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De Camboya a Gaza: genocidio e hipocresía

El lunes 27 de junio de 2011, el tribunal internacional de la ONU sentó en el banquillo al jefe de Estado del régimen del Jemer Rojo, Khieu Samphan; a Nuon Chea, ideólogo de la organización; a Ieng Sary, ministro de Exteriores; y a Ieng Thirith, esposa de este último y ministra de Asuntos Sociales. Todos ellos fueron formalmente acusados de genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, tortura, asesinato y persecución por razones religiosas y de raza. En resumen, se les hizo responsables de al menos dos millones de muertes, de las cuales, que se sepa, 800.000 fueron violentas. En realidad, se calcula que mediante la violencia, el hambre y los reasentamientos forzosos, más de una cuarta parte de la población de Camboya fue exterminada.

Una sentencia deliberadamente ignorada

Los reos, hoy condenados a cadena perpetua en un proceso que ha durado algo más de tres años, fueron actores principales de un plan pergeñado por intelectuales de clase media, la mayoría de los cuales habían cursado sus estudios en la Sorbona de París y que se constituyeron en un grupo denominado Angka Loeu, que significa “la organización superior”.

Tal y como explicaba Paul Jhonson, “la Angka Loeu estaba formada por unos veinte intelectuales que eran políticos profesionales y sobre todo docentes y burócratas. De los ocho líderes, todos de alrededor de cuarenta años (uno era una mujer), cinco eran docentes, uno era profesor universitario, uno economista y uno burócrata. Todos habían estudiado en Francia durante los años cincuenta y allí habían absorbido la doctrina de la “violencia necesaria” predicada por la izquierda radical.

Mientras que al nazismo, derrotado en 1945, lo siguen considerando una seria amenaza, extirpan de la memoria colectiva el genocidio comunista de Camboya

Para muchos que ejercen de humanistas, tan cabreados como están a cuenta de la masacre de Gaza, aunque la sentencia del tribunal internacional de la ONU sea noticia y, a mayor abundamiento, tenga que ver con uno de los peores genocidios que se recuerdan, lo sucedido en Camboya debe quedar constreñido a los libros de historia. Y, a ser posible, que nadie los abra. Y así, mientras que al nazismo, derrotado en 1945, lo siguen considerando una seria amenaza, extirpan de la memoria colectiva el genocidio comunista de Camboya, que tuvo lugar 30 años más tarde, entre 1975 y 1979.

Hay quienes incluso argumentan lejanía geográfica para desvincularse de ese terrible episodio, como si fuera una anomalía propia de la península Indochina, casi un horror folclórico. Sin embargo, las ideas que dieron lugar al asesinato de dos millones de seres humanos no eran ni locales ni exóticas, sino importadas de Europa, concretamente de Francia. Es más, son las mismas ideas que defienden hoy los integrantes de la Angka Loeu española, personajes que, al igual que Khieu Samphan, Nuon Chea e Ieng Thirith, han venido legitimado el derecho a la violencia, aduciendo que los recortes en derechos y prestaciones sociales (muchos de ellos arbitrarios e injustos, sin duda) son una agresión que debe ser respondida en consecuencia, aunque ahora, con la mirada puesta en el voto moderado, silben y miren para otro lado.  

Estando así las cosas, a nadie debe extrañar que la condena a los ideólogos y ejecutores del genocidio camboyano hecha pública el pasado jueves 7 de agosto pasara sin pena ni gloria en España. Y que muchos de aquellos que en estos días se rasgan las vestiduras con gran alboroto a cuenta de la tragedia de Gaza no hayan tenido a bien dedicarle un solo recuerdo, una sola palabra, o que quienes hoy participan de la misma ideología que los verdugos camboyanos no muestren el menor remordimiento. Y tampoco que ignoren el asesinato sistemático de iraquíes que ISIS está llevando a cabo en estos días. Y es que el término ‘genocidio’, como tantos otros términos, se ha convertido en una etiqueta adhesiva que se aplica a unas causas, mientras que otras se olvidan.

Entre la espada y la pared

A cuenta de la extrema excitación que algunas conflictos provocan en muchos, mientras que otros les son indiferentes, no hace falta ser muy sagaz para percatarse de que la sociedad española, que en estos años de crisis se ha demostrado incapaz de articular un movimiento transversal libre de ideologías y sectarismos, no está formando parte de la solución sino parte del problema.

Puestos a elegir entre un modelo político, cuya corrupción estructural es insoportable, y la hoz y el martillo pintados de color violeta, de perdidos al río

Las personas corrientes, atrapadas en la tenaza que forman las élites extractivas y los astutos radicales, se sienten empujadas a elegir entre espada o pared; entre corrupción o revolución, aunque esta última sea finalmente lampedusiana. Es el sonido de lo inevitable, que retumba desde hace tiempo en los oídos de muchos. Los ciudadanos ya han tenido bastante. Y puestos a elegir entre un modelo político, cuya corrupción estructural es insoportable, y la hoz y el martillo pintados de color violeta, de perdidos al río. 

Tiene razón John Müller. Difícil que aflore la cordura en una sociedad como la española, tan poco acostumbrada a valerse por sí misma, que prefiere seguir empantanada en los prejuicios, los dogmas y las consignas, agitándose como la cebada a merced del viento ideológico. Una sociedad perezosa en lo político, cuya idea-fuerza más arraigada es que el individuo no vale nada. Que solo el Estado todopoderoso podrá solucionarnos la existencia. De ahí que las propuestas económicas de la extrema izquierda y la extrema derecha sean las mismas: aumentar el gasto público, no pagar la deuda, abandonar el euro y fomentar el proteccionismo.

Cierto es que, a pesar de las semejanzas, que en ocasiones pueden ser prodigiosas, la historia nunca se repite. Sin embargo, conocerla y, sobre todo, no olvidarla, es la única forma de no tropezar una y otra vez con la misma piedra. De ahí la enorme importancia simbólica de la condena del tribunal internacional de la ONU de la semana pasada. Y lo preocupante que resulta que haya pasado desapercibida. Y es que, al igual que Sísifo, las nuevas generaciones deben empujar su propia piedra y seguir hacia delante, afrontando los problemas sin caer en la tentación de la regresión ideológica para ajustar cuentas. Porque ello tarde o temprano lleva a ajustarlas también a quienes, aún siendo inocentes, no comparten la misma visión del mundo. Y esa es precisamente la terrible mecánica del genocidio, que es algo más que la guerra de Gaza.


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