Game Over

Del CDU de 1999 al PP de 2013

21 de septiembre de 1994, Bonn (Alemania). En el Hotel Königshof tiene lugar un encuentro organizado por la Unión Demócrata Cristiana de Alemania, CDU, al que asisten, además de políticos, distintos personajes, entre ellos algunos pintorescos empresarios. Durante la jornada, un hombre en silla de ruedas de mediana edad coincide con un empresario de cara redonda y aspecto bonachón. Ambos, tras mantener una conversación amigable, se despiden con cordialidad. A la mañana siguiente, el empresario acude al despacho del hombre de la silla de ruedas. Una vez los dos a solas, el empresario arroja sobre la mesa 100.000 dólares cuidadosamente guardados dentro de un sobre. Y esbozando una sonrisa cómplice, espeta: “Para que haga usted lo que le plazca con ello”. Poco tiempo después, el gobierno del canciller Helmut Kohl autoriza una importante operación de venta de armamento a Arabia Saudita.

El hombre de la silla de ruedas era Wolfgang Schäuble, actual ministro federal de Finanzas de Alemania. Y el personaje con quien se reunió en aquel hotel, y de quien recibió posteriormente el sobre con 100.000 dólares, era un empresario germano-canadiense, Karlheinz Schreiber. Un traficante de armas y lobbista muy popular en los círculos políticos conservadores alemanes.

El mayor escándalo político desde la II Guerra Mundial

Cinco años después de aquel encuentro en el Hotel Königshof, el 4 de noviembre de 1999, el tribunal de distrito de Augsburgo, tras la exhaustiva investigación realizada por la fiscalía a Karlheinz Schreiber por evasión fiscal, ordena la detención de Walter Leisler Kiep, tesorero del CDU. Kiep se entrega al día siguiente y decide cooperar con la justicia. Entre otras informaciones, revela que tras la autorización de la venta de carros de combate a Arabia Saudita, el 26 de agosto de 1991, acompañado por el asesor fiscal Horst Weyrauch, se encontró con Karlheinz Schreiber en el peaje de una autopista. Y que éste le hizo entrega de una importante suma de dinero, cuyo destino final era la caja B del partido.

La confesión de Kiep trasciende a la opinión pública y estalla como una bomba en la sede central del CDU. Sin tiempo para hacer un control de daños, el 6 de diciembre el excanciller y presidente honorario del partido, Helmut Kohl, se ve obligado a salir al paso y afirmar que “no le consta” que su partido se financie ilegalmente. Pero Kiep le desmiente: “La cúpula del CDU [es decir, Helmut Kohl], estaba al corriente de estas donaciones”. Para cuando en el CDU se dan cuenta de que negar los hechos ha sido un error, un inmenso error, es ya demasiado tarde. Y la tormenta inicial, alimentada por la negación y la mentira, se transforma en tempestad.

No sólo termina implicado el propio secretario general del CDU, Heiner Geissler, sino que sale a relucir el sobre de dinero recibido por Schäuble cinco años antes, quien a la sazón es ni más ni menos que el presidente del partido. Schäuble, asegura que entregó el contenido del sobre íntegro a la tesorera Brigitte Baumeister. Y que sólo tiempo después supo que la entrada del dinero no fue anotada correctamente. Sin embargo, Brigitte Baumeister lo desmiente y acusa a Schäuble de habérselo apropiado. Terminan relacionándose los 100.000 dólares “donados” por KarlheinzSchreiber y la autorización de la venta de carros de combate a Arabia Saudita. Pero este extremo no puede ser probado. Y tampoco que Schäuble supiera a dónde había ido a parar el dinero. Pero sí se demuestra que la venta de armamento tuvo posteriores contrapartidas económicas no legítimas. Más tarde, Schäuble también fue preguntado sobre la existencia de cuentas secretas en Suiza. Lo cual niega. Pero añade que es el despacho del asesor fiscal Horst Weyrauch el que gestiona los dineros del partido, que es una forma de decir que, en caso de que esas cuentas existieran, el no podía saberlo.

Tras un rosario de confesiones, contradicciones y desmentidos, el dinero aflorado relacionado con las donaciones ilegales sumó la nada despreciable cantidad de 20 millones de marcos. Aunque con el tiempo esta cantidad aun sería más elevada. Schäuble admitió que la CDU había mantenido cuentas de fideicomiso con el asesor fiscal Weyhrauch, en las cuales era depositado el dinero de la donaciones ilegales. Pero aseguró que no eran cuentas secretas.

Nuevos escándalos afloran y se descubren ingentes cantidades de dinero negro que cambian de manos. El 29 de noviembre, el diario Der Spiegel aporta nuevos datos sobre ingresos no declarados en las cuentas del CDU por importe de varios millones de marcos. Las pruebas son abrumadoras. Es la gota que colma el vaso. Y Helmut Kohl, forzado por su entorno, reconoce que no sólo estaba al corriente de lo sucedido, sino que él mismo había repartido las donaciones ilegales a las diferentes sedes del CDU y a sus asociaciones. Sin embargo, se niega en redondo a revelar los nombres de los donantes.

