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Aprender a querer a España

Hace no mucho, Ellie, una mujer norteamericana de edad muy avanzada pero gran lucidez y sensibilidad, por razones que no vienen al caso, me escribió una larga e interesante carta, en la que desde el principio me desvelaba que conocía muy bien algunos países de Europa, entre ellos España. Lo cual, pienso, era una forma elegante de prevenirme para que no cayera en el común prejuicio de juzgarla, como norteamericana, ignorante y alejada de nuestras convenciones y estilo de vida y leyera con atención sus palabras.

Europa y Europa

El periplo europeo de Ellie, según relataba, comenzó allá en los sesenta, cuando su esposo Ted, miembro de la United States Air Force, fue destinado a Europa. Tras un calvario de breves estancias en diferentes lugares del viejo continente y un sinfín de mudanzas, se vieron recompensados con un destino prolongado en Francia. Y así, Ellie y Ted, que añoraban la familiaridad y buenas relaciones con sus vecinos en Portland, Oregón, tuvieron tiempo suficiente para intentar estrechar lazos con las personas de su nuevo lugar de residencia. Pero transcurrieron los meses, y los franceses seguían siendo tan distantes e inaccesibles como el primer día. Así, cumplido el año sin que existiera casi interacción alguna, Ellie llegó a la conclusión de que los esfuerzos por integrarse en aquella comunidad eran inútiles.

La pareja norteamericana pasó meses en Francia, donde sus habitantes siguieron siendo tan distantes e inaccesibles como el primer día

Aquella mala experiencia hizo que Ellie empezara a pensar que quizá Europa no era más que un continente inhóspito, desagradable y rancio. Un conjunto de naciones petulantes y ensimismadas, con cierta propensión a la autodestrucción, que si bien no habían tenido reparos en aplaudir el sacrificio de centenares de miles de jóvenes norteamericanos cuando el agua les había llegado al cuello, olvidaban ahora la sangre tan generosamente derramada por aquellos boy scout a los que, para colmo, tachaban de paletos e ignorantes.

España: hogar, dulce hogar

Cuando la estancia en Francia llegó a su fin, Ellie sintió un gran alivio. Sin embargo, su felicidad duró poco. No volvían a casa, sino que a Ted le trasladaban a otro país de Europa. Ese país era España. Y es aquí cuando la carta de Ellie empieza a ser emocionante y, de alguna forma, demoledora, hasta el punto de que aquellos a los que España les duela a buen seguro sentirían al leerla un nudo en la garganta. Su cariño, admiración y, sobre todo, gratitud hacia esta pobre nación, tan denostada por todos y, muy especialmente, por quienes la poblamos, me produjo una abrumadora congoja. ¿Cómo podía aquella mujer extranjera ensalzar de manera tan vehemente a esa España que, un día sí y otro también, era vapuleada sin piedad por sus propios ciudadanos?

En España, la norteamericana Elly se maravilló de la facilidad con que sus habitantes hacían burla de todo, incluso de lo más espantoso

No es que Elly, durante el tiempo que estuvo en España, viviera ajena a la falta de libertad y la censura impuestos en aquellos años por la dictadura. Al contrario, siempre fue muy consciente de esta realidad. Precisamente por ello se maravilló de la facilidad con la que los españoles hacían burla de todo, incluso de lo más espantoso. No había contratiempo o disgusto que, en última instancia, no terminara en chascarrillo, en guasa. Para Ellie, aquel sentido del humor impenitente, que a todo, incluso a lo más solemne o tenebroso, le hacía burla, era una forma de rebeldía, nunca de resignación. No menos fascinación le producía también el trato que se dispensaban entre sí las gentes, sin reverencias ni distingos, con una franqueza y un lenguaje directo que Ellie no recordaba haber visto en ningún otro lugar de Europa.

Una mirada limpia

Era evidente que España, pese a todos sus defectos, que son muchos, enamoró a Ellie. Sin duda, en gran medida ese sentimiento fue debido a que aquí había encontrado esa hospitalidad que ella y su marido, tan lejos de casa y de los suyos, habían buscado con desesperación y sin éxito durante años. Pero había algo más. En su opinión, los españoles no sólo tenían una forma de ser diferente, mucho más cálida que la de franceses o alemanes, sino que eran antagónicos a esa rancia solemnidad y agotamiento que, a su juicio, impregnaban al resto de Europa.

Para Elly, España distaba de ser una nación aletargada, sin solución. Veía un país mucho más joven y vital que esos otros europeos, en apariencia más serios y aseados

Ellie jamás percibió en España esa mentalidad de fin de trayecto que sí destilaban las gentes del viejo continente, sino que tuvo la impresión de que este era un país nuevo para el que la Historia no había empezado. Un disparate a primera vista, si tenemos en cuenta que España es, en principio, la nación más vieja de Europa. Pero quizá, tal y como Ellie lo veía, si bien la España oficial era un ente aún más apolillado y decrépito que el resto de naciones europeas, todas tan faltas de estímulos, tan llenas de corrupción y prejuicios, la España real, la que latía debajo de aquella cáscara ruinosa y que ella había capturado con esa mirada limpia del que viene de muy lejos, era como un niño que aguardaba impaciente a que le soltaran la mano para echar a correr.

Sorprende la facilidad con la que Ellie desmontaba en su carta, con sólo dos párrafos, esa imagen pésima que nos había acompañado desde finales del siglo XVII, la de un país antaño poderoso y orgulloso condenado a un endémico retraso económico, científico, tecnológico y, en definitiva, racional. Para esta norteamericana, convertida a la fuerza en infatigable viajera, España distaba mucho de ser una nación aletargada, que vivía del recuerdo de glorias pasadas, sumida en la pereza, la superstición y la intolerancia. Toda esta imaginería de una nación sin solución, que se había sumido en la depresión absoluta tras la pérdida del imperio americano a principios del siglo XIX, se le antojaba una burda caricatura que ya no se correspondía con la realidad. Por el contrario, veía un país mucho más joven y vital que esos otros europeos, en apariencia mucho más serios y aseados. Un nación extraordinariamente diversa y compleja, y sin embargo afable, que transpiraba por todas partes una necesidad de ser que, por alguna razón, no terminaba de imponerse a la hipnótica atracción por el fracaso y a la propensión al monólogo, a la ausencia de un diálogo sincero.

La última visita

A principios de los años setenta, Ellie y Ted regresaron a Estados Unidos, a su casa de Portland, en el pueblo de Eugine. Sin embargo, una vez libres de las obligaciones del ejército, viajaron a España por su cuenta en diferentes ocasiones a lo largo de los años ochenta y noventa. Pero es recordando su última visita en el año 2008 como Ellie terminaba su carta, preocupada por el resurgimiento de un dogmatismo impostado e irritante que crecía al amparo de una transformación política inconclusa, una economía agotada y la apatía generalizada. Y se lamentaba de que aquel niño, que conoció por primera vez hace casi cuarenta años, siguiera sin poder echar a correr. Sin embargo, se mostraba esperanzada, porque, para ella, al contrario que para muchos de nosotros, detrás de todos estos nubarrones, seguía viendo esa necesidad de ser, ese futuro aún pendiente al que, por más que digamos renunciar, en opinión de Ellie, jamás hemos dejado de aspirar los españoles.

Por último, antes de la despedida de rigor, la carta concluía con la siguiente frase: “Espero y deseo que los españoles algún día aprendan a valorar lo que tienen”. Sólo puedo añadir que yo también, Ellie, yo también.


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