Foro de la Sociedad Civil

España: ¿centro o periferia?

Con sus defectos técnicos, que los tiene, el PIB per cápita es la mejor herramienta que disponemos para medir la riqueza y prosperidad social de las naciones. Resulta evidente, además, que los países mejor clasificados en este ranking –sin tomar en consideración los ricos en petróleo- son los que el sentido común mayoritario designa por consenso como referencia para todos los demás. El Informe Anual Libertad Económica Mundial 2014, acaba de poner de manifiesto que los países más ricos son más libres y su esperanza de vida mayor

Con datos del Banco Mundial, el siguiente cuadro recoge los 25 países cuya renta per cápita supera los 25.000 $.

Los más significativos son (renta per cápita en K$ de 2014): 

  • UU. (55,2) fue el primer país del mundo que construyó su contabilidad nacional basada en las tablas input-output de su economía y pudo medir su riqueza, comúnmente denominada Producto Interior Bruto –PIB- a finales de la 2ª Guerra Mundial. Desde entonces ha venido liderando, no sólo la riqueza nacional, sino también la renta per cápita que resulta de dividir aquella por la población. Hasta ahora(1) representa el más formidable ejemplo de desarrollo económico y social que ha conocido el mundo.
  • JAPÓN (42,0), que rompió su aislamiento en tiempos de la dinastía Meiji para adoptar con éxito –gracias a una deliberada política al respecto- las mejores prácticas económicas occidentales y registrar altas y persistentes tasas de crecimiento hasta convertirse en un líder tecnológico, industrial y exportador sobre bases sociales y de política económica que han llegado a su fin: sus desequilibrios fiscales y la cada vez más limitada competitividad de sus empresas, así lo atestiguan.
  • ALEMANIA (47,6), después de digerir con éxito su reunificación, es una potencia industrial y exportadora sin los lastres macroeconómicos de las anteriores economías.
  • FRANCIA (43,1), un país rico desde siempre que ha acumulado suficiente riqueza económica e institucional –ahora en crisis- como para mantenerse en cabeza de los países más prósperos; sin embargo, la globalización y la libertad internacional de comercio no le han sentado bien a su sistema económico, que resentido tiende al estancamiento.
  • REINO UNIDO (42,7), tras la transformación y recuperación económicas experimentadas en tiempo de Tatcher se sigue manteniendo muy cómodamente entre los países líderes.
  • SUECIA (61,6), después de protagonizar el mayor éxito económico del mundo durante un siglo 1870-1970 y convertirse en un rico país entró en una grave crisis –como consecuencia del excesivo peso del Estado en su economía- de la ha salido, merced a una ejemplar metamorfosis de su sistema económico, que le ha permitido recuperar –tras una década perdida- su mejor nivel económico con buenas perspectivas de sostenibilidad.

Del resto de países más ricos del mundo, cabe decir que:

  • ITALIA (34,3) lleva mucho tiempo con su economía estancada como consecuencia de su mal funcionamiento institucional que sigue sin resolver.
  • AUSTRALIA (65,4) y CANADÁ (51,7) –junto con EE.UU. los países de más de 20 millones de población más ricos del mundo-   representan dos magníficos ejemplos – en particular Australia- del buen hacer institucional
  • NORUEGA (103), SUIZA (90,7), DINAMARCA (61,3), HOLANDA (51,2), AUSTRIA (50,4), FINLANDIA (48,8), ISLANDIA (47,6), BELGICA (47), IRLANDA (43,1), ISRAEL (35) y NUEVA ZELANDA (35,8) siendo países muy prósperos, tienen dimensiones –población- más bien pequeñas y solo presentan referencias útiles en algunos casos.
  • LUXEMBURGO (69,9), SINGAPUR (55,1) y HONG KONG (340,3) son ciudades estado cuyas experiencias son muy poco proyectables a España.

Trazado el mapa de la veintena de países más ricos del mundo, muy pocos quedan fuera de su círculo que merezca la pena considerar como ejemplos para nuestro país.

Es de suponer que para una inmensa mayoría de ciudadanos españoles nuestras mejores aspiraciones se ciñen a seguir formando parte del “núcleo” económico, después de un largo tiempo viviendo –hasta hace medio siglo- en la “periferia”, es decir entre los aspirantes a vivir como aquellos.

