Europa, parque temático

No vale cualquiera

Hoy me he levantado hondamente preocupado por el malestar y la tensión que se vive en la calle. Por las dramáticas noticias que lejos de ser excepcionales empiezan a formar parte de las primeras páginas de los periódicos y los primeros minutos de los telediarios. Y digo esto porque no podemos vivir ajenos a esa tragedia que padecen miles de familias que son desahuciadas de sus viviendas habituales ante la imposibilidad de hacer frente a sus obligaciones de pago de las correspondientes hipotecas. Y han tenido que ser la autoridad judicial y la AEB las que a la vista de lo acontecido han dado el paso de suspender los desahucios en tanto en cuanto los legisladores, es decir los políticos profesionales, no revisen y promuevan una nueva norma sobre la cuestión, más acorde con el tiempo de crisis que vivimos y, en consecuencia, más justa. Una vez más, nuestros politicos no han tenido la visión de anticiparse a los problemas, y se han mostrado por tanto incapaces de aportar soluciones adecuadas para aliviar el inútil sufrimiento de muchas familias.

Evitando caer en la fácil tentación de subirme al esperpéntico carro de voces que hoy claman al cielo por el retraso de la medida y las llamadas a la insumisión de determinados alcaldes que anuncian que sus policías locales se negarán a auxiliar a las comisiones encargadas de cumplir con el mandamiento judicial, - tiempo habrá para analizar el alcance de la reforma-, si quisiera detenerme en profundizar, en unas breves líneas, sobre quienes son nuestros representantes ante el órgano legislativo, es decir quienes deberían haber tenido la sensibilidad necesaria para escuchar lo que dice la sociedad civil.

¿Tenemos los políticos que necesitamos o los que nos merecemos?

Tendríamos que asumir que no todos valen, que la rancia estructura de los partidos políticos coloca en sus listas a "lo mejor de cada casa". El amiguismo y los favores debidos dan mucho juego y luego nos encontramos con que una muy importante mayoría de diputados de cualquier grupo parlamentario jamás ha intervenido en un pleno, o siquiera en una simple comisión. Vuelvo a mi vieja tesis de que es el tiempo de la sociedad civil, de tachar de la lista, y nunca votar más, a todos aquellos que no cumplen lo que prometen, que pasan olímpicamente de sus votantes y que solo atienden a su bien particular.

¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué hemos llegado a este adormecimiento generalizado de nuestras conciencias? Toda sociedad precisa de líderes que puedan marcarles el camino. Los intelectuales, por la autoridad que les da su saber, lo son, y de primer orden. Y me atrevería a decir que no tienen derecho a ser callados porque es injusto que uno muera sin contar lo que sabe. Pero comprendo su ausencia, porque cuando una sociedad carece de líderes que merezcan serlo, como está ocurriendo ahora en nuestra España que convierte en dirigentes a los mediocres, a los que no son ejemplo de nada, a los que son incapaces de señalar ningún camino y no tienen ni ideas ni planteamientos de futuro capaces de ilusionar.

La clase dirigente oculta, ignora la realiad y engaña con tal de permanecer anclada en el poder

Pero, ¿Qué puede hacer un intelectual ante unos dirigentes políticos que forman una camarilla cerrada de individuos, que se adulan a sí mismos, que se autocomplacen, y que se expresan entre ellos con frases tan vanas y vulgares que muchas veces ocultan la realidad social, y solo pretenden un titular en los medios de comunicación? Todo intelectual que se precie agachará la cabeza y se irá a su casa a refugiarse en sus libros. Porque esa es la realidad. Tenemos una clase dirigente que el único motivo por el cual permanece o aspira a permanecer en el poder es porque, asombrosamente, llevan a cabo una política basada en "hacer lo que las troikas quieren" (el fin del crecimiento económico). Y eso conlleva engañar, ocultar o ignorar los inconvenientes, para que todo parezca posible, no planteando caminos o propuestas de futuro que puedan tener alguna dificultad, precisando del esfuerzo necesario para convencer. La ausencia de proyectos políticos coherentes para la sociedad en su conjunto, el no tener metas a alcanzar como colectivo, utopías, si se quiere, estimula los instintos y deseos más primitivos e insolidarios de las personas. Exactamente lo que está ocurriendo.

Debate público

Se reclama la necesidad del debate público, del regreso de los intelectuales, o lo que es lo mismo, reclamo la presencia de la sociedad para analizar problemas, buscar soluciones y proyectos de futuro. Es urgente, se necesita cambiar, muy profundamente, a la clase dirigente. Y esto es algo verdaderamente difícil, por cuanto habría que cambiar tanto a los que pueden ganar como a los que pueden perder. La sociedad, todos nosotros, debemos forzar, mediante el debate público, a los partidos políticos, los grandes responsables, para que nos propongan políticas serias y líderes que merezcan serlo. No queremos hacer "lo que determinada gente quiera". Queremos que se haga lo que la sociedad demanda y merece. Pero cuando las noticias que oyes o lees se refieren a personas y colectivos concretos que lo están pasando mal (niños, familias completas, personas que se quedan sin casa, en la calle, jubilados, edades en las que es imposible encontrar trabajo...), que empiezan a sentirse marginados, y lo que es peor a autodestruirse por ello, nadie se atreve a decirles cuándo puede cambiar la situación, ni existe un mensaje de esperanza que les ayude a mantenerse en pie. Ya no se trata de que la gente se prive de una u otra cosa, sino, exclusivamente, de sobrevivir.

La dramática crisis se proyecta cada día sobre nosotros mismos cuando, paseando por la calle, identificamos, por su apariencia, fragilidad y su modo de actuar, a quienes están sufriendo para vivir. Para atajar esta crisis social hacen falta líderes que sepan qué decir y qué hacer, y sobre todo, cómo decirlo y cómo hacerlo. Líderes en los que confluyan la ética y la estética, la honradez y el sacrificio por los demás.

Me pregunto si un cambio en los procesos para la elección de nuestros representantes políticos en las cámaras, con listas abiertas, donde los electores tuviéramos libertad para tachar y añadir candidatos, serviría para reforzar la posición de las personas así elegidas frente al aparato de los partidos. A lo que habría que añadir un cambio radical en los procedimientos para la elección de los cargos públicos relevantes, donde brillara la trasparencia y se justificara, de verdad, ante una comisión de alto nivel, los méritos y capacidades que tienen las personas propuestas que las hacen idóneas para desempeñar con eficacia la responsabilidad del puesto que vayan a ocupar. De este modo, cabría la esperanza de que afloraran esos líderes que tanta falta nos hacen.

Insisto, "no vale cualquiera"

Y termino como siempre diciendo que luchemos todos contra la corrupción. "La corrupción socava la habilidad de los gobiernos de actuar y de servir a la población. Desvía el dinero destinado a reducir la pobreza y desalienta las inversiones en las economías", dijo Helen Clark, Administradora del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.


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