Foro de la Sociedad Civil

Secuelas morales de una crisis económica

La última crisis económica, indiscutiblemente originada por una expansión del crédito de nueva creación –no ahorrado previamente- ha terminado siendo, como no podía ser de otra manera “pan para hoy y hambre para mañana” como estamos comprobando, aunque nos pese y muchos no quieran aceptar, desde hace tiempo en España.

El endeudamiento de familias, empresas y Estado alcanzaron en nuestro país una dimensión insostenible a la que se le añadió una dependencia financiera exterior

El endeudamiento de familias, empresas y Estado alcanzaron en nuestro país una dimensión insostenible a la que se le añadió en nuestro caso, como consecuencia de ser un país poco ahorrador, una dependencia financiera exterior que nos llevó literalmente al borde del precipicio: es decir, del llamado “rescate”.

Desde entonces nuestra economía no ha tenido otra opción –como no la tienen ahora los griegos– que someterse a la disciplina de nuestros prestamistas, que como es natural exigen la devolución de sus préstamos y bajo ningún supuesto aumentarlos.

Ante esta situación límite las familias –incluso de los que dicen que hay que seguir endeudándose– como las empresas se han apretado sus cinturones y reducido seriamente sus deudas, no así el Estado que las ha seguido aumentando así como el gasto público que las origina.

Y sin embargo, sin prejuicio moral alguno, se dice repetida y machaconamente por ciertos sectores políticos y medios de comunicación afines, como si de una verdad revelada e incontestable se tratara, que “hay que acabar con la política de austeridad”. Dicho enunciado plantea un doble problema ético: su veracidad y la adulteración del significado moral de la palabra “austeridad”

En el ámbito de la veracidad es a todas luces evidente que los que están en contra de su llamada “austeridad” deben cambiar de palabra o aceptar que están adulterando su uso etimológico, porque es simplemente falso que exista. Según Francisco Cabrillo (Expansión 9.2.15) en 2014 el gasto público español fue de 450 millardos de euros y los ingresos públicos de 390. ¿Es austeridad gastar 60.000 millones de euros más que lo ingresado? En términos reales –para que la comparación sea rigurosa– el gasto público efectivamente ha descendido un 2,6% en el periodo de siete años que va desde 2007 (antes de la crisis) hasta 2014, pero su peso relativo en relación con el PIB  ha aumentado desde el 38% de entonces al 42% de hoy. La deuda pública generada  como consecuencia de tales excesos ha pasado a significar en 2014 casi lo mismo que el PIB, cuando en 2007 era inferior  al 40%

La austeridad es un valor que en todo tiempo y civilizaciones se ha considerado positivo

Además de querer sostener mediante la propaganda política algo que es empíricamente falso, lo que descalifica ética y moralmente a sus evangelistas, el significado moral de la palabra “austeridad” quedaría subvertido; lo que es aún más grave. Estar en contra de la austeridad implica un doble desorden ético: por una parte, se descalifica un valor que en todo tiempo y civilizaciones se ha considerado positivo y, por otra parte se auspicia una práctica política que ni siquiera sus inductores practican ni defienden en su vida privada. Pocas veces el clásico concepto de mentira: “decir algo falso con intención de engañar” ha resultado más evidente que en este caso. 

A lo dicho, hay que añadir otro importante problema moral: el de la incoherencia personal de los inductores de la subversión del uso de la palabra austeridad. La inmensa mayoría de seres humanos, desde toda la vida, suele gastar a título privado lo que tiene y poco más, con independencia de sus creencias religiosas y políticas. En los tiempos recientes, debido a la alocada expansión monetaria y del crédito que generaron los gobiernos –no los mercados– el endeudamiento de las familias creció más que nunca, hasta que la consecuente crisis –disminución de ingresos y crédito– las  obligó a renunciar a algo imposible de sostener: gastar más que lo que nuestros ingresos permiten. Así en un corto plazo de tiempo las  familias, y también las empresas, redujeron su endeudamiento hasta límites sostenibles, regresando de este modo a un orden moral clásico: no gastar lo que no se tiene y ahorrar.

¿Por qué quienes sin duda practican privadamente tal orden moral exigen que el Estado no lo cumpla? ¿Acaso creen que la economía pública es distinta de la privada?  Todo el mundo sabe de sobra que no. Se estaría por tanto defendiendo una extraña doble moral: virtudes privadas frente a vicios públicos, lo que paradójicamente enmendaría la clásica tesis de Bernard Mandeville (1729): “Vicios privados hacen la prosperidad pública” formulada en su obra La fàbula de las abejas.

Una de las más perversas transgresiones de orden moral que se han producido en la opinión pública occidental es la sustitución en el modo de pensar de “lo que nos podemos permitir” por “lo que nos merecemos”

Una de las más perversas transgresiones de orden moral que se han producido en la opinión pública occidental es la sustitución en el modo de pensar de “lo que nos podemos permitir” por “lo que nos merecemos”. Así, no se analiza el gasto público desde una perspectiva realista y sensata, sino desde un desiderátum sin límites que conduce a pedir siempre más, incluso si no es necesario. 

Son un lugar común las declaraciones de políticos locales a favor cualquier inversión pública (¡como si no tuviera costes!): ambulatorios, aeropuertos, AVE, etc. sin que medie otra justificación que “a ver quién da más”; esa competencia irresponsable entre todos los partidos que se ha adueñado de la escena política.     

Puesto que el gasto público de hoy se paga en buena parte con préstamos que tenemos que devolver mañana, lo que hoy disfrutamos –unos, los políticos, más que otros– tendrá que ser pagado por las nuevas generaciones a costa de su propio consumo, lo que es sencillamente inmoral. ¿Algún defensor de esta política pública practica o piensa practicar en el seno de su familia semejante disparate? No, porque sería moralmente implanteable y, además, irrealizable, ya que exigiría la aceptación de los “pagadores” y ello sería imposible de conseguir. Ya se sabe que el sempiterno código civil no obliga a heredar deudas.  

Dada la enorme –incluso con las limitaciones que imponen la UE y el Euro– capacidad de endeudarse que tienen los Estados, en los últimos tiempos el despilfarro –no la austeridad– se ha generalizado hasta contraer deudas que serán difíciles de devolver y que, mientras tanto, pesan como una losa sobre las posibilidades de crecimiento económico; lo único que nos puede permitir mirar el futuro con optimismo.

La crisis económica originada por hacer en la economía pública lo contrario que hacemos todos en nuestra vida privada, puede estar degenerando en una crisis de valores que si no se ataja a tiempo va a poner en entredicho nuestro porvenir no sólo económico, sino también moral.


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