Si España dejó de ser un país periférico para integrarse en el núcleo del sistema económico mundial no fue por casualidad, sino como consecuencia de cambios institucionales

Si España dejó de ser un país periférico para integrarse en el núcleo del sistema económico mundial no fue por casualidad, sino como consecuencia de cambios institucionales que impulsaron nuestra economía en la buena dirección: la del crecimiento sostenido. Los hitos más singulares que propiciaron los mejores episodios de convergencia fueron el Plan de Estabilización de 1959 y nuestra integración en las instituciones europeas.

Es altamente probable que una inmensa mayoría de la población de cualquier país razonablemente civilizado pudiera estar de acuerdo con la siguiente afirmación: la principal función de un gobierno es establecer un marco institucional que proporcione estabilidad y confianza a los agentes económicos para conseguir un elevado y sostenido crecimiento de la economía y del empleo con equilibrio presupuestario dentro de un Estado democrático de derecho.

Sólo a partir de la creación de riqueza es posible desarrollar políticas redistributivas sostenibles; que no se ahoguen en procesos de déficits endémicos y el consiguiente e insostenible sobre-endeudamiento. Es un hecho comprobado que la libertad económica y el crecimiento económico han favorecido más la igualdad que las políticas populistas y los proteccionismos pretendidamente sociales.

La igualdad que debemos pretender, la de las oportunidades, que conlleva la generalización de clases medias pujantes y conscientes de sus derechos y deberes, necesita para su consolidación a largo plazo mejoras continuas de nuestro marco institucional orientadas a la extensión de la libertad en todos los órdenes de la vida; incluido el económico.

Una clave muy importante, pero poco conocida, del devenir del crecimiento económico es su discontinuidad: siendo relevante disfrutar de tasas positivas de crecimiento, lo que más influye a largo plazo es la existencia de tasas negativas. Si se observan(2) las divergencias de renta per cápita entre países ricos y pobres, es fácil apreciar que los primeros apenas presentan periodos de crecimiento negativo, mientras que en los segundos son relativamente frecuentes. 

El caso de España es digno de estudio. Con datos de Prado de la Escosura(3) y del Banco Mundial, sabemos que en el periodo 1929-2016(4), nuestro país habrá disfrutado de 54 años de crecimiento y padecido 33 de retrocesos de su renta per cápita. Los 33 años resultan de la suma de dos largos periodos de decadencia: 1939-1955 y 2009-2016.

Comparados con EE.UU. -el sempiterno líder mundial de la riqueza- España ha tenido una evolución muy reveladora: nuestra renta per cápita representaba en 1929 un 47,4%% de la norteamericana para descender al 25% en 1950 y recuperarse desde entonces hasta alcanzar el 55,5% en 1994, elevarse aún más hasta el 68,5% en 2009 y volver a descender hasta el 54,8% en 2014.

Si analizamos nuestro último y aún vigente periodo de retroceso observamos que en el periodo 2009-2014, de los 25 países más ricos cuatro quintas partes disfrutan de una renta superior y sólo cinco inferior entre los años considerados. Italia y España lideran la crisis con una caída acumulada del 9 y 7% respectivamente, Holanda les sigue con un 4%, Irlanda con un 3% y Francia con un 2%. Por tanto sólo en 2017 –al cabo de 8 años- España podrá recuperar su renta del 2009.

Si España no hubiese sufrido dicho retroceso y hubiese crecido como la media de los 20 países de referencia que si lo han hecho, en vez de ocupar la posición 24ª del ranking habría ascendido al puesto 21º y seríamos un 20% más ricos que hoy. Las consecuencias en materia de empleo, ingresos fiscales, equilibrios macroeconómicos, estado de bienestar y sostenibilidad del crecimiento son fáciles de imaginar. 

Desde una perspectiva más amplia, el prodigioso periodo de crecimiento español 1958-1974 –con una tasa media anual del 5,86%, que resultó ser la más alta que registró Occidente entre 1850 y 1998- permitió recuperar el tiempo perdido entre 1929 y 1955; pero ¿qué habría sucedido si no hubiéramos dejado de crecer tanto tiempo? Si tomamos como referencia el crecimiento medio en el periodo 1929-1952: un 0.9% en Europa y el 1.3% de EE.UU. y lo aplicáramos a España, por este sólo motivo –crecer aunque poco en vez de decrecer– seriamos un 40% más ricos.

