Foro de la Sociedad Civil

Cambiar para mejorar es de sabios; empeñarse en lo contrario es negarse a un futuro mejor

Todos los seres vivos de la creación sobreviven y progresan con éxito en la medida en que mediante el consabido sistema de prueba y error rectifican sus modos de hacer: en la vida misma, la ciencia, el arte y sobre todo en la función empresarial solo pueden sobrevivir quienes compiten en el mercado de las mejores prácticas y se adaptan a ellas en su ámbito de actuación.

¿Por qué cuesta tanto, en la política, aplicar corrientemente aquello tan obvio de: rectificar es de sabios?

¿Por qué cuesta tanto, en la política, aplicar corrientemente aquello tan obvio de: rectificar es de sabios? Las recientes elecciones municipales y autonómicas han puesto en crisis la gobernabilidad de las instituciones y dentro de pocos meses puede repetirse lo mismo a escala de elecciones generales.

Estando todo el mundo de acuerdo en la crisis de gobernabilidad que se avecina, muchos creen que puede ser buena para España porque obligará a pactar entre una diversidad de fuerzas políticas que enriquecen la democracia. Quienes defienden esta tesis lo hacen porque creen que pactar es en sí mismo positivo, incluso si sirve para cometer disparates como gastar más de lo que se puede; algo que la realidad histórica y hasta el sentido común ponen en cuestión.

El sistema democrático occidental gestado originalmente a finales del siglo XVII en Inglaterra,  formidablemente recreado en EE.UU. y luego replicado en formas diversas en el resto de Occidente y luego en otros lugares del mundo, ha demostrado a lo largo de la historia funcionamientos y resultados dispares.

Es éste también el caso de los sistemas electorales, pieza angular de la democracia. Así hay países donde han generado un comportamiento ejemplar en cuanto a estabilidad política, crecimiento económico y prosperidad social; y otros donde han causado serias crisis políticas, inestabilidad económica, escaso crecimiento y empobrecimiento relativo.

¿Qué caracteriza a los países de mayor éxito? Normalmente tienen sistemas electorales mayoritarios; es decir, gobierna el que gana las elecciones, no siendo posible que lo haga una coalición de perdedores. Tales sistemas suelen estar asociados a circunscripciones unipersonales que acercan los políticos a la sociedad y los alejan del mandamás del partido, lo que conlleva que lleguen a la política gentes prestigiosas por sus realizaciones personales y profesionales, lo que hace inviable la figura de los políticos profesionales de nacimiento. La persona hace al cargo, y no al revés.

Los sistemas mayoritarios suelen determinar escenarios políticos con dos y hasta cuatro partidos, que recogiendo en su seno todas las grandes inquietudes políticas de la sociedad, son perfectamente representativos de ella y no necesitan extremar sus posiciones para llegar al poder y gobernar: la alternancia política –esencia misma de la democracia- se produce sencilla y naturalmente.

¿Por qué no debatir aquí también acerca de la conveniencia o no de cambiar nuestro sistema electoral?

Siendo claramente evidente la estrecha correlación de los marcos institucionales y los resultados cosechados en materia económica, política y social: ¿Por qué hemos de renunciar a discutir, al menos, lo que más convendría “políticamente” a nuestra sociedad para favorecer la máxima prosperidad económica y social del presente y del futuro? ¿Por qué España ha de seguir siendo diferente a los países de referencia en el mundo? ¿Por qué no debatir aquí también acerca de la conveniencia o no de cambiar nuestro sistema electoral?

Si echamos la vista atrás es fácil observar los inconvenientes de nuestro sistema electoral proporcional, incluso si para muchos sus resultados han sido buenos. Los Pactos de la Moncloa como consecuencia de la debilidad representativa del gobierno de turno –que no habría tenido lugar con un sistema electoral mayoritario- lograron, ciertamente, una paz social, pero a cambio de un rígido marco laboral–que sigue limitando nuestro crecimiento-, inflación, pérdida de competitividad, desequilibrio presupuestario,  desempleo creciente y débil crecimiento económico; es decir, todo lo contrario que convenía a España.

El primer gobierno de José María Aznar sólo fue posible gracias a las concesiones hechas al nacionalismo catalán con las graves consecuencias por todos conocidas; lo que no habría acontecido con un sistema mayoritario. Quizá sabedor de ello, el elector inglés acaba de dotar a David Cameron de una mayoría suficiente para escapar de la tenaza que ya le tenía preparada el nacionalismo escocés, mayoría justamente facilitada por ese mismo sistema electoral.

La llegada del socialismo catalán al gobierno de la Generalitat fue consecuencia de pactos con partidos minoritarios extremistas y nacionalistas que sentaron las bases de un nuevo estatuto tan pactado como ajeno al estado de derecho. Tal situación, con diversos actores, ha continuado empeorando políticamente las cosas hasta hoy. Un sistema electoral mayoritario no habría facilitado que las muy minoritarias y extremistas posiciones políticas se hubieran impuesto a la voluntad mayoritaria. 

En las penúltimas elecciones andaluzas el partido claramente ganador no pudo gobernar, algo incomprensible en los países políticamente más civilizados. Paradójicamente, al partido ganador en las últimas andaluzas, artífice del anterior pacto, le ha costado mucho investir a su candidata a presidenta. ¿En cuántos países el candidato ganador de unas elecciones no gobierna?

Alguien, con larga trayectoria política “progresista”, ha llegado a sostener que el sistema electoral español conlleva el gobierno de los perdedores; lo que se está poniendo de manifiesto en estos días post-electorales. El sistema electoral vigente posibilita que un partido muy minoritario –incluso antisistema- pueda imponer sus políticas para apoyar la formación de gobiernos.

España no puede seguir siendo diferente de los países de referencia en materia de representación política. EE.UU., Reino Unido, Francia y Alemania son los ejemplos a imitar –quizás una mezcla de ellos-, y la pretérita Italia  –ahora está cambiando para bien- y nosotros mismos, los ejemplos a evitar.

Las circunscripciones unipersonales de un sistema mayoritario puro obligarían a los partidos a seleccionar sus candidatos con criterios opuestos a los de ahora

En la perpleja España de nuestros días, que necesita toda una amplia y profunda regeneración política, las circunscripciones unipersonales de un sistema mayoritario puro obligarían a los partidos a seleccionar sus candidatos con criterios opuestos a los de ahora, que posibilitan la inclusión en las listas cerradas de individuos a quienes solo se les exige una condición sine qua non, la fidelidad al líder aun a costa del mismo interés general. ¿Cuántos diputados de las Cortes actuales valdrían para presentarse como candidatos en solitario en una circunscripción?¿Cuántos estarían a la altura para ganarse el escaño a pulso, a pie de calle, a pecho descubierto, sin el cómodo abrigo de la lista cerrada y bloqueada respaldada por un partido de hierro? ¿Un 10%, un 20%?

Llegados a este punto, la inaplazable regeneración democrática de España pasa necesariamente por un sistema electoral caracterizado, básicamente por los siguientes principios:

  • Pautas mayoritarias, que pongan más énfasis en la necesidad de facilitar gobiernos estables que en sobre-representar a fuerzas de escaso respaldo.
  • Circunscripciones uninominales de reducido tamaño, que propicien la elección de un solo candidato sobre los demás , es decir, que agrupen a números relativamente bajos de electores, a fin de favorecer una relación muy próxima entre representante y representado: se trata de “ponerle la cara al diputado”, a diferencia de optar, como hacemos hoy, por “lentejas”. Esto hace posible exigir personalmente cuentas al elegido, sea o no el del partido al que el elector haya votado (y más aún en este segundo caso).
  • Algún criterio de corrección del modelo mayoritario puro británico, que al fin y al cabo resulta excesivamente injusto con terceras y cuartas opciones: uno de ellos podría ser la doble vuelta (o “ballotage”) a la francesa, entre las dos candidaturas más votadas en cada circunscripción, que permite un realineamiento de fuerzas en distritos con varias opciones igualadas. Otro, alternativo al anterior, la reserva de un determinado número de escaños para distribución a escala nacional con arreglo a listas de partidos y criterios proporcionales: es el modelo alemán, que equilibra así las pautas mayoritarias aplicadas a escala de circunscripción local, que se adapta dinámicamente a los cambios poblacionales.
  • Otro tanto, mutatis mutandis, debiera hacerse en el plano autonómico. E incluso en el local, al menos en lo que a las grandes y medianas ciudades se refiere (mínimo 25,000 habitantes), quedando residualmente un sistema de listas para localidades de tamaño inferior.

Qué duda cabe que un sistema como el aquí propuesto conseguiría –además de evitar los pactos entre perdedores para dejar sin gobierno al ganador-  estrechar  la relación entre los representantes y los electores., y de paso, reforzar la democracia, que el elector podría ejercer de forma continuada valorando a sus candidatos a lo largo del tiempo y no solo una vez cada cuatro años.


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