Foro de la Sociedad Civil

Indagación moral y racional del Estado de bienestar

La retirada de la responsabilidad personal directa puede despojar de sentido a la vida de los jóvenes”

En busca de un mundo mejor

KARL POPPER

La lógica y la moralidad del Estado de Bienestar

Dada la inmoralidad que presiden muchas aproximaciones a la economía pública, es oportuno recordar dos hechos antropológicos acerca de esta rama del saber:

  1. Los fundamentos doctrinales de la economía, tanto los originados en nuestra Salamanca –cuna del pensamiento económico- escolástica como en la Escocia del profesor de filosofía moral Adam Smith, fueron estrictamente morales.
  2. La economía es una ciencia en la medida de que sus teorías o hipótesis pueden estar sujetas a contrastes empíricos que falsean o ratifican sus enunciados.

La naturaleza moral de la economía tiene que ver con el comportamiento de los sujetos económicos, es decir los ciudadanos, que suele generalmente atenerse a normas éticas

La naturaleza moral de la economía tiene que ver con el comportamiento de los sujetos económicos, es decir los ciudadanos, que suele generalmente atenerse –y muy particularmente en la órbita occidental– a normas éticas. Se puede afirmar por tanto que las reglas morales condicionan las acciones económicas de la gente dentro de un marco de referencia compartido por la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos. Y la gente, de cualquier ideología, raramente gasta más de lo que ingresa ni pide prestado más de lo que puede pagar con sus ingresos ordinarios. Sólo las disparatadas políticas públicas de expansión crediticia que llegaron a ofrecer créditos hipotecarios a tipos de interés reales negativos por importes iguales al valor de mercado inflado de los activos inmobiliarios hicieron descarrilar a mucha gente –en todo caso, una minoría-  de sus comportamientos financieros equilibrados.

Por otra parte, desde una óptica racional, el hecho de que la economía sea una ciencia ahorra muchas posibles discusiones, al menos en aquellos ámbitos en los que el contraste empírico de sus supuestos teóricos resulta evidente.

Llegados a este punto, se puede avanzar en el análisis y posibilidades del estado de bienestar y alcanzar muy amplias coincidencias si se abandonan las ideologías políticas y nos atenemos a las conductas morales individuales y las proyectamos sobre la economía pública. (1)

Comencemos por analizar la dimensión económica del Estado. Entre una visión muy limitada del mismo y la que alcanza hoy en España hay un gran trecho. Podríamos comenzar por establecer como límite superior aquel que no disturba el máximo crecimiento económico posible ni frena la libertad empresarial. Es de sentido común –además de estar muy contrastado empíricamente- que un Estado muy grande exige una gran recaudación fiscal que drena recursos a los ciudadanos y empresas a favor de aquél. En un sistema de libre mercado –el único que ha sido capaz de crear consistentemente prosperidad económica y social a lo largo de la historia- son los empresarios quienes crean la riqueza que permite cobrar impuestos, y cuanto mayores son menos recursos e incentivos tienen para arriesgar e invertir en nuevos proyectos. Además, en una economía globalizada una buena parte de las inversiones empresariales pueden localizarse libremente, lo que conlleva obviamente que se dirijan a mercados con menor presión fiscal.

Las limitaciones de la presión fiscal, entendida como el porcentaje de la recaudación impositiva sobre el PIB, quedan de manifiesto por el hecho de que el gasto público –aún creciendo la recaudación fiscal– ha venido siendo tan superior a los ingresos, que la suma de déficits acumulados año tras año ha llegado a superar el PIB.

El Estado no puede seguir creciendo sin fin como pretenden tantos insensatos políticos

En esta situación, nuestro crecimiento futuro se encuentra doblemente constreñido: la devolución de la deuda pública obliga a aumentar los impuestos más allá del gasto público, lo que limita las posibilidades de crecimiento y, además, al estar enormemente endeudados con el exterior –por nuestro escaso ahorro-, vivimos dependientes del “humor” de los mercados financieros en cuanto a tipos de interés –que si subieran limitarían también severamente nuestro crecimiento- y exigencias de amortización.

En las circunstancias descritas, es incuestionable tanto desde un punto de vista moral como económico, que el Estado no puede seguir creciendo sin fin como pretenden tantos insensatos políticos. Y cuando tal exageración ha acontecido, como sucediera en Suecia, no ha habido más remedio que dar marcha atrás.

La metamorfosis del Estado de Bienestar sueco

El caso sueco es perfectamente ilustrativo de la crisis y disolución del gigantismo estatal. El famoso Estado benefactor sueco tiene una historia corta y reciente: se instaura a partir de los años 60 del pasado siglo y sufre su crisis final a comienzos de 1990. (2)

En el periodo 1870-1950, Suecia fue junto con Suiza, el país de mayor crecimiento de la renta per cápita del mundo. Sin embargo entre 1950 y 1973  Suecia tuvo junto con el Reino Unido el mas lento crecimiento de Europa Occidental, para continuar en la cola entre 1973 y 1998 esta vez acompañada por Suiza. ¿Qué sucedió para que la economía sueca sufriera su severa crisis de crecimiento y viabilidad de sus finanzas públicas?: su carga tributaria se duplicó entre 1960 y 1989, pasando del 28 al 56% del PIB mientras que el  empleo público se triplicaba y el privado se contraía. Además el gasto público se disparó alcanzando en 1993 el 72,4% de su PIB, mientras que la deuda pública se duplicaba.