Finalmente, el 2 de diciembre se abrió una investigación en el Bundestag. Y el escándalo alcanzó dimensiones colosales. El daño infligido a la imagen del partido fue de tal magnitud que muchos de sus miembros dieron por hecho que el CDU desaparecería. Pero entonces se produjo un giro inesperado.

“Mi chica”

El 22 de diciembre, la protegida de Helmut Kohl, una prometedora política a quien él mismo se refería como “mi chica” (mein Mädchen), decidió dar un paso al frente. Esta mujer, cuyo nombre era y es Angela Merkel, firmó un artículo de opinión en el diario Frankfurter Allgemeine Zeitungen el que compelía a los miembros del CDU a repudiar públicamente a su mentor y apartarle del partido. Dada la dimensión histórica y el peso del personaje, aquello era algo inconcebible. Pero Merkel se mantuvo firme. Era preciso abrir puertas y ventanas para que corriera el aire, aceptar la responsabilidad legal y económica de lo sucedido (el CDU fue condenado a pagar 41 millones de marcos) y asegurarse de que la crisis no se cerrara en falso, aunque ello supusiera volver a empezar desde cero. No había otra alternativa. Era eso o desaparecer por el sumidero de la Historia.

Éxito in extremis

Pese a que más adelante Angela Merkel se opuso a nuevas investigaciones y no depuró a fondo el partido tal y como había prometido, su acción resultó decisiva. Para muchos se trató de un acto de traición y deslealtad imperdonable. Pero para la gran mayoría también fue una demostración de inteligencia, determinación y valentía. Sea como fuere, lo cierto es que Angela Merkel consiguió lo que parecía imposible: controlar los daños, renovar el partido y limpiar su imagen. Y todo en un tiempo récord. Lo cual no sólo fue beneficioso para el CDU, sino también para la política en Alemania. Sí, hizo algunas trampas, no pocas. Pero a fin de cuentas la política siempre es política. De hecho, pese a que Wolfgang Schäuble dimitió como presidente del CDU, no fue apartado ni del partido ni de la política. Y hoy es ministro en el gobierno Merkel, ni más ni menos que el tipo que supervisa con mano de hierro el estado de las cuentas españolas, italianas, portuguesas y griegas en plena crisis del Euro.

De la Alemania de 1999 a las España de 2013

La pregunta que plantea el precedente alemán es si hoy en el Partido Popular alguien podría emular la “proeza” de Merkel. Y aunque en principio nada es imposible, las enormes diferencias, no ya entre la clase política alemana y española y quienes las componen, sino entre las instituciones de ambos países, hace temer que nadie dará un salto mortal semejante. De hecho, se esperaba que Mariano Rajoy fuera ese héroe dispuesto a regenerar el PP, cortando la cabeza de su mentor (Aznar), tal y como la chica de Hamburgo hizo con el suyo (Kohl), para luego regenerar España. Pero al final ni una cosa ni otra.

En lo que se refiere a la perversa naturaleza de nuestros partidos, teniendo en cuenta que la militancia de base es orgánicamente irrelevante, cualquier acción que no estuviera orquestada y sustentada por la cúpula, estaría abocada al fracaso. Y si los cambios sólo pueden ser promovidos, organizados y sustentados desde arriba, los resultados serán siempre decepcionantes. Por eso, el artículo publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, con el cual Merkel abrió fuego a bocajarro, buscando el apoyo no sólo de los militantes del partido, sino de todos sus votantes, aquí sería algo tan inútil como innecesario. Casi una excentricidad.

En cuanto a los medios de información, decisivos en el caso alemán, más que primar el celo por la información objetiva y el análisis riguroso, que es lo que catalizaría cualquier proceso de depuración, hacen uso partidario o intrapartidario de la información; es decir, se instrumentaliza. Además, en España, al contrario que en Alemania, los periodistas no están amparados por el derecho a no revelar toda la información, o la manera en que ha sido conseguida, y no pueden proteger a sus fuentes, lo cual hace que el acceso a informaciones sensibles sea mucho más complicado. Los escándalos pueden ser silenciados, aun cuando ya han aflorado. O incluso, dirigidos y modulados.

Por último, en el caso alemán, el trabajo de la fiscalía y los tribunales, no sólo su celeridad y rigor, sino también su anticipación, resultó determinante. Y en última instancia a buen seguro fue lo que forzó a Merkel a tener que tomar una decisión tan drástica y expeditiva. Si la justicia alemana hubiera estado politizada y hubiera sido tan extremadamente lenta y dilatoria como la española, quién sabe si Angela Merkel se habría tomado las cosas con mucha más calma, tal y como aquí desgraciadamente es costumbre. Así que, analizado el precedente y sus paralelismos, que cada cual saque sus propias conclusiones. Como primera providencia, decir que lo que asusta no es en sí la corrupción galopante, que también, sino la ineficiencia y vacuidad de nuestras instituciones; esto es, la ausencia de Democracia. 


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