Si España hubiera evitado los 33 años de decadencia económica nuestra renta per cápita sería hoy equivalente a la de EE.UU.

Sin perjuicio de cálculos más precisos por especialistas en la materia, si España hubiera evitado los citados 33 años de decadencia económica y los hubiera sustituido por un crecimiento medio como los demás países de referencia, manteniendo sus mismas tasas positivas de crecimiento, nuestra renta per cápita sería hoy equivalente a la de EE.UU. Como es casi imposible librarse de crisis que erosionan la renta per cápita, cuanto menos duraderas sean y antes se produzca la recuperación mejor resulta para la prosperidad de las naciones.

En la última crisis, España junto a Italia han liderado no sólo la caída de renta per cápita, sino también los años perdidos, 8, que los demás países han aprovechado para distanciarse de nosotros.

Llegados a este punto y puesto que “el agua pasada no mueve molinos”, la más común de las preocupaciones de los españoles debería ser evitar para siempre decrecimientos –o al menos reducirlos en el tiempo- de nuestra renta per cápita y, por lo contrario, conseguir el máximo crecimiento económico a largo plazo. De lo primero se suelen ocupar con éxito los populismos políticos, que como sostiene José Luis Feito huyen del mercado como Drácula de la cruz sustituyendo tan bienaventurada institución –los libres y mutuamente beneficiosos intercambios económicos- por las arbitrarias decisiones de la casta populista que solo se ocupa de “chupar la sangre” –la riqueza- de la economía. De lo segundo se suelen ocupar gobiernos responsables que hacen lo necesario –lo mejor no obstaculizar la función empresarial- para facilitar la creación de riqueza de los agentes económicos y no generar desequilibrios macroeconómicos, para así, poder seguir creciendo sin fin.

En vísperas electorales, los políticos socialistas de todos los partidos que tanto abundan andan rifando ayudas y subvenciones de todo tipo para ganarse, se supone, el voto de la gente sin detenerse a decir de donde “sacan para tanto como destacan” –en lenguaje zarzuelero– de un Estado sobre endeudado: ¿nos vamos a endeudar aún más? o ¿vamos a reducir otros despilfarros públicos?. Lo primero no es posible porque nuestros prestamistas –como en Grecia– no lo permitirán. De lo segundo no tenemos noticia, ni se espera.

Sería gravísimo que abandonásemos la senda emprendida para iniciar otra populista de regreso al pasado

En la situación actual de España, que está volviendo a crecer y crear empleo con un notable vigor, pero que sigue endeudada con el exterior y debe volcarse cada vez más hacia los mercados internacionales mientras sus estructuras empresariales se hacen cada vez mas innovadoras y competitivas y se orientan hacia sectores de mayor valor añadido –y mejores salarios– sería gravísimo que abandonásemos la senda emprendida para iniciar otra populista de regreso a un pasado como el que se ha glosado antes.

Está en nuestras manos conocer nuestra historia para no repetir los errores del pasado y sin embargo reivindicar nuestros éxitos, que a la vista están: España habita hoy la periferia del núcleo económico del mundo, habiendo podido estar en “ su centro”. Y sería desastroso que el populismo sustituyera la fuerza de la gravedad que nos atrae hacia lo mejor de nuestro mundo, para abandonarnos sin paracaídas hacia esa periferia: Argentina, Venezuela, Grecia que tanto envidian.

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Notas:

(1) Sus crecientes, extraordinarios y  ya muy graves desequilibrios que ha venido acumulando desde que abandonara el patrón oro en 1971: desequilibrio comercial, desplome del ahorro, devaluación, deuda pública, déficit fiscal y exceso histórico de liquidez monetaria, plantean por primera vez la posibilidad de discontinuidad de una historia de éxito. 

(2) Maddison, Angus (1995): Monitoring the World Economy 1820-1992. OECD, París.

(3) Prados de Escosura, Leandro (2003): El progreso económico de España. Fundación BBV

(4) Supuestos crecimientos de nuestra renta per cápita superiores al 3% en 2015 y 2016


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