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Artur Mas, excrecencia de la España esencial

Fue Ramiro de Maeztu quien en 1913 escribió que “Al cabo, España no se nos aparece como una afirmación ni como una negación, sino como un problema”. En esta frase se resume todo un pensamiento que de alguna manera intentaba desentrañar los problemas seculares de nuestro país desde una visión casi exclusivamente psicológica. Y no es de extrañar que desde esa perspectiva, para él y para la mayoría de los intelectuales de su generación, la vieja y achacosa España resultara ser un problema sin solución. Pues ese hábito de querer entender España desde un punto de vista esencialista es lo que nos ha impedido a los españoles estudiar nuestra historia de forma rigurosa, y conocernos a nosotros mismos mediante el análisis de factores sociales y económicos; es decir, basándonos en datos objetivos y empíricos en vez de creencias, tal y como desde hace siglos vienen haciendo los historiadores de otros países.

La España esencial, la Transición y el desencanto…

Para empezar a poner las cosas en su sitio respecto de cuál es el verdadero problema español no hace falta remontarse al proceso de declinación de la España imperial, llegar al desastre de 1898, que supuso la liquidación de los restos del imperio y la conversión definitiva de España en causa perdida y, desde ahí, a la Segunda República. Basta con volver la mirada a nuestro inmediato pasado y comprobar cómo el periodo más próspero de la historia de España, el que va desde 1975 al año 2000, ha devenido en la mayor crisis que se recuerda.

Conviene recordar que antes y durante la Transición y a la vista de una prosperidad a tiro de piedra, fue el ciudadano común quien, sin necesitar demasiada pedagogía, optó por ser generoso. Y con el fin de alejarse de la pobreza, renunció al monólogo y al dogmatismo heredados del régimen franquista y apostó por una libertad práctica aunque modesta. Y con insospechada facilidad, el español común se liberó de esa hipnótica fascinación por el fracaso y la derrota que le había acompañado durante siglos; es decir, renunció a la España esencial. Posteriormente, a la muerte del dictador, los políticos (casi todos herederos del régimen franquista en alguna medida) catalizaron este proceso y confeccionaron a la sociedad española un nuevo traje más amplio y confortable. El objetivo era que ese impulso modernizador que bullía en la sociedad (esta vez mucho más generalizado que aquellos exclusivamente regionales de la Cataluña y el País Vasco del siglo XIX y principios del XX) transformara España en un estado próspero, similar a sus homólogos europeos. Y, aunque acongojados por el ruido de sables, los políticos estaban encantados ante la perspectiva de llegar a gobernar un país de nuevo poderoso y, lo que es más importante, mucho más rico. Pues, como dice el refrán, quien parte y reparte…

Lamentablemente, al poco el corte del traje confeccionado por los padres de la patria se demostró bastante mejorable. Y tan pronto la riqueza aparente devino en borrachera, empezaron a saltar las costuras. Y si bien es cierto que los ciudadanos, cegados por el resplandor de ese nuevo El Dorado, no quisieron ver los defectos del sistema, no menos cierto es que la clase política, a lomos de una sociedad laboriosa y preocupada exclusivamente por su bienestar, legisló en su propio beneficio, de tal suerte que en unos pocos años el milagro se tornó espejismo. Y el espejismo en catástrofe económica.

Pues bien, en este desastre, como en otros precedentes, nada ha tenido que ver la maldición de la psique española o el fatalismo. El único hecho cierto y demostrable es que nuestra democracia, privada de los mecanismos de control más elementales, quedó a merced del corto plazo, el oportunismo político y los intereses de unas minorías; es decir, estaba condenada a fallar estrepitosamente. Por lo tanto, nuestra dramática situación actual tiene muy poco que ver con cuestiones psicológicas relacionadas con la sociedad española o la España esencial. El sistema tenía que fallar porque estaba mal diseñado. Ergo, antes que recaer en el delirio de la visiones esencialistas, hay que insistir hasta la extenuación en reformar nuestra democracia.

… Y del desencanto a la Cataluña esencial de Artur Mas

Sin embargo, de todos es sabido que los políticos prefieren mentira en paz que verdad en guerra. O sea, que dejarán que la democracia se pudra hasta que el hedor sea insoportable antes que reconocer el fracaso del modelo surgido de la Transición. Lo cual es un gravísimo error que quizá derive con el tiempo en un desastre aún mayor. Pero en el caso de los políticos nacionalistas la postura es aún, si cabe, más mezquina. Pues además de hurtar a la sociedad cualquier posibilidad de regeneración democrática, tal y como hacen sus hermanos gemelos de ámbito estatal, aprovechan la podredumbre para dar rienda suelta a sus ambiciones. Así, Artur Mas, miembro destacado de esa legión de falsos liberales españoles que viven del cuento; es decir, de la cosa pública, promete salvar a los catalanes de la catástrofe por la vía de la independencia y la separación de España. Para él los 45.000 millones que adeudan las manirrotas y corruptas administraciones catalanas no existen, como tampoco existe la desastrosa gestión de la casta política catalana. La consigna es inequívoca: el enemigo no está dentro sino fuera. Y como un pseudo intelectual español de finales del siglo XIX o principios del XX, asegura que el problema no es otro que la España esencial, la psique española y, por ende, lo español. Y la solución es pues muy sencilla: dejar de ser españoles. Y punto.

Si yo viviera en Cataluña estaría muy preocupado ante la posible segregación de España, pues tan visionario estadista, además de posicionarse en las antípodas de la imprescindible regeneración democrática, tiene tics totalitarios. De hecho, Artur Mas es un español esencial en cuerpo y alma disfrazado de catalanista. Tan es así que aquel lema de “¡Una, Grande y Libre!” ha inspirado su propio grito de guerra: “¡Una Cataluña grande y libre!”. En cierta forma, lo que propone el Rey Artur es convertir Cataluña en una versión reducida de la infumable España esencial, esa nación fatal y deprimente de la que los españoles intentan zafarse para poder sobrevivir. Y para ello no duda en contraponer al mito de la psique española el no menos disparatado mito de la psique catalana. Y es que para Mas y los que piensan como él, los territorios y las supersticiones y no las sociedades libres son los que dan forma a los estados-nación. Como si los hombres se pudieran clasificar a modo de plantas exóticas que sólo florecen en algunos lugares y bajo determinadas condiciones. Así, y en función de este principio, la ingeniería social hará florece una plata u otra; una psique u otra; un ciudadano esencial u otro. Y los españoles, y por lo tanto también los catalanes, debemos negarnos a ser cultivados en el invernáculo de una España esencial, de una Cataluña esencial o de un País Vasco esencial. Por el contrario, debemos aspirar a vivir libres dentro de un estado español moderno, plural, de verdad democrático y, en consecuencia, próspero. Esa debería ser nuestra lucha, la de todos.


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