OPINIÓN

El mundo al revés

En una economía de mercado se puede establecer un salario mínimo, pero es imposible obligar a ningún empresario, si no le salen las cuentas, contratar a nadie.

El mundo al revés.
El mundo al revés. Álvaro Ibáñez

Es de suponer –siempre han presumido de ello- que los partidos de izquierdas europeos y en particular los españoles estén especialmente interesados por la suerte de los más débiles, algo que cada vez se aleja más de sus posiciones políticas que resultan contradictorias con tal supuesta buena voluntad.

Tal contradicción se expresa con creciente franqueza en dos importantes ámbitos: las relaciones laborales y la globalización económica.

Todos los estudiosos del caso están de acuerdo en la estrecha relación entre el marco legal de relaciones laborales y nuestra crónica y enorme tasa de desempleo

Todos los estudiosos del caso –España líder del desempleo- están de acuerdo en la estrecha relación entre el marco legal de relaciones laborales y nuestra crónica y enorme tasa de desempleo. Las reglas del mercado de trabajo en España, de inspiración corporativista y defendidas por los socialistas de todos los partidos, al limitar severamente el funcionamiento del libre mercado disminuyen las oportunidades de trabajo de los más débiles: jóvenes sin formación y mayores con perfiles profesionales desactualizados. Dos ejemplos  lo ponen de manifiesto:

  1. El salario mínimo –que pocos países ricos tienen– expulsa del mercado de trabajo a los más débiles: aquellos cuya posible contribución al valor de mercado de un producto o un servicio de una empresa está por debajo del salario mínimo que debería recibir. Cabe añadir que el valor del mercado lo fijan los propios trabajadores en tanto consumidores.
  2. Los convenios sectoriales que determinan las condiciones de trabajo y los salarios de todas las empresas de un sector evitan que las nuevas empresas puedan competir con las viejas fijando libremente sus condiciones de trabajo y sus remuneraciones de acuerdo con sus trabajadores, no según el criterio de los de las demás empresas previamente instaladas. De este modo se restringe corporativamente la renovación empresarial, principal fuente de empleo a largo plazo.

La globalización de la economía como consecuencia de la liberalización de los mercados mundiales ha generado en las últimas décadas el mayor crecimiento económico y del empleo amén de la mayor destrucción de pobreza –sobre todo extrema- registrados en toda la historia de la humanidad. La globalización ha sido un gran  éxito sobre todo para los pobres del mundo.

Como lo dicho es incuestionable, los progresistas amigos de los pobres no se atreven a criticar frontalmente  las consecuencias de la liberalización de los mercados, pero llevan ya algún tiempo dándole vueltas a un regreso al proteccionismo para conservar los intereses creados de los trabajadores de los países ricos, entre ellos España. 

Los supuestos defensores de los intereses de los trabajadores están desnortados: apuntan a un sitio y disparan a otro

Llegados a este punto resulta evidente que los supuestos defensores de los intereses de los trabajadores están desnortados: apuntan a un sitio y disparan a otro. Se postulan como defensores de los pobres pero tratan de hacer políticas en contra de ellos.  

En una economía de mercado se puede establecer un salario mínimo, pero es imposible obligar a ningún empresario –si no le salen las cuentas- contratar a nadie. Por otra parte quienes no sólo defienden tal restricción sino que además quieren elevarla -¿hasta cuanto?– están usurpando la libre voluntad de los trabajadores que podrían estar interesados en trabajar por un salario menor; porque “no hay trabajo malo hasta que se encuentra otro mejor”*.

Por otra parte, tal y como se demostraba cumplidamente en un artículo anterior –Miedo a la libertad-, las restricciones a la libertad económica y la proliferación de barreras al emprendimiento perjudican el crecimiento económico y por tanto la creación de empleo. La nueva retórica populista que desea –incluso en EE.UU.– poner palos a las ruedas de la globalización lo único que puede conseguir es un mundo peor para todos, pero sobre todo especialmente malo para los más pobres que verían constreñidas sus mejores esperanzas de futuro.

Nuestras exportaciones han venido creciendo con tanto vigor y consistencia que su contribución a la formación del PIB no sólo supera ampliamente la media mundial, sino que deja muy atrás a China, EE.UU., Francia, Reino Unido e Italia

Los formidables datos de las exportaciones españolas de los últimos tiempos son la mejor demostración de todo lo dicho. En los últimos años nuestras exportaciones han venido creciendo con tanto vigor y consistencia que su contribución a la formación del PIB no sólo supera ampliamente la media mundial, sino que deja muy atrás a China, EE.UU., Francia, Reino Unido e Italia; entre los grandes países europeos sólo Alemania nos sigue superando.

Este comportamiento de las exportaciones está posibilitando dos hechos económicos excepcionalmente importantes: un recurrente saldo positivo de nuestra balanza comercial –por primera vez en nuestra historia– que contribuye a la disminución de nuestra enorme deuda exterior y una gran contribución al crecimiento –más de una cuarta parte- de la economía y del empleo.

El cuestionamiento de la globalización haría imposible, de tener éxito, la muy beneficiosa expansión de nuestras exportaciones; que además sirven para financiar las necesarias importaciones para seguir creciendo. 

Las empresas exportadoras son típica y necesariamente más innovadoras y competitivas que las que sobreviven al margen de la competencia internacional

Por otra parte, las empresas exportadoras son típica y necesariamente más innovadoras y competitivas que las que sobreviven al margen de la competencia internacional y además retribuyen mas a sus trabajadores como consecuencia de desempeñar tareas de mayor valor añadido. El sector automovilístico y el agroalimentario –que lideran las exportaciones-  atestiguan lo que se acaba de decir, gracias a no estar encorsetados en convenios sectoriales que harían imposible su competitividad.

Quienes se presentan como abanderados de los pobres, salvo que quieran multiplicarlos en vez de reducirlos, deberían por honestidad intelectual y moral abandonar unas políticas que quizás puedan proporcionar votos a corto plazo, pero al alto  precio de perjudicar a quienes dicen querer beneficiar.

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*En un reciente libro de Javier Marías Así empieza lo malo (2014), se puede leer —págs: 54/55— lo siguiente: “Casi recién terminada mi carrera (…) había te­nido suerte de que a través de mis padres me llegara un empleo peculiar y transito­rio (…) no gran cosa y sobre el que la mayoría de los jóvenes de enton­ces —años 70 del pasado siglo— suscribíamos lo que mi padre — ¿Julián Marías?— solía decir: No hay trabajo malo, mientras no haya otro me­jor”.


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