OPINIÓN

La utopía de la Memoria Histórica

Hemos de enterrar definitivamente el pasado. Librarnos de la obsesión sectarista por la memoria, sobre todo de una memoria no siempre objetivamente construida.

El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.
El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. EFE

Seguimos atados, y mal atados, a una de las más discutidas verdades de la historia de España. Nadie duda de la existencia de la Guerra Civil que durante, casi, tres eternos años produjo tanto dolor y sufrimiento. Aquella contienda, analicemos su génesis desde cualquiera de las perspectivas que queramos subrayar, no puede entenderse, desde una simple visión reduccionista, como un golpe militar, de parte del ejército, contra el poder establecido, la República. Fue, nos guste, o a algunos disguste, algo más. Una lucha de clases, de poder político, de religiones, de cambios apresurados, de sin razón, en última instancia. En el pasado 2016, se cumplieron ochenta años del inicio de la guerra y dentro de nada, rememoraremos el final de la misma. 

Durante décadas, la sociedad española se juramentó, en un pacto por nadie escrito, en hacer valer la reconciliación nacional sobre el sectarismo revanchista

Durante décadas, la sociedad española se juramentó, en un pacto por nadie escrito, en hacer valer la reconciliación nacional sobre el sectarismo revanchista. Dimos, durante todo ese tiempo, una verdadera lección de civismo, de inteligencia pragmática. De sentido común, tan carente a lo largo de muchos periodos de nuestra historia, tanto de la historia más brillante, como de la más negra, plagada de pocas luces y muchas sombras.

Y volvemos a las andadas. A finales del presente año, se cumplirán diez de la aprobación de la Ley de Memoria Histórica del Gobierno de Rodríguez Zapatero. En su artículo Primero, Objeto de la Ley, se determina que la finalidad de la misma no es otra que el reconocimiento de los derechos de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, o de creencia religiosa, durante la Guerra Civil y la Dictadura, promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal y familiar...”

Parece que algunos, amparados en esa controvertida Ley, quieren reescribir la historia, no sólo de la Guerra Civil sino de España en su conjunto

Mucha tinta se ha vertido sobre la conveniencia o no de aquella iniciativa que tras una década desde su publicación, no sólo no ha contribuido a la reparación moral de la mayoría de los ciudadanos sino más bien al contrario, a reverdecer viejos sectarismos de nefastos recuerdos para todos. Parece que algunos, amparados en esa controvertida Ley, quieren reescribir la historia, no sólo de la Guerra Civil sino de España en su conjunto.

No podemos abstraernos de la cruel realidad de uno de los episodios más trágicos de nuestra historia. Cualquier guerra civil lo es, pero como apuntaba antes, aquella no fue una simple contienda de poder. Lo fue de clases, de religiones, de nacionalismos exacerbados que aprovechando el deterioro del poder, pescaron en el rio revuelto de la guerra, anteponiendo sus intereses particulares al sufrimiento de la sociedad en su conjunto. 

En aquella España, y en aquella vieja Europa, soplaban vientos de cambios, de cambios bruscos. De revoluciones y contrarrevoluciones de todo tipo. Tiempos de convulsión, en Alemania, Italia, Rusia, Bélgica, Hungría, etc., con mayor o menor fortuna. Durante el primer tercio del siglo XX toda Europa estaba en crisis porque como decía, y les recordaba no hace mucho en este mismo blog, el líder histórico del comunismo italiano, Antonio Gramsci, “lo viejo había muerto y lo nuevo no terminaba de nacer”.

Parece que volvemos a la España del revanchismo, de la revisión de la propia realidad. De la imposición de una de las dos verdades

Soy de los que piensan que todo lo relacionado con la Guerra Civil y el período franquista, pudo no quedar bien cerrado durante la transición. Que buscando la libertad y la consolidación de la democracia que todos ansiábamos, renunciamos a hurgar en viejas y dolorosas heridas que también a todos podrían afectarnos, de una u otra manera. Sin embargo, hoy, parece que volvemos a la España del revanchismo, de la revisión de la propia realidad. De la imposición de una de las dos verdades. A una suerte, lamentable, de envenenamiento de la convivencia, promovida por quienes hoy quieren, amparándose en la fuerza legítima de los votos, reescribir la historia desde una atribución, equivocada, de superioridad moral, no exenta de innumerables demostraciones de incapacidad e incultura. Los graves ejemplos de todos conocidos en el Ayuntamiento de Madrid ponen en evidencia la finalidad de lo pretendido, conduciendo, a muchos, a una radicalización que discurre por la vía contraria a lo que la propia Ley ¿trataba? de erradicar.

Frente al derecho a saber, siempre lícito, podríamos anteponer la necesidad de olvidar. Nunca imponiendo el olvido. Decía F.Nietzsche que " Es posible vivir, y aún vivir felizmente, casi sin recordar, pero es del todo imposible poder vivir sin olvidar. "

La reconciliación de los pueblos es un bien general que ha de situarse en un plano superior, por encima de los intereses de los propios ciudadanos que conforman esos pueblos

Hay que hacer valer, como así ha sido a lo largo de la historia, que la reconciliación de los pueblos es un bien general que ha de situarse en un plano superior, por encima de los intereses de los propios ciudadanos que conforman esos pueblos. Es una verdad dura y muy difícil de aceptar, sobre todo por quienes pueden verse, o sentirse, víctimas directas de aquella tragedia.

Hemos de enterrar definitivamente el pasado. Librarnos de la obsesión sectarista por la memoria, sobre todo de una memoria no siempre objetivamente construida. Y ello exige de una generosidad, y altura de miras, que difícilmente nuestros políticos, los que hoy soflaman y arengan, desde un conocimiento muy limitado de la historia de España, en general, y de la Guerra Civil, en particular, sobre la irrenunciable revisión de la misma, otorgándose “patente de corso” para interpretar a su manera la realidad de lo sucedido.

Dejemos la historia para la historia.


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