Game Over

Adiós Señor Rubalcaba

El debate de ayer noche ha sido el último trámite de rigor, el penúltimo obstáculo, a priori comprometido, tras casi ocho años de peregrinar por el desierto de un tal Mariano Rajoy, personaje incomprendido incluso por los suyos, hasta tal punto que en más de una ocasión ha tenido que gritar aquello de “¡cuerpo a tierra que vienen los nuestros!”. Ahora sólo queda esperar a que no haya sorpresas, porque el último obstáculo serio es la decisión final del voto de más de un 30% de ciudadanos indecisos.

Contra el peor Rubalcaba - para algunos el mejor precisamente por eso-, se ha enfrentado el candidato popular al que le ha costado casi 20 minutos, como siempre, entender que la televisión no es el Parlamento. Y que hablar directamente a la gente precisa de otros aditamentos, como la cercanía, la convicción y el ritmo en la dicción. Cosas todas muy alejadas de la letanía de quien lee frías líneas escritas por terceros. Una Rajoy ha tomado conciencia del lugar y el medio - ¡oh, milagro! -, ha empezado a ser él mismo, que es a menudo quizá lo que más se suele echar en falta del personaje.

En términos generales, si se pudiera hacer un símil futbolístico, diríase que Mariano Rajoy ha sido el equipo favorito, más primoroso y aplicado, con cierta técnica y la lección aprendida, dispuesto a tocar el balón y a gustarse. Por su parte, Alfredo Pérez Rubalcaba ha representado a la perfección el papel de quien se sabe en inferioridad manifiesta, que opta por el juego duro, la zancadilla y la tangana, tratando de romper el partido, en ocasiones casi como un boxeador sin aire y sin juego de piernas que trata de trabarse con el contrario para, si es posible, dar algún que otro cabezazo y, con suerte, hacer daño al adversario.

Pero esta vez, quizá tras los consejos recibidos después de los peor que regulares primeros 20 minutos, el de Compostela ha leído a la perfección la jugada de su adversario, jugada muy pobre, dicho sea de paso. Las interpelaciones a modo de entrevista, casi interrogatorio en tercer grado, no han obrado el efecto perseguido de trabar la lucha dialéctica y acorralar al rival en la duda. Rajoy ha tomado el control, para alivio de muchos que ya lo vieron estrellarse en anteriores debates, y, desde ahí hasta el final, ha ganado la partida, ha tocado el balón con el ritmo necesario y lo ha sabido llevar casi siempre por el sitio que le era más conveniente. Sin excesos y, sobre todo, sin apurar su suerte: con prudencia.

En resumen, los primeros 20 minutos, gran susto que ha generado muchas dudas. Pero pasado el trance, el candidato socialista, sin discurso, casi haciendo las veces de sparring voluntario, ha terminado tocando la lona en al menos tres ocasiones. No ha habido KO, pues su discurso buenista del último tramo no invitaba a hacer más sangre. Al final, el marrullero Rubalcaba, en su intento de llevar la pelea a la corta distancia se ha llevando tal repertorio de golpes que, ya bastante tocado y dolorido, ha terminado aceptando el combate en la distancia que marcaba el rival, casi pidiendo la hora.

El debate de ayer no disipó las verdaderas dudas que nos asedian, pero sí hay cosas que ha dejado claras. Y una de ellas es que, salvo su voluntarismo y ese compromiso suicida de tratar de salvar los trastos a un partido político sin credibilidad alguna, el candidato socialista ha sido una sombra de sí mismo, quizá porque, leyendas urbanas al margen, a fin de cuentas siempre fue un político bastante mediocre. Y ayer noche la oscuridad que finalmente le envolvió fue de tal intensidad que hasta un político como Mariano Rajoy, ajeno siempre al exceso del éxito, terminó a su lado brillando como una estrella.

Alfredo Pérez Rubalcaba, demasiado pagado de sí mismo, se ha ido apagando poco a poco desde que se anunció su candidatura. No es hombre de primera línea sino de retaguardia, de intendencia cuartelera, oficial de campo de algún mariscal y, de cuando en cuando, si las circunstancias se lo han permitido, oficial de guardia. Sin bambalinas y tramoyas por medio, al fin se le ha visto durante estos meses tal cual es como animal político: poca cosa y muy mal líder. Sólo capaz de recurrir a lugares comunes, requiebros y retruécanos, sin ningún discurso de fondo ni cuando ha apelado a la irracionalidad ideológica. Hasta ayer noche, ha abusando de ese halo de superviviente peligroso e imprevisible, regalado durante mucho tiempo por el propio adversario. Pero, a la hora de la verdad, ese halo se ha disipado con los focos de un plató según se cumplía el minuto 21 del debate. Rubalcaba ya es historia, una historia menor, gris y, en ocasiones, negra de la democracia Española.

No sé si los españoles esta noche pasada han terminado creyendo que con alguno de los dos comparecientes es posible la salvación de este país y de las haciendas de todos. Pero, desde luego, lo que deberían tener ya meridianamente claro es que sólo hay un candidato. 


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba