Game Over

Artur Mas y la explosión de la burbuja política

Si los españoles fuéramos capaces de liberarnos por un momento de nuestras emociones, quizá comprobaríamos que el desafío soberanista del molt honorableArtur Mas obedece, como casi todo lo demás, a la lógica perversa de nuestro modelo político-económico. De hecho, no es casualidad que coincida en el tiempo con el programa de compra de bonos del Banco Central Europeo (BCE) y la luz verde del Tribunal Constitucional alemán al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). Quizá sea que algunos ilustres personajes, ante las buenas nuevas, han entendido equivocadamente que lo peor ya ha pasado y que es momento de forzar la mano y lanzar un órdago que, todo sea dicho, tiene mucho más de urgencia que de convicción. Así que antes de nada deberíamos repasar nuestras cuentas, las de todos. Ya que lo que está sucediendo tiene más que ver con ellas que con la disparidad de sentimientos respecto de la unidad de destino en lo universal.  

España sigue igual. Es decir, peor

Hace pocos días supimos que en el segundo trimestre de 2012 la deuda de las administraciones públicas alcanzó la cifra récord de 804.388 millones de euros (17,5 millones de euros por español). Lo que equivale al 75,9% del PIB del Reino de España. Y según estimaciones del Gobierno, el ratio de la deuda sobre el PIB alcanzará el 79,8% a final de año; es decir, prácticamente el 80%, sin contar, claro está, con el uso del dinero prestado por nuestros socios europeos para rescatar el sector bancario y, también, dando por hecho que el déficit no se desboque, lo cual es mucho suponer.

En lo que respecta a las comunidades autónomas, también según los datos disponibles del segundo trimestre del año en curso, la deuda ha aumentado un 10,9% interanual, hasta alcanzar la cifra de 150.578 millones de euros. Guarismo que según el Banco de España es el más alto de toda la serie histórica. Es decir, que pese al compromiso de estabilidad presupuestaria, el endeudamiento de las regiones no deja de crecer. De hecho, ya en el segundo trimestre de 2012 era un 2,8% superior al de todo 2011.

Por comunidades, la más endeudada es Cataluña, con 43.954 millones de euros (29,1% del total de la deuda acumulada). A continuación, en este ranking del terror, están la Comunidad Valenciana, con 21.364 millones de euros (14,1% del total), y Madrid, con 17.108 millones de euros (11,3%). Después Andalucía (15.442 millones), Galicia (7.627 millones), País Vasco (7.153 millones), Castilla-La Mancha (6.795 millones), Castilla y León (5.894), Baleares (4.673), Canarias (3.847), Aragón (3.767), Murcia (3.282), etc. Pero, por encima del vértigo que producen estas cifras, lo más alarmante es que ninguna comunidad ha logrado reducir su endeudamiento con respecto al año anterior. Es más, se ha incrementado. Ergo, no sólo seguimos en rumbo de colisión sino que nuestra velocidad, lejos de disminuir, aumenta.

Ahora, con el acceso al crédito cerrado a las comunidades autónomas, nos adentramos a marchas forzadas en la fase final de nuestra crisis particular, la explosión de la madre de todas las burbujas: la burbuja política. Y todo apunta a que es en Cataluña donde estallará primero. De ahí que Artur Más cargue contra el Estado. No por convicción sino porque se le ha espantado el caballo ante la visión de lo que se le viene encima.

No es sólo el nacionalismo

En el modelo político español (que es también el de Cataluña), quienes gobiernan deben sus cargos, mucho más que al sufragio, a los apoyos directos o indirectos de una multitud de personajes imbricados en esas superestructuras de poder casi absoluto que son los partidos políticos. Ahí se articulan infinidad de intereses que luego dan forma a eso que denominamos “lo público”. Un entorno relacional de acceso restringido que, en la práctica, es un enorme mercado de prebendas y favores del que se sirven los partidos con representación para extender su influencia. En el caso de Cataluña, en ese entorno, que es particularmente extenso, han encontrado acomodo muchos personajes con pulsiones independentistas y cuyos intereses –más económicos que políticos– se confunden arteramente con el interés general de los catalanes.

Pero claro, sin dinero, no hay regalías. Y sin regalías no hay político profesional que pueda seguir por mucho tiempo en el poder, ni partido que no pierda fuelle. El sistema deja de funcionar. Por lo tanto, el desafío de Mas no es un delirio que obedezca a una pulsión exclusivamente nacionalista. Es la mecánica perversa de este modelo lo que empuja a la clase política catalana a emprender una huída hacia delante, tal y como está sucediendo con la clase política española en su conjunto. Pues todos los barones autonómicos, de forma abierta o disimulada, parecen haberse declarado en rebeldía en lo que respecta a la contención del déficit. Y a las cuentas me remito.  

Tal y como apuntaba Jesús Cacho en su columna da hace dos domingos, Cataluña no necesita más autogobierno, sino más democracia. Exactamente la misma medicina que está pidiendo a gritos el resto de España. Porque no es sólo que los catalanes no encuentren encaje en la España oficial, sino que casi ningún ciudadano español a día de hoy lo encuentra. Digámoslo claramente, el desafecto hacia esta España oficial no es cosa exclusiva de los catalanes sino que es un sentimiento que se extiende a lo largo y ancho de esta piel de toro. Y la solución a este problema no llegará nunca de la mano de quienes se odian y pugnan entre sí por conservar su cuota de poder dentro de este sistema cerrado. Los españoles, todos, debemos darnos cuenta que no es posible seguir emborrachándose de sentimientos y renegando de la racionalidad. Porque es en ese limbo puramente emocional donde hacen carrera los malvados.


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