OPINIÓN

Cuando el Estado deja de ser la solución para ser el problema

Es responsabilidad de la sociedad civil alzar su voz, para caso por caso –mediante la fórmula “popperiana” de la ingeniería fragmentaria- ir empujando el Estado hacia su justa y necesariamente menor dimensión.

Cuando el Estado deja de ser la  solución para ser el problema.
Cuando el Estado deja de ser la solución para ser el problema. EFE

Un somero examen de los principales problemas de España pone de relieve en que medida la mayor parte de ellos tienen que ver con un mal o un exceso de Gobierno.

Veamos algunos ejemplos.

El problema catalán no existiría en los términos actuales o tendría una mínima expresión si no se hubieran dado, al menos, tres circunstancias: el adoctrinamiento político en las aulas, la propaganda política de los medios de comunicación y la subvención de todo tipo de actividades de entidades secesionistas que han creado un verdadero ejército de profesionales al servicio de su causa; todo ello financiado con dinero público.

El crónico desempleo que viene padeciendo España es la consecuencia lógica de una desafortunada regulación del mercado de trabajo en connivencia con unos sindicatos mayormente subvencionados por el Estado.

La corrupción que hemos venido padeciendo ha estado asociada, sin excepción, con decisiones políticas y recursos económicos públicos.

La marcha de la economía está condicionada por las políticas públicas, como demuestran: una presión fiscal desincentivadora de la actividad económica, una proliferación normativa que restringe la creatividad empresarial y hasta fragmenta el mercado interno, obstáculos administrativos de todo tipo al crecimiento de la innovación y el tamaño empresarial, ayudas públicas injustificadas o clientelares, etc.

Detrás de esta lógica preocupación social se encuentran prácticas políticas como: la financiación pública de los partidos políticos con el insólito y absurdo gigantismo que conlleva

A las citadas preocupaciones, añaden los españoles –según revelan los sondeos del CIS– otra de alcance más genérico que abarca a políticos, partidos y política. Detrás de esta lógica preocupación social se encuentran prácticas políticas como: la financiación pública de los partidos políticos con el insólito y absurdo gigantismo que conlleva, la extrema politización de las administraciones públicas, la escandalosa colocación de una enormidad de enchufados políticos a cargo del erario público, la ocupación política de las Cajas de Ahorros y su consiguiente y costosísima quiebra y las políticas clientelares que sin reparar en sus costes tratan –en muchos casos vanamente– de sufragar gastos –muchos inútiles– que al final desembocan en dramáticas crisis como la que ha asolado a España en la última década; sin parangón en nuestra historia.

Todo lo dicho se puede resumir en que el despilfarro económico y la injustificada y perjudicial proliferación de normas procedentes del Estado son los causantes de la mayor parte de los problemas que sufre España.

Es de suponer que uno a uno, casi todos los hechos relatados, podrían ser asumidos por una gran mayoría social como una descripción bastante precisa de los principales males de la España de nuestros días y sin embargo paradójicamente es bastante probable que una mayoría de los que están de acuerdo no crean necesaria una contracción –económica y normativa– del Estado.

Detrás de ella se encuentra la progresiva infantilización de una sociedad que reclama derechos al tiempo que elude responsabilidades

¿A qué se debe tamaña contradicción?, que equivale a algo así como no aceptar el resultado de una operación aritmética. Seguramente, detrás de ella se encuentra la progresiva infantilización de una sociedad que reclama derechos al tiempo que elude responsabilidades; es decir, espera que un Estado-Providencia resuelva todos los problemas.

A nivel internacional llevamos años comprobando con muy rigurosos y sistemáticos datos que los países más ricos son los más libres, es decir, el los que la presencia del Estado está más contenida –tanto en gasto como en intervención normativa– y la libertad de las sociedad civil está más extendida. (Véase esto)

La concepción moderna del Estado proviene de mediados del siglo XVII cuando Thomas Hobbes, en su Leviatán, lo propuso en forma de Estado-Nación sobre la base de la ley y el orden como respuesta a la maldad, la brutalidad y la brevedad de la vida.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX con la Revolución Americana se gesta el Estado contemporáneo que acaba con los privilegios reales y limita sus derechos; con él comienza de la meritocracia y la rendición de cuentas. John Stuart Mill, en Sobre la libertad, defendió la limitación del poder del Estado -más pequeño y competente- y señaló la enfermedad moral de la dependencia y la corrupción.

El crecimiento del Estado tiene, necesariamente, un coste moral muy alto: solo se consigue restringiendo la libertad individual

Desde la segunda mitad del siglo XIX con la madrina teórica –y luego crítica– Beatriz Webb y el gobernante Bismark a la cabeza el tamaño del Estado comenzó a crecer, gozando de una gran aceleración desde la 2ª GM hasta el freno de los años 80 del pasado siglo.

El crecimiento del Estado tiene, necesariamente, un coste moral muy alto: solo se consigue restringiendo la libertad individual. Pero además, un Estado grande es el cobijo de los grupos de presión ya que como tan bien investigara Mancur Olson en su Acción colectiva: “los grupos de interés son muy eficientes secuestrando los gobiernos”. Por tanto, el Estado no sólo crece a costa de menguar la libertad individual, sino que además termina beneficiando a pocos a costa de muchos.

Para Adams, Tocqueville, Stuart Mill, etc. la democracia era tan poderosa como imperfecta; hasta el punto de que puede acabar con la mayor virtud política: la libertad individual

Para Adams, Tocqueville, Stuart Mill, etc. la democracia era tan poderosa como imperfecta; hasta el punto de que puede acabar con la mayor virtud política: la libertad individual. La democracia se ha convertido en –véase Cataluña- una especie de mecanismo taumatúrgico que conlleva a hacer promesas que ningún gobierno puede cumplir.

Llegados a este punto: un Estado que deja de ser la solución para ser el problema, es responsabilidad de la sociedad civil alzar su voz, para caso por caso –mediante la fórmula “popperiana” de la ingeniería fragmentaria- ir empujando el Estado hacia su justa y necesariamente menor dimensión, mientras que los espacios de la libertad individual se ensanchan cada vez más en beneficio de todos; menos de los políticos, claro.


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