficis d’ella». Curiosamente algunos de estos testimonios fueron tachados en su día en los archivos originales, lo cual demuestra también que la censura fue desde muy temprano moneda de curso común en Cataluña. 

En papeles, legajos oficiales y archivos históricos, las agrias protestas son una constante. Pruebas literales todas, que no admiten interpretaciones, de que la Diputació era poco menos que un corralito a merced de la clase dirigente del Principado. Y lo que es peor, sus decisiones eran dictadas por un segmento concreto de esa clase. Así pues, la Generalitat era un instrumento de coerción, a ratos usado contra la Corona, a ratos contra el pueblo, siempre en manos de un reducido grupo de catalanes muy poco escrupulosos a la hora de manejar grandes recursos financieros y diferenciar entre sus propios intereses y los de la nación catalana. No es de extrañar, por tanto, queel catalán común, abrumado por los excesos y abusos de las élites autóctonas, cometiera no pocas veces la “infamia” de confiar más en la Monarquía española que en sus propios dirigentes

Pero a esta tarta le falta aún su guinda. Y ésta es ni más ni menos que la ausencia de una visión nacional, de fin colectivo, por parte de las élites catalanas. Carencia que, por otro lado, nunca suplió la Monarquía española, incapaz de implicar a los catalanes en un objetivo común, y acaso tampoco al resto de españoles. Y aunque hoy quieran aparentar lo contrario, sigue faltando ese fin colectivo, pues, más allá de aspirar a un Estado propio, el independentismo no ofrece ninguna mejora cualitativa, ninguna solución realista. Si acaso, promete más de lo mismo; es decir, doble ración de oligarquía.

Por una España abierta, que no rota

Sin embargo, la desafección institucional no ha sido una singularidad catalana sino una constante en toda España. De ahí que las relaciones entre españoles se hayan tejido durante siglos al margen de unas instituciones que les eran ajenas, cuando no lesivas. Y los lazos entre las regiones son en gran medida fruto del sentido común de unas gentes que compartían esperanzas y penalidades. Ese es el “milagro” de España y también su talón de Aquiles: ser una nación que, pese a todos los mitos, tabúes y correlatos oficiales, tiene su razón de ser, sus cimientos, no en la grandiosidad ni tampoco en la coherente vertebración institucional de la que sí han gozado otras naciones avanzadas, sino en el devenir cotidiano y la mutua dependencia. Lo cual, aunque sea muy romántico, no basta para asegurar la cohesión. 

Así pues, tras treinta y cinco años de tormento, parece que ha llegado el momento de dejar a un lado las chapuzas y adecuar el modelo institucional a la sociedad española en su conjunto, y no sólo en beneficio de un par de territorios. Hay que poner coto al latrocinio sistemático de la clases dirigentes, el sectarismo ideológico, el odio irracional y el veneno nacionalista. Esta maltratada España no puede aguantarlo todo.


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