La  desconfianza internacional sobre la economía sueca llevó a una gran especulación sobre su moneda, lo que obligó al Banco Nacional a subir la tasa de interés al 500%. Alguien dijo jocosamente que Suecia se había convertido en una república bananera…sin ni siquiera tener bananas.

La crisis obligó a reformar con éxito su economía que en los últimos tiempos goza de un excelente desarrollo macroeconómico con altas tasas de crecimiento y bajo desempleo. ¿Qué ha sucedido entre tanto?: la carga tributaria se ha reducido un 15%, el gasto público un 20% y la deuda pública un 43%.

La metamorfosis sueca no sólo ha afectado a sus cuentas públicas, también y sobre todo al modo de gestionarlas: el Estado benefactor previo a la crisis de los 90, ha pasado a ser un Estado posibilitador. Veamos en qué consiste en los ámbitos más significativos: la educación, la salud, las pensiones y el desempleo.

Los privilegios de los empleados públicos, en particular la inamovilidad de sus cargos, fue suspendida; salvo para algunas categorías muy limitadas como los jueces. La privatización del sector público no fue obstaculizada por los sindicatos.

Los monopolios estatales en telecomunicaciones, transportes urbanos, infraestructuras,  energía, correos, educación y salud fueron desmantelados. La competencia público –privada en la provisión de servicios públicamente financiados, ha generado miles de nuevas empresas privadas que han dinamizado la economía y exportado con éxito sus experiencias.

La educación preescolar, básica y secundaria en Suecia es desde 1992 de libre elección (pública o privada) sin coste para los padres y con libre creación de centros privados

La educación preescolar, básica y secundaria en Suecia es desde 1992 de libre elección –pública o privada- sin coste para los padres, con libre creación de centros privados, sin oposición sindical, que en el pasado no era posible. Las escuelas privadas (allí llamadas independientes) ven crecer su protagonismo en el mercado al tiempo que el rendimiento promedio de sus alumnos supera ampliamente al de las públicas.

A principios de los años 90 se abrió el sector de la salud a las empresas privadas con gran éxito, como prueba que una de ellas, “Capio AB”, esté exportando con éxito a España, Francia, Reino Unido y Alemania sus experiencias suecas.

El sistema de bienestar sueco combina cada vez más  el vale estatal con la provisión privada de los servicios.

Las pensiones en Suecia funcionan con un sistema mixto de reparto y capitalización. La idea central del nuevo sistema es que las generaciones futuras no asuman la carga de un sistema deficitario, protegiéndolas así de una presión tributaria creciente. Así, en el caso de que los pagos llegaran a superar los ingresos, se reduciría el monto de las pensiones pagadas. La pensión individual está determinada por las cotizaciones efectivas realizadas durante toda la vida laboral; de este modo se incentiva fuertemente la fecha del retiro. El nuevo sistema de pensiones sueco se ha transformado en un nuevo producto de exportación.

El mercado de trabajo –fundamentalmente los sectores de salarios más bajos- se ha beneficiado de considerables rebajas de impuestos y cargas sociales. Las percepciones por desempleo están  limitadas  y descienden en el tiempo, hasta alcanzar un tercio de las mismas asociado al cumplimiento de tareas sociales y, en caso de incumplimiento, se pierde el derecho.

Conclusiones posibles

El Estado de bienestar sin límites que llevó al colapso a la economía sueca y las consecuentes reformas que lo han transformado con éxito en un Estado posibilitador, conllevan algunas obvias conclusiones de orden moral corroboradas por dicha experiencia: 

  • Las futuras generaciones no tienen por qué soportar los excesos de gastos de las actuales.
  • Los gastos del Estado de Bienestar, fundamentalmente: salud, educación, pensiones y desempleo, deben por tanto financiarse con ingresos públicos –principalmente impuestos-; es decir, no deben generar déficit público.
  • Los despilfarros públicos, tanto en inversiones –aeropuertos, AVE, edificios públicos, etc- como en instituciones –la mayoría absolutamente innecesarias- que consumen gastos corrientes para pagar salarios a los enchufados políticos, deben eliminarse por completo.
  • Los impuestos deben estar limitados por dos vías: en el ámbito moral para no castigar y desincentivar la iniciativa privada y en el económico para no presionar a la baja el crecimiento económico; lo único que permite un Estado posibilitador.
  • Puesto que partimos de supuestos derechos sociales que afectan de manera generalizada a todos los ciudadanos y el coste de los mismos no cesa de crecer junto con el envejecimiento de la población; la fórmula del copago en salud, el vale escolar en educación, las subvenciones condicionadas y variables al desempleo y pensiones ajustadas a las contribuciones sin posibilidad de déficit, no habrá más remedio que introducirlas cuanto antes mejor.

En todo caso sería una verdadera inmoralidad y una sinrazón seguir pensando que el Estado de bienestar es ilimitado y no plantear un debate abierto e intelectualmente honrado sobre los temas citados para buscar una salida, al estilo sueco, antes de que sea demasiado tarde.

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Notas:

  1. Véase, por ejemplo: “Ahorro privado y fiscalidad” de Miguel Sebastián y Manuel Díaz. I Foro David Taguas.
  2. Todos los datos de Suecia están obtenidos del libro “Reinventar el Estado de Bienestar” de Mauricio Rojas, publicado por Ed. Gota a Gota.

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