Game Over

Adiós a 2013, el año de las luces

El 4 de junio de 2007 una revista de difusión nacional publicaba la fotografía de Mariano Rajoy, en aquellos días eterno candidato a la presidencia de España, luciendo unos calcetines con sendos tomates en los talones. La imagen, aunque dio lugar a infinidad de chanzas, no pasó de la anécdota. Hoy, a la vista de su acción de gobierno, resulta tentador abusar de aquella desgraciada fotografía para retratar a un personaje apocado, falto de carácter y coraje, para el que, desde luego, lo de vestirse por los pies no es lo suyo. 

Sirva aquella estampa al menos para preguntarnos cómo alguien tan inconsistente y descuidado, en el que la voluntad de poder fue reemplazada por esa otra menor, tan dañina, como es la de la estricta supervivencia, que sólo es capaz de gobernar a remolque de los acontecimientos y que, además, demuestra una concepción del Estado trasnochada, casi prusiana, puede estar liderando una nación descompuesta que ha de afrontar un siglo XXI efervescente. ¿Qué modelo político es este que restringe nuestra elección entre lo malo o lo pésimo, entre suicidio o muerte? 

Too big to fail:ese era el gran plan “secreto”

Transcurridos más de dos años desde el inicio de esta legislatura, no hay nada de lo que este gobierno pueda enorgullecerse, ni un solo motivo por el que el actual presidente deba sacar pecho. Muy al contrario, el rosario de calamidades de este 2013 que ahora termina es apabullante. Y el sueño de Rajoy de retirarse en breve, con unos cuantos logros menores en su haber con los que cubrir el expediente, se esfuma. 

Su único acierto, si así puede llamarse tal cosa, ha sido utilizar a su favor el peso muerto de una nación que, al contrario que la desafortunada Grecia, representa un riesgo, que dicen sistémico, capaz de llevarse por delante a los opacos bancos alemanes, al euro y, en definitiva, a la Unión Europea al completo, desencadenando un tsunami que cruzaría el Atlántico a la velocidad del sonido. 

En efecto, al amparo de ese too big to fail han seguido nuestros políticos como si la crisis no fuera con ellos, jugando al ratón y al gato y, sobre todo, endeudándonos. Pero de gobernar, poco. Sin plan A ni plan B, el gobierno hace tiempo que lo fió todo a la magnanimidad del BCE, el abrupto descenso de la prima de riesgo, la vuelta del dinero forastero al olor de la rapiña y el espíritu de frontera de un pelotón de modestos, amén de heroicos, empresarios. Entretanto el viento vuelve a ser favorable, o no, Mariano y sus ministros caminan por el alambre, con la pesada losa de la corrupción a cuestas, aferrados a esa improvisada barra de equilibrista que es la impenitente subida de impuestos y los recortes discrecionales. Eso sí, de cuando en cuando Mariano tiene el detalle, o la crueldad, de agradecer el sufrimiento de un pueblo desesperado e insistir en aquello de que ya se ve una luz titilar en la lejanía. 

La apoteósica cuesta abajo del Régimen

Era de prever que, con un bagaje de ideas y talento tan escaso y, por el contrario, tanto lastre, tanta corrupción a cuestas, las estrecheces fueran en aumento y el pastel a repartir terminara por menguar demasiado. Tenía que suceder y ha sucedido. Ya no llega el botín para todos. De ahí que las tensiones en el seno del establishment se hayan descontrolado. Las castas separatistas, las fábricas de hacer dinero y favores que antaño eran los tradicionales oligopolios, los oligarcas regionales y sus legiones de paniaguados y todas las demás tribus acostumbradas a vivir del presupuesto, o de la legislación a medida, andan ahora a la greña, lanzando puñaladas al aire. Todos con sus detectives a sueldo y los trapos sucios al viento, saturando los juzgados para nada. Y así, en la recta final de su existencia, el Régimen se precipita por una vertiginosa pendiente, sin frenos y con un tipo a los mandos que, en vez de agarrar el volante, se tapa los ojos con las manos. 

Es tal el despropósito, el disparate, que hemos llegado a un punto en el que aquella chaladura de que Montesquieu había muerto se ha convertido en una hipérbole, una sentencia grandilocuente y estúpida. Imposible que tan ilustre personaje muriera en España cuando nunca pisó esta tierra y aún menos sus ideas volaron desde su Château de la Brède, en la región de Aquitania, hasta esta nación que, dicen, es la más antigua de Europa y, al parecer, la más maldita o la más idiota. 

Pese a todo, España sigue teniendo remedio

Mirado con la perspectiva del tiempo, aquel triste par de calcetines es hoy una metáfora que cobra especial significado. Las ínfulas de don Mariano, que no tiene reparos en definirse a sí mismo como demócrata, las de sus fieles seguidores y demás aventajados defensores del Régimen, todos ellos empeñados en sobrevivir aferrados a la estrechez intelectual y la indigencia moral propias de las peores tiranías, lucen un disfraz barato, andrajoso y lleno de agujeros, detrás del cual asoma una España oficial que se pasea, por fin, con las vergüenzas al aire, a la vista de todos. La fractura entre la España oficial y la real es ya absoluta, irreparable. Este es el bagaje que 2013 nos deja, la gran luz que empieza a iluminarlo todo. 

Aquí no ha habido nunca ni espíritu ni leyes, sólo mentiras: tiranía. De ahí que nos haya costado tanto entender que sin libertad real –la de los derechos y deberes, la de las normas claras y concisas iguales para todos– la pobreza se vuelve un mal endémico. Ahora ya sabemos que la creación de riqueza está íntimamente relacionada con la calidad de las instituciones, porque de ellas depende en gran medida la estructura de incentivos de la interacción humana. Así pues, ninguna medida exclusivamente económica pondrá punto y final a este calvario. La salida de esta crisis sólo será posible cambiando las reglas del juego, jubilando a los viejos actores y dando entrada a otros nuevos. 

Resulta, pues, inquietante que algunas organizaciones políticas, postuladas como alternativa a los partidos tradicionales, muestren una incomprensible devoción hacia la actual Constitución, esa que nadie cumple, y reverencien a un Monarca convertido en el cuello de botella del cambio. Por su bien, les recomiendo que no caigan en la tentación de darle más hilo a la cometa. Las nuevas reglas no deben servir para continuar con el viejo juego, sino para articular otro diferente: una democracia con todos sus atributos, con otros partidos políticos, gente distinta e ideas frescas. En definitiva, un sistema diferente que garantice la libre entrada a la política y a la economía, que haga de la igualdad de oportunidades un principio inviolable. No hay nada imposible. 

Sea como fuere, este año 2013, que ahora termina, debería haber colmado el vaso de nuestra paciencia y encendido al menos un par de luces. Ojalá que 2014 sea un año mejor para todos y, sobre todo, distinto. Les deseo mucha suerte.


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