OPINIÓN

No todo vale

No cabe duda de que una sociedad mejor, ética y moralmente comprometida, debe ser una sociedad libre. Pero la libertad debe servir para discutir sobre los valores y principios que deben prevalecer en esa sociedad.

No todo vale.
No todo vale. Martin Kníže

A veces, sin saber porqué, afloran en tu mente hechos y situaciones, tan antiguos que te sucedieron hace tanto tiempo ya, que ni tú mismo comprendes cómo es posible que los recuerdes. Surge una especie de puente imaginario entre la actualidad y determinados momentos de la infancia, quedando, entre ambos, el vacío. Y la impresión, de “salto atrás”, que te producen esos recuerdos, es irrenunciable. A partir del momento que recuperas aquel hecho o situación, es obligado entretenerte en “tirar del hilo”, e intentar profundizar en lo que vino a continuación. Y, entonces, con la experiencia que desde aquellos tiempos has ido acumulando, surge de inmediato la comparación entre lo que, ahora, piensas que pudo haber sido y no fue. Pudiendo resultar un ejercicio inútil, realmente no es posible cambiar lo vivido, ni ser distinto a como eres, sin embargo, si puedes encontrar cierta satisfacción, tanto por tratar de comprender los orígenes de aquello que vuelve a tu mente, como por explicarte lo que sucedió y lo que sucede.

Sería a principios de los años cincuenta, y yo era muy pequeño, cuando en aquella España, a mi padre, un día, la policía armada le recriminó que yo, un niño entonces, no hubiera levantado el brazo en un acto por los “caídos” en la plaza de la Iglesia. Entonces no conocía el verdadero alcance del gesto y hoy, lamentablemente algunos, particularmente los políticos continúan reforzando su posición ideológica rememorando, de igual forma, aquél gesto de levantar el brazo.

Unos, el derecho con la mano extendida, y otros, el izquierdo con el puño cerrado. Ambos gestos, digan lo que digan, son comparables y quedan, cuando menos, antiguos

Hacerlo, no ha dejado de estar de moda. Unos, el derecho con la mano extendida, y otros, el izquierdo con el puño cerrado. Ambos gestos, digan lo que digan, son comparables y quedan, cuando menos, antiguos. Por mucha “Educación para la Ciudadanía” que se imparta (que, por cierto, me recuerda a aquello de “Formación del Espíritu Nacional”), y por mucho que el Ministerio de Educación se esfuerce en decir que hay que “educar en valores”, poco mejorará nuestra juventud mientras se permita decir, y hacer, a ciertos personajes públicos. Y a este respecto, los partidos políticos deberían reflexionar seriamente sobre que valores quieren transmitir y, destituir fulminantemente a aquellos que confunden “progresismo” con vestir y hablar mal, que son dos grifos abiertos por donde se pierden chorros de votos directamente al desagüe.

Como ven, unos recuerdos me llevan a otros y no puedo desligarlos de la actualidad. El tiempo pasa y la libertad se recupera, pero “ser libres” no significa que todo vale. Al menos para mí.

Ocurre que, en nuestra sociedad, hemos asumido e interiorizado tanto nuestro derecho a la libertad, que la hemos convertido en un concepto acomodaticio y, en consecuencia, exclusivamente egoísta por cuanto cada uno recurrimos a él en busca de nuestro beneficio. Del mismo modo que cuando desescamamos una alcachofa y la dejamos solo con el interior comestible, a la libertad la despojamos de todas sus obligaciones y deberes, del respeto a los demás, de lo que no nos interesa, y nos quedamos con lo que nos favorece. Apelamos a nuestro derecho a la libertad cuando pensamos que es útil para nuestros objetivos. Es el famoso, y peligroso, relativismo: todo está bien si nos es de propia utilidad. Nos convencemos a nosotros mismos, y adormecemos nuestra conciencia para, en uso de nuestra libertad, buscar nuestro beneficio, es decir, lograr las posiciones de poder que creemos  merecer. Porque, y esa es la otra importante cuestión, casi siempre creemos que merecemos más de lo que tenemos, nos consideramos infravalorados.

En nuestro mundo cotidiano, el poder, las posiciones de poder, las asociamos, casi siempre, al dinero

Y es aquí, cuando hablamos de lo que creemos que merecemos, del poder que pensamos debemos tener, donde empieza a surgir la gran confusión. En nuestro mundo cotidiano, el poder, las posiciones de poder, las asociamos, casi siempre, al dinero. Porque, por un lado, nos encontramos que todo cargo público va asociado, invariablemente, a un presupuesto, a un dinero que debe gestionar, y que es lo que le otorga la posición de poder. Y eso está bien, y debe ser así, si alcanzar un cargo público supone vocación, honestidad, formación y esfuerzo, para merecer la confianza de los ciudadanos. Pero, por otro lado, el relativismo en el que nos movemos, hace que admiremos a aquellos que, sin ninguna de esas cualidades, esgrimiendo únicamente su nombre, su vida privada, los que convierten en méritos las transgresiones y carencia de escrúpulos, los utilizan para conseguir ese poder, ese poder que da el dinero. Y así se llega al momento que, a ojos de muchos, poco exigentes consigo mismos, ya da igual una cosa que otra.  

Es cierto que, afortunadamente, hay personas y entidades, a las que reconocemos tener poder de influencia, por su discurso, por sus actos, y por su ejemplo de comportamiento ético y moral. Pero son pocos y no son noticia. Sabemos que están, los miramos con benevolencia, y eso nos parece suficiente para tranquilizar nuestra conciencia. Sin embargo, todos los días, los sucesos que más se destacan en los medios de comunicación son aquellos que se refieren a lo que no se debe hacer. Es cierto, y estoy absolutamente de acuerdo, que en una democracia se deben denunciar todos los abusos de poder, sea quien sea, y como sea que se produzcan. Pero estas denuncias deben ser lo suficientemente críticas y bien fundamentadas, como para que todos tengamos claro el por qué, y por quién se producen. Decía, cínicamente, F. Nietzsche, el filósofo alemán que destacó a la “búsqueda del poder” como al principal estímulo para la acción del hombre, que “es más convincente una sospecha que un argumento”.

Entonces, mezclándolo todo, envolviendo todo en una suerte de niebla, sin analizar el por qué de la posición de cada uno, el ciudadano concluye que todos los que tienen poder son iguales

En ningún caso quisiera generalizar, pero algunos medios de comunicación de todo tipo, haciendo un uso particular de su libertad de expresión, y amparándose en el secreto de sus “fuentes”, no tienen ningún reparo en lanzar verdaderos anónimos en los que dan el mismo tratamiento a las dudas que a las certezas, y, además, irresponsablemente y sin pensar, son capaces de elevar a la categoría de personajes a quienes solo comercializan su falta de principios y amoralidades. Y entonces, mezclándolo todo, envolviendo todo en una suerte de niebla, sin analizar el por qué de la posición de cada uno, el ciudadano concluye que todos los que tienen poder son iguales.

No cabe duda de que una sociedad mejor, ética y moralmente comprometida, debe ser una sociedad libre. Pero la libertad debe servir para discutir sobre los valores y principios que deben prevalecer en esa sociedad, y en ningún caso para resaltar los beneficios que puedan proporcionar la carencia de esos valores y principios. Entre otras cosas, porque las crisis no solo son cuestión de dinero